Crónica de una jornada inolvidable

Por Javier Pardo de Santayana

( Natividad del retablo de la Colegiata de S. Pedro de Ager. Maestro de Albesa. Gótico s. XIV. Acuarela de Paco Roldán, de felicitación de la Navidad) (*)

Día de Navidad. Comienza con el desayuno de los niños que la noche anterior – la Nochebuena – se quedaron a dormir en casa soñando con Belén. También despertarán, supongo, todos los personajes de mi nacimiento – las aguadoras que vienen de uno de los pozos con sus cántaros, los labradores que cargarán las mulas y borricos y el que vigila el campo de trigo de verdad, recién segado por mí a base de tijeretazos. Y los dos de la forja y el que se les acerca con la leña a cuestas; la viejuca que asa pacientemente las castañas y conversa con las hilanderas junto al fuego; el pescador a la vera del río y la lavandera que tiende la ropa a ver si seca. Y no digamos los pastores que se acercan al portal con los corderos, que este año vendrán de todas partes, como lo hace también el abuelo con su nieto. Hasta los Reyes Magos, que pararon junto a uno de los pozos para que abrevaran sus camellos, habrán buscado unas horas de descanso. Y yo me digo al recordar la Noche Santa: “Señor, ya que has venido hasta mi casa, recuérdame que dé un paso hacia Ti todos los días”.

Hoy mi mujer y yo vamos a misa con el templo a tope. Nuestro párroco, que es un artista de los nacimientos y una vez más se ha lucido con el de la parroquia, nos anuncia que la tradicional visita a los belenes familiares será el día 2 de enero; así lo decide una vez visto que nosotros tendremos ocupado el 27. Quedamos en que no pase de este año la visita al que él tiene montado – permanentemente según creo – en el pueblo en que nació.

De la misa de una salimos a toda prisa para no retrasarnos demasiado, pues comeremos en casa de mi hermana menor. Como todos los años en la misma fiesta, dejo en el coche una nota a la vista, pues nos atrevemos a aparcar en doble fila. Evidentemente, hoy todo el mundo se quedará en su casa para disfrutar con la familia.

Larga sobremesa. Una de mis sobrinas – ahijada nuestra por añadidura – vive en Londres desde hace doce años, así que habrá que aprovechar que la tenemos cerca. Pero también es un día para visitar al mayor de mis hermanos, que tiene ya 92 y suele reunirse con sus hijos, nietos y biznietos, gente muy animada y acostumbrada de siempre a montar un espectáculo en el que todo el mundo participa.

Cuando llegamos ya han “actuado” dos o tres familias, pero todavía queda gran parte del programa, cuyo animador musical – también parte de la familia y padrino por cierto del menor de mis nietos – es un seminarista que toca siete instrumentos diferentes y hoy se centra en la guitarra. Porque aquí habrá de todo: por de pronto, la familia refleja lo que es hoy es el mundo con la incorporación de dos jóvenes hindúes – chico o chica – y un muchacho procedente de Etiopía. Además nuestro seminarista trajo como siempre o a un compañero suyo, venezolano este año según creo, que participará en uno de los números, tomado de los famosos “Luthiers” por cierto. Se trata de un bolero que cantará el desamor, y al que a cada párrafo el coro reaccionará, primero quitándole importancia a su problema, para, tras de dar esperanzas al cantante, ir luego rebajando gradualmente su optimismo a la vista del mensaje contenido en los siguientes párrafos. Así hasta sintonizar definitivamente con las razones de las repetidas quejas y lamentos.

Luego uno de los nietos, joven psiquiatra recién llegado de la Universidad de Yale, fingirá haber aprendido allí los fundamentos de la hipnosis. Y lo hace con tan buen estilo, que sus manejos y los resultados aparentes me hacen dudar de que sean de verdad fingidos. Pero ahí no parará la cosa, ya que otro miembro de la familia, que como ingeniero trabaja en la Agencia Espacial Europea en Alemania, entona en lengua inglesa con los suyos un dulce villancico que culminará citando a los abuelos; esto ya en puro castellano. Luego otro grupo aprovechará su mayoría femenina para bailar un número de cupletistas – con pelucas y todo – al son de una canción muy conocida de ABBA.

Y aún otra familia propondrá que varios voluntarios presenten tres cosas que les pasan o que les han pasado para que el resto opine y vote sobre cual de ellas es la falsa, lo cual dará lugar a muchas guasas. Y habrá también cuentachistes y bastantes cosas más.

Pero la fiesta no termina simplemente en eso, pues continuará más tarde con la música, ahora ya siempre de guitarra, y todos bailarán, incluida una niña de chupete que lejos de encogerse, se lanzará a danzar toda la tarde-noche con soltura hasta casi marearse de dar vueltas y más vueltas mientras otros dos tiernos infantes permanecen sin chistar en sus cunas respectivas.

Y el ambiente seguirá con la interpretación de canciones de toda la vida que animarán a sacar incluso a los abuelos; qué digo, bisabuelos; que el mayor tiene como ya dije los 92 encima. Momento en el que, visto que éstos responden también a la llamada, nosotros emprendemos nuestra marcha de regreso a casa; que hemos de llegar a la provincia de Guadalajara.

Días intensos de oración y nostalgia pero también, como se ve, de encuentro familiar, pues añadiré, para que se hagan cargo del ambiente, que sólo un par de semanas antes ya nos habíamos reunido ciento cuarenta descendientes de mis abuelos paternos, que allá en el cielo habrán gozado de seguro – quizás un punto más si esto es posible – contemplando lo que ha sido de su obra. Y, fíjense ustedes qué casualidad, entre los ciento cuarenta no contamos con una parte de posibles asistentes que no pudieron asistir al acto a causa de una boda que tendría lugar el mismo día: prueba fehaciente de que la gran familia seguirá creciendo.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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