Primer día del año

Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Pepe Santín de felicitación de la Navidad 2018) (*)

Despertamos con la sensación de haber dormido bien y suficiente. Ayer por la noche hubo cena familiar en casa ajena, con niños de varias edades incluidos; alegría, por tanto, asegurada. También la larga espera de las campanadas, amenizada por una cena variopinta. Nosotros aportamos algunos alimentos y la conversación alterna con el espectáculo que han organizado los de más edad de los pequeños. Así cuando, tras la gran expectación, oímos campanadas y engullimos las uvas sin piel y sin pepitas, sentimos la satisfacción de haber cumplido sin ocasionar un grave daño para el rito de la Nochevieja. Luego, una de las mamás santificará el momento de la bienvenida al nuevo año y de la despedida del pasado con una oración que dice exactamente todo cuanto el momento exige y nos sugiere.

Así se abrirá paso al año que desde este momento nos espera: hecho importante para nuestras vidas que obliga a que nos preguntemos qué podrá depararnos el futuro. Y al caer en la cuenta de que las fechas que se acercan empiezan a sonarnos parecidas a otras del pasado siglo que ya nos resultaban familiares, me doy cuenta de algo que me planteé hace ya tiempo en este mismo blog al preguntarme cómo visualizamos el paso de los tiempos. Y esbozaba cierta teoría en el sentido de que imaginaba que bien pudiera hacerse en forma de una banda que se desplazaría de izquierda a derecha o de derecha a izquierda; incluso también de abajo a arriba o viceversa.

Y apuntando también a que a partir de cierto momento de la vida este esquema podría transformarse en otro vertical con el que más que la continuidad del transcurrir del tiempo se insinuara un tramo final aún no perfectamente definido. En fin, que me metí en un berenjenal sólo explicable por la mirada cercana de la muerte, ya que la inmediatez del año 2020 supone regresar a un punto en cierto modo semejante al del inicio del decenio en el que ya nacieron dos de mis hermanos. Algo que impresionará a quienes pasamos ya por esta circunstancia.

Luego, el primer día del año me despierta y lo hace con música, que no es sino repetición de las canciones que entretuvieron la vela de muchos españoles que, incapaces ya por costumbre de detener su marcha y retirarse a tiempo, decidieron una vez más consumir enteramente la programación televisiva aunque fuera como música de fondo. Y ¡horror! Ni una canción de amor o desamor que se parezca a las antiguas, esto es, que pudiera reflejar la intimidad del alma siquiera en un momento como éste en el que hacemos examen del pasado y nos planteamos cuestiones de futuro: tan solo griterío y puro ritmo repetitivo hasta aburrirnos como si lo que pretendieran los artistas fuera, de alguna manera, hipnotizamos. Y tengo que decir en mi descargo que si quizá me faltara nitidez en un oído a la hora de entender a los intérpretes, el hecho no influiría de tal forma en la percepción de mis sentidos como para causar mi propio desprestigio, puesto que sigo sin tener problema alguno para percibir perfectamente otras canciones. Por ejemplo, de un Charles Aznavour o de un Domenico Modugno. Un peñazo son, sí, todas estas canciones de hoy en día que nos ofrecen los nuevos reyes del “alarido” y la “abundancia de sonido”, y eso que esta mañana tuve la impresión de que no eran tantas como suelen las expresadas en el idioma inglés, hoy ya nuestra segunda lengua madre.

Menos mal que pasamos a conectar con la misa del Papa desde Roma, y que desengrasamos los oídos con los coros que nos transportan a la gloria, como más tarde en la parroquia harán los villancicos de toda la vida. Y no digamos con la conexión – esa que nunca hay que perderse – con la filarmónica de Viena, que nos permite constatar que todavía estamos en Europa y que nuestros predecesores no eran unos mastuerzos como supongo imaginarán estas generaciones nuevas, sino que fueron capaces de crear tanta belleza que hasta llorar nos hacen; que descubrieron cómo escribir nada menos que la música y cómo convertir los sonidos del metal y la madera en algo poco menos que divino. Y reunir un nutrido grupo de personas y hacerlas conjuntarse para que se conviertan en voces que superan las humanas. Y que por alguna razón desconocida puede fundirse todo esto con la geometría del cuerpo humano en movimiento por medio de la danza, como la de esas bailarinas y esos jóvenes que en esta jornada añadirán frescura y alegría a nuestro ambiente cotidiano.

O que combinan la manifestación de su arte con la aridez de los entresijos de un teatro desnudo o con las rutinas preparatorias de un programa como éste que ya conoce, con admiración y asombro, todo el mundo.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4880/31563982957_6dbe649f8f_b.jpg

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