Al hilo de una tragedia

Por Javier Pardo de Santayana

( Un helicóptero de la Guardia Civil aterriza en la zona de rescate de Julen, en Totalán)

Me surgen estas reflexiones cuando tras una semana de esfuerzos y de incertidumbres aún no se ha conseguido rescatar el cuerpo de un niño de dos años que se coló por un pozo de sondeo. Nos dicen que un montón de tierra suelta nos separa de la posibilidad de verlo. Son algo así como setenta metros los que distan del objetivo; el niño debe estar por consiguiente casi a mano, así que cualquiera cree que bastaría con ensanchar el boquete de sólo veintitantos centímetros de diámetro evitando, eso sí, que la tierra eliminada cayera sobre el fondo del boquete. E, ingenuos como somos, imaginamos que habrá algún modo material de hacerlo, ejerciendo – si fuera necesario – la santa virtud de la paciencia.

Y aquí surge ya nuestra primera decepción: pese a movilizar todas las fuerzas y procedimientos disponibles, nos veremos obligados a buscar otros procedimientos diferentes, como, por ejemplo, abrir otro boquete paralelo o en sentido transversal que nos permita alcanzar indirectamente el objetivo.

No se escatimarán los apoyos necesarios y se recurrirá hasta a los técnicos suecos que liberaron a los mineros chilenos en su día. O a un grupo de avezados mineros asturianos que excavarán el último tramo sin poner en peligro al objetivo. Y también, naturalmente, todo un sinfín de medios con distintos usos, algunos de ellos expresamente fabricados para el caso.

Hasta tal punto se volcará en el rescate toda España, que en una semana se habrá removido un volumen de metros cúbicos de tierra y piedra equivalente al que en un caso normal exigirían un par de meses de trabajo. Lo cual me lleva a reflexionar sobre la complejidad del mundo en el que se mueve el ser humano: ese plano intermedio entre el espacio circundante y el que proporciona soporte a nuestras vidas. Lo digo porque si miramos hacia afuera podremos ver estrellas a años luz de nuestros ojos porque entre ellas y éstos nada entorpece la visión directa. Es decir, que hay menos “cosas” interpuestas a lo largo de toda esta distancia “sideral” que entre esos mismos ojos y nuestras propias manos, tan cercanas. Y, sin embargo, abajo, a tan sólo unos centímetros, toparemos con un medio diferente: un espacio cerrado, impenetrable.

Y es que entre los dos espacios en contacto discurre la existencia de los hombres: la tierra que pisamos; aquélla que poblamos de artificios que permiten realizar cualquier cosa imaginable con el apoyo de sustancias existentes en nuestro propio entorno. Ahí tenemos vehículos, satélites y sondas espaciales y un arsenal de medios disponibles para vivir, movemos y comunicarnos, fabricados todos ellos a partir de material arrancado del planeta para dotarnos de sustancias útiles. El resultado será la posibilidad de hacer cuanto queremos con un grado de perfección notabilísimo: por ejemplo, fabricaremos un remedio para cada enfermedad localizada en nuestro cuerpo o desarrollaremos la posibilidad de realizar cualquier operación quirúrgica. O de transmitir una señal de mando para que una sonda espacial actúe a una distancia de varios millones de kilómetros.

Y sin embargo, como podemos constatar ahora, somos incapaces de retirar sin daño una capa de tierra suelta que tapona un pozo a una profundidad de sólo setenta metros. Un pozo por el que se deslizó un niño tan pequeño como para colarse pese a lo estrecho del diámetro. Y ni siquiera osamos recorrer en condiciones de seguridad una distancia que en horizontal ha llegado a recorrerse en diez segundos.

En fin, esta contradicción aparente en los avances de la ciencia y la tecnología no puede por menos de plantearnos cuestiones esenciales, como hasta qué punto dominamos los caprichos de la naturaleza, o la escasa conciencia que tenemos de nuestras limitaciones.

O cuan cerca estamos de la muerte.

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