Ecos de un incendio pavoroso

Por Javier Pardo de Santayana

( Una vista área de Notre Dame tras el incendio) (*)

¿Quién no se ha conmovido al ver en llamas la catedral de Notre Dame? La imagen de la alta aguja del templo desplomándose de lleno sobre la techumbre quedará ya para siempre impresa en mi retina. Como me hace ahora mismo recordar los viejos tiempos de mi pasada juventud, cuando recién cumplidos los diecinueve años tuve ocasión de entrar en aquel templo por primera vez.

Paris era entonces una fiesta, y sus canciones, que recordarán ustedes – “La Mer”, “La vie en rose”, “Les feuilles mortes”…- evocarían y modelarían a la vez su alma. Eran los tiempos de los grandes cantantes: de la môme Piaf, Charles Trenet e Yves Montand, pero también del Moulin Rouge y el Lido; de los grandes museos, los impresionistas y los vendedores de libros de segunda mano alineados junto al río Sena, a cuatro pasos del significativo templo gótico. Serian cuatro veranos de viajes y estancias en el país vecino – La Rochelle, Tours, Grenoble y Dijon – que cada vez se iniciaban y acababan allá en la capital de Francia con suficiente tiempo como para patear sus calles y vivir el ambiente propio de mi condición de estudiante en vacaciones.

Luego, pasado el tiempo y ya casado, volvería a París un cúmulo de veces con ocasión de programas oficiales y de algunas excursiones familiares; cuando, cualquiera que fuera el motivo del viaje, no faltaría nunca la visita a aquella catedral que según muchos representa la historia y la cultura de nuestro continente. No me parece, por consiguiente, extraño, que se cuente con la supuesta solidaridad de todos a la hora de plantearse una reconstrucción que el presidente francés pretende culminar en un plazo de tan sólo cinco años.

En el caso de la destrucción de la catedral de Notre Dame hay que decir que, desde el primer momento – antes incluso de comenzarse la investigación del caso – los franceses darían por supuesto que la causa del incendio debiera ser atribuida a los trabajos de restauración en curso, lo cual supone descartar de entrada la posibilidad de un acto terrorista. Y en esto me perdonarán ustedes que me ponga las gafas de mis compatriotas para imaginar lo que ocurriría si aquella tragedia se hubiera producido aquí en España, donde se habría suscitado una duda razonable como mínimo, no porque hubiera razones para hacerlo, sino en razón del comportamiento acostumbrado. Recordarán ustedes lo que sucedió el famoso 11 de marzo de año 2004, cuando ante un hecho desgraciado se acabaría urdiendo una de las más sucias maniobras políticas de nuestra propia historia; algo que nos debiera sonrojar a todos. En efecto, la oposición acusaría al gobierno del acto terrorista más sangriento de nuestra historia más reciente con objeto de dar un vuelco al resultado de las urnas. Y lo hizo, para que usted me entienda, aprovechando arteramente aquella recomendación terrible de nuestro refranero que se expresa diciendo “piensa mal y acertarás”

Por otra parte, el llanto generalizado por el incendio de un templo tan significativo como el de la catedral francesa no puede por menos de traer a mi recuerdo – caramba con la “memoria histórica” – algún que otro letrero leído en uno de los muros de la parroquia de mi pueblo de adopción, aquí en Guadalajara. Repetía el contenido de los grafitis trazados en universidades españolas y si no estoy equivocado también en la capilla en la que desnudó sus senos una actual concejal del ayuntamiento madrileño. Decía algo así como que “la mejor Iglesia es la que arde”. Como también he leído en varios otros lugares y ocasiones aquello de “arderéis como en el 36” refiriéndose a los templos españoles. Lo que quiere decir que hay amigos de nuestros actuales gobernantes que, siendo quizá los sucesores de quienes se dedicaron a incendiar los templos y eliminar a los cristianos, aún añoran el pasado y reivindican la memoria de sus parientes incendiarios. Por lo que si una desgracia parecida se produjera en una de nuestras catedrales góticas – igualmente representativas de una fe y de una cultura compartidas – tampoco tendríamos asegurado ya de entrada el apoyo de los restantes países europeos: aquéllos con cuya generosidad parece ya contar el mundo entero.

Así que para terminar espero que ustedes me permitan dudar con la mayor ingenuidad del mundo, pero también con una buena dosis de razón y posibilidad de acierto, de la posible reacción de algunos de nuestros gobernantes ante el desplome de la aguja de la catedral de Notre Dame.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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