Ideología de género. V. Cerebro masculino y cerebro femenino. 1

Por José María Arévalo

( Niña. Acuarela de María Del Mar Robert en Amigos Acuarelistas) (*)

Alicia V. Rubio, titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años, dedica a “Cerebro masculino y cerebro femenino” los capítulos cuarto y quinto del libro que estamos reseñando en esta serie, “Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender como nos afecta la ideología de género”, editado en 2016 por la digital Titivillus, libro del que ya hemos dicho nos ha sorprendido mucho por la novedad de sus enfoques y claridad de exposición. Los incluiremos en este y el próximo artículo.

Subtitula el capítulo 4 “Antes de la educación y la consciencia” y lo encabeza con frase de F. D. Roosevelt: “Los hombres no son prisioneros del destino sino prisioneros de su propia mente”. “Una de las estrategias que utiliza la ideología de género –comienza su exposición- para igualar lo que no es ni puede ser igual, es la negación de que existe un cerebro masculino y un cerebro femenino. Puesto que niegan que haya hombres y mujeres, salvo por la diferencia en los genitales, y posteriormente afirman que eso no afecta en absoluto a los deseos, gustos, percepciones, habilidades y comportamientos, y que es la educación, únicamente, la que forja esas diferencias y asigna esos roles, es imprescindible negar el cerebro masculino y el cerebro femenino. El cerebro sería, por tanto, un órgano neutro que no se ve afectado por unos cromosomas diferentes en cada caso ni por las diferentes hormonas que lo irrigan desde prácticamente su concepción”.

“Pese a las evidencias diferenciales –continúa- que surgen a cada instante, los ideólogos de género dicen que hombres y mujeres somos iguales, intercambiables, y sólo la educación nos hace diferentes. Sin embargo, las personas corrientes vemos continuamente cómo hombres y mujeres piensan y sienten distinto que el sexo contrario y de forma muy parecida a los de su propio sexo, con independencia de la educación, más «tradicional» o más «innovadora» que hayan recibido. Las afinidades, en muy diferentes facetas, con los de nuestro propio sexo y las diferencias con el contrario, subyacen incluso en el caso de que la educación recibida se fundamente en bases ideológicas divergentes. Esta observación, al alcance de cualquiera, es también constatable y explicable por la neurofisiología y por la psicología humana, es decir, de forma física y empírica, y aparece evidentemente ligada al rol biológico, no social, de hombres y mujeres.

La realidad, lejos de hacer reflexionar a estos defensores de una estructura ideológica sin base real ni científica y llena de contradicciones, los encastilla en sus respuestas, que siguen tres estrategias básicas de negación de las evidencias:

1º. Ignorar los hechos. Nada de lo que pone en evidencia que su teoría es falsa lo consideran «científico» pese a que no hay nada menos científico que lo que es indemostrable. Tal es el caso de la ideología que nos ocupa.

2º. Despreciar los estudios que, como éste, tratan de demostrar las diferencias intrínsecas descalificando al autor, o a lo que consideran «su afán de buscar diferencias», sin valorar que el investigador no busca las diferencias, sino que las halla y las estudia tratando, en muchos casos, de buscar su origen. Esta búsqueda del origen y la razón de los hechos es el paso lógico para cualquier investigador que trata de entender el mundo para explicarlo. Los ideólogos del género tratan de explicarlo sin entenderlo y, cuando el mundo no funciona según esas explicaciones, tratan de cambiarlo y adaptarlo infructuosamente a sus teorías.

3º. Tratar de explicar los hechos evidentes aferrándose a un imponderable, a un hecho que no se puede valorar, a una circunstancia imprevisible e incontrolable cuyas consecuencias no pueden calibrarse. Y como no pueden calibrarse, se les dota de toda la fuerza de un hecho poderoso e insoslayable. Me refiero a esa especie de solución infalible y «multisituaciones», esa especie de «cataplasma curalotodo» que creen imposible de demostrar o refutar: la educación sexista. Somos diferentes por la educación sexista. Como hombres y mujeres somos diferentes y siempre seguiremos siéndolo, la implicación es que siempre habrá una educación sexista que denunciar y erradicar.

Este tercer punto, que hasta ahora había conseguido explicarlo todo y servía para que esa lucha -y los elevados beneficios que produce a sus guerreros- se prolongara eternamente, es el que empieza a fallar por su base. En numerosos países occidentales, las políticas educativas y sociales han disminuido la diferencia de roles y la imposición de los mismos a la mínima expresión y, en la actualidad, muchos menores han sido educados bajo la férrea batuta de la ideología de género. Sin embargo, y contra todo pronóstico, continúan habiendo diferencias, por lo que parecería lógico inferir que hay otras razones para esa dicotomía si lo que realmente se buscara fuera la verdad. Sin embargo, esta teoría ha comenzado una huída hacia adelante hasta llegar a afirmar que cualquier descuido o detalle en la indicación de un estereotipo social puede marcar al niño, impeliéndole a actuar como hombre o como mujer.

De esta forma, en un país que aplica leyes educativas igualitarias, machaca a la ciudadanía con campañas de igualdad, se gasta enormes cantidades de dinero público para erradicar el sexismo… la causa de que las mujeres sigan siendo femeninas es de un perverso anuncio sexista, de una frase encasilladora… Los padres, que sabemos cuántas veces hay que repetir a los niños lo que está bien y lo que está mal para que lo interioricen y se refleje en sus comportamientos, nos quedamos sorprendidos cuando nos enteramos de que, en cuestión de estereotipos y roles sociales impuestos, las respuestas educativas se consiguen con tan poco esfuerzo. ¡Y para resultados tan determinantes y perdurables!

Y en esa huida hacia adelante de una de las mayores y más caras mentiras de la historia, además de la persecución y demonización de cuanto pueda mostrar a mujeres con caracteres femeninos y hombres con caracteres masculinos, las políticas de «erradicación de diferencia» se están transformando en políticas de «imposición de la igualdad» por encima de los deseos, gustos, intereses, percepciones, comportamientos y capacidades, que se evidencian diferentes pese a todo intento de igualación. Porque, aunque la realidad no es como los ideólogos del género dicen, hay que seguir achacándoselo todo a esos roles educativos impuestos, y en vista de que prevalecen en lugares recónditos de nuestra sociedad, hay que obligar a hombres y mujeres a ser iguales para demostrar que la teoría es cierta y que no hay cerebros masculinos y femeninos.

A la espera de que esta locura se venga abajo por su propio peso y a sabiendas de que en este momento tiene una fuerza arrolladora, como opina sabiamente el profesor Jorge Scala, hay que colaborar activamente en su caída para evitar, en lo posible, todo el mal que está haciendo en multitud de vidas particulares. Y para frenar el ingente desembolso de dinero público, añado yo. Este libro trata de aportar un grano de arena en tan loable propuesta.

La primera pregunta que nos surge ante la «solución curalotodo» de la ideología de género es: ¿Y si las diferencias se evidencian antes de que la educación pueda marcar e imponer roles? ¿Y si los bebés se comportaran de forma diferente antes de saber su sexo y por tanto asumir sus roles presuntamente impuestos? Revisemos la situación.

La teoría de la ideología de género siempre se apoyó en que los diferentes comportamientos y gustos de hombres y mujeres venían determinados por una educación sexista, una imposición permanente e implacable de los roles sociales asignados a hombres y a mujeres: los niños varones eran educados preparándolos para su rol social de machos audaces, luchadores, agresivos, poco expresivos con los sentimientos, encargados de cubrir las necesidades básicas de la prole… las mujeres, por el contrario, eran educadas como niñas, dirigidas desde su infancia a la práctica de los roles sociales propios de su sexo: la maternidad, el cuidado de la casa y de la prole… fomentando en ellas la abnegación, la paciencia, el gusto por la belleza y el cuidado del propio cuerpo…

Esta visión de la dicotomía social por imposición, que podía defenderse antes, actualmente no tiene base empírica sobre la que sustentarse en los muchos países con educación igualitaria pero donde se siguen dando diferencias. Entonces aparecen los imponderables, esos hechos incontrolables y no cuantificables que siguen consiguiendo que hombres y mujeres piensen, sientan, actúen y elijan de forma diferente.

Cuando ante un defensor de la ideología de género se apela a la circunstancia de que actualmente a niños y niñas se les educa de la misma forma, que los padres no tenemos conciencia de dar diferente trato a unos y otras, que han jugado con lo que han querido, que nadie les ha dirigido hacia un futuro profesional o familiar determinado, la respuesta es:

Aunque los padres no se den cuenta, se les trata de forma diferente. Y ahí cuentan un inédito e increíble experimento en el que a un bebé se le vistió de rosa y de azul, afirmando en la narración que el comportamiento de los adultos fue diferente según se creyera que era chico (machote, valiente, vas a ser un chavalote fuerte… y se le trataba con movimientos bruscos) o chica (princesa, guapa… y se le movía con suavidad y cuidado). Yo no he visto jamás este trato diferenciado con los bebés en mis hijos, ni en los hijos de mis conocidos. Ni he conseguido encontrar ese manido estudio por ningún lado para verificarlo. Ni creo, sinceramente que, en caso de suceder de forma eventual y anecdótica, marque a fuego el cerebro infantil (de bebé lactante) obligándole a reproducir determinados estereotipos sociales.

Todo en la sociedad empuja a mantener los estereotipos: ese anuncio sexista, esa visión de la mujer que está en su casa lavando… los propios roles en las familias y las parejas… De esa forma, el esfuerzo de los defensores de la ideología de género no tiene más límite y final que la absoluta deconstrucción de la sociedad tal y como la conocemos para que las nuevas generaciones no repitan, por imitación, el modelo social que ven en sus padres, el referente masculino y femenino que los progenitores les dan, a pesar de su esfuerzo por educarlos en la igualdad.

Y aquí está el eje del asunto para los defensores de la ideología de género: el «pecado original» de esta «absurda sociedad» donde hombres y mujeres somos diferentes, aunque tratamos de ser iguales en derechos y dignidad, está en nuestra propia naturaleza de hombres y mujeres. El sociólogo Steven Goldberg afirma que estas teorías cometen el error de tratar el ambiente social como una variable independiente, sin lograr explicar por qué el ambiente social siempre se acomoda a los límites fijados por la biología y siguiendo una dirección acorde con lo fisiológico.

Con esto quiere evidenciar que, curiosamente, no hay casos en los que la organización social haya dado como resultado otro tipo de sociedad en la que la mujer fuera dominante, sino de forma excepcional si es que la ha habido, mientras que si fuera cierto que somos iguales, lo normal sería que en unos casos se hubieran dado ejemplos de sociedades patriarcales y en otros matriarcales. Sin embargo, eso no ha sucedido porque los roles sociales no son aleatorios, sino que vienen determinados por la biología: es decir, sociedades humanas diferentes y alejadas se organizan de igual forma porque los roles biológicos facilitan esa organización y además modelan los gustos, capacidades, deseos, percepciones y comportamientos de los sexos para que así sea y se sientan felices y realizados por actuar como se lo pide su biología.

Es cierto que los ideólogos del género se saben alguna remota tribu que se ha organizado de distinta forma y hay, entre todos, un tipo de simios, los bonobos cuya vida en las ramas no parece presentar roles sociales muy definidos, no hay fidelidad sexual y cuidan las crías de forma tribal, coma ya veremos. Casos aisladísimos que sólo confirman la regla general, casi unánime. Además, si se analiza la afirmación de que la preponderancia del varón es una imposición y se constata que, en la mayoría de los casos, las mujeres la asumen y se sienten a gusto con su papel o rol social, habría que pensar, lisa y llanamente, que las mujeres somos idiotas puesto que no hay ninguna razón para ello y sin embargo nos realiza el rol de esposa y madre.

Existe también una especie de leyenda que aparece en diversos blogs feministas, sin una sola base científica ni arqueológica, que defiende la existencia de una primigenia sociedad matriarcal allá por la edad del bronce o del hierro (no queda muy claro porque el rigor científico no les quita el sueño: en algunos blog dan como reales a las legendarias amazonas) en la que la raza humana era feliz hasta que por alguna causa se varió la organización social y caímos del paraíso sin roles o con la prepotencia femenina, al imperfecto mundo actual inventado y dirigido por los hombres. Curiosamente sucedió en todos los lugares del mundo, pues no quedó un solo vestigio de esa civilización o forma de organización social en ninguna parte y al parecer al mismo tiempo, milenio arriba o abajo. Se debió tratar de una asombrosa revolución mundial masculina altamente organizada.

La idea de que nuestras diferencias son biogenéticas y, por tanto, muy difícil si no imposible variar, es una evidencia que no pueden aceptar los ideólogos de género porque eso implica que su lucha es un sinsentido y viven demasiado bien de este cuento como para reconocerlo.

Este diagnóstico, que nuestro «pecado de discriminar» no es tal pecado, sino que es consustancial a nosotros y por tanto imposible de erradicar -asunto que se va a desarrollar en los próximos capítulos- es la causa de que la ideología de género sea para sus defensores una lucha sin fin que nos hará más infelices, sin lugar a duda, en tanto las indicaciones, a la vista de la rebeldía biológica, pasan a imposiciones de lo que nos tiene que gustar y debemos hacer. Pero, por otra parte, es lo que a la larga condenará al fracaso a esta teoría de la naturaleza humana sin base científica ninguna. Aunque pasará mucho tiempo para que esta teoría nefasta colapse por la cantidad de gente dispuesta a defenderla como origen de prebendas y dinero abundante.

Sin embargo, y en tanto se van cosechando fracasos en las políticas de imposición de la igualdad en todos los ámbitos (cultural, deportivo, educativo…) la instauración social de la igualdad de los que no son iguales (a imagen de lo que sucedió con los regímenes comunistas) va generando desconcierto, infelicidad y obligaciones. Porque «feminizar» al varón y «masculinizar» a la mujer para crear una sociedad de género neutro es el ideal social de los defensores de la ideología de género, pero no el ideal social de la naturaleza que, muchos miles e incluso millones de años antes de que llegaran estos señores a modelar al ser humano según su ideología, definió en las especies pautas de conducta que resultaran exitosas para la supervivencia. Su argumentación se fundamenta en que, desde niños, a los varones se les impide expresar sus sentimientos (los chicos no lloran) mientras que a las chicas se les educa en la sensiblería y la llantina. Al menos esta es la nada científica explicación que se da en los cursos de «diferentes afectividades sexuales» basados en la ideología de género a los que he asistido (y que se imparten porque están financiados siempre con dinero público, curiosamente el dinero que expande esta ideología). Es posible que hace muchos años se educara a varones y mujeres de forma distinta, si bien coincidente con ciertas diferencias evidentes que se reforzaban con esa dicotomía de estrategias educativas y de ningún modo contraviniendo comportamientos generalmente unánimes en ambos sexos. Sin embargo, en la actualidad, al niño o niña que llora se le consuela con la fórmula los/as niños/as valientes no lloran con la única finalidad de que dejen de llorar y la variación de las fórmulas no puede explicar, en forma alguna, la mayor dificultad masculina de expresar los sentimientos y la mayor emotividad femenina. […]

Es evidente que hombres y mujeres se comportan diferente como igualmente evidente resulta el hecho de que, en la infancia los niños, desde muy pequeños, eligen juegos de contacto físico, de «acoso y derribo», de competición y fuerza mientras que las niñas prefieren juegos más sosegados, donde no hay competición, y del tipo «socio-dramático» donde tienden a interpretar papeles. Estas variantes en el juego surgen con independencia de los juguetes que se les suministren a priori, e incluso sin suministro de juguetes, por lo que la explicación de que los niños se adaptan a los juegos según los juguetes sexistas que se les ha suministrado puede interpretarse al revés: se les suministran los juguetes más acordes con el tipo de juegos que prefieren desarrollar.

Si bien antaño la sociedad incentivaba este tipo de conductas diferenciales en el juego, en la actualidad no existe apenas el padre o madre que obliga a jugar a sus hijos con «lo que le corresponde por sexo» y los niños actuales juegan con lo que quieren jugar. De hecho, no es extraño ver niñas jugando con coches, o piezas de juegos de construcción a «las familias». Y chicos que juegan, con muñecas, a las carreras. Los niños de los países occidentales u occidentalizados juegan con lo que quieren y a lo que quieren.

Parece, por tanto, que pese a la educación en igualdad y la ausencia de roles impuestos en el proceso educativo de las nuevas generaciones, curiosamente no se consigue erradicar una dicotomía en gustos y comportamientos de chicos y chicas. […]

Las evidencias de que el cerebro de hombres y mujeres es diferente son muchas y manifiestas. Y eso implica diferentes percepciones, comportamientos, gustos, habilidades, deseos e intereses. Todo ello adaptado, curiosamente, a sus roles biológicos que, lógicamente y si no se altera la naturaleza, derivan en roles sociales diferentes.

La primera objeción que ponen los defensores de la ideología de género a la posibilidad de que el cerebro humano sea diferente en función del sexo es que la educación sexista actúa sobre los niños desde edades muy tempranas, lo que les empuja a comportamientos preestablecidos, si bien no se han atrevido a afirmar que lo hace en edades en las que el niño no tiene conciencia de su propia identidad porque resulta imposible que, un ser que desconoce si es varón o hembra, asuma roles y clichés educativos al respecto, acordes con su función o rol social.

¿Qué pasa si numerosas investigaciones demuestran y evidencian que el cerebro masculino y el femenino presentan diferencias de gustos antes de saber que son varones o hembras y de ser educados para ello?

En psicología se admite que la comprensión y asunción de la identidad propia no se empiezan a desarrollar hasta los 18 meses, aproximadamente, y no terminan de desarrollarse hasta los seis o siete años por la complicada percepción que supone la propia identidad y su posterior significado social.

Por tanto, es admitido que hasta los 18 meses el niño no es capaz de entender que «debe» actuar de determinada forma, jugar con determinado juguete, mostrar determinadas actitudes… porque no sabe si es niño o niña, ni es capaz de asumir lo que eso implicaría. Sin embargo, la tozuda realidad muestra continuamente situaciones que desmienten esa incapacidad de actuar como hombres o mujeres por no haber sido aún educados en ello. Es decir, que sin ser posible que hayan recibido influencias sexistas, actúan según lo que serían patrones sexistas de su propio sexo. Recuerdo el caso de una amiga con dos mellizos de 14 meses, niño y niña, que al hilo de la falsedad de la ideología de género contaba un juego que hacían sus hijos y que nadie les había enseñado: cuando estaban de pie se dejaban caer al suelo sobre el pañal que les amortiguaba la caída. La niña caía con cuidado y el niño de forma mucho más brusca, lo que le llenaba de hematomas. Ambos lo hacían con grandes risas y jolgorio. La madre argumentaba que nadie, ni su padre ni ella les habían enseñado el juego, ni la forma de caer según el sexo, simplemente la chica lo hacía suavemente y el chico no. La niña caía con cuidado, con prudencia, con dulzura, con elegancia y el chico caía con brusquedad, con agresividad, con audacia… cada uno con esos odiosos epítetos que la sociedad sexista concibe como propios de cada sexo, sin saber de qué sexo eran y sin que nadie les hubiera inculcado esos valores. Sin explicación educativa ninguna, a una edad en la que no asumen y comprenden que son diferentes y, por ello, no pueden interiorizar roles, actuaban de forma diferente, como inspirados, movidos, por «otra cosa».

Otro caso que desconcierta a los defensores de la ideología de género pero que en absoluto hace tambalear su fe ciega en las causas educativas del comportamiento humano diferenciado, aunque mina de raíz su estructura argumental, son los estudios de Gerianne. M. Alexander y Melissa Hines publicados en 2002.

Estas investigadoras llevaron a cabo experimentos con niños de corta edad a los que se sometía a dos estímulos visuales: un camión de juguete y una muñeca. Para detectar cual era el estímulo que llamaba más la atención del bebé, se registraba el movimiento pupilar. Curiosamente, las niñas, incluso las que eran menores de nueve meses, mostraron un claro interés por la muñeca (rostro «humano» estático) en tanto los varones prefirieron el camión (objeto con posibilidad dinámica), aunque en menor proporción probablemente porque el cerebro femenino está más desarrollado en esa etapa que el masculino.

En un curso de «diversidad afectivo-sexual» en el que se enseñaba en realidad, como en todos, ideología de género, una ponente se refirió de pasada a estos experimentos diciendo que, aunque en ese momento no tenían explicación, ya se les ocurriría algo para rebatirlos. Ya se les ha debido ocurrir a algunos una solución acorde con sus planteamientos teóricos, pues los detractores de los resultados del experimento argumentan que, aunque el niño no sea consciente de que es niño y que debe jugar con ese tipo de juguetes, sus padres ya le habrán hecho jugar con ellos, razón por la que el niño ha asociado el estímulo a algo conocido y positivo, por lo que ha dado muestras de preferencia. Por el contrario, el juguete desconocido no ha producido estímulo.

Esta explicación para seguir manteniendo a flote la teoría de que no existe cerebro masculino y femenino es, cuando menos, profundamente insatisfactoria pues presupone que los padres actuales se empeñan en comprar única, exclusiva y machaconamente juguetes sexistas. ¿Ustedes se imaginan a padres obsesionados porque sus hijos varones jueguen con cochecitos desde bebés y sus hijas con muñecas desde los 9 meses o antes? Yo no conozco padres así.

Por otra parte, esta explicación parece obviar o desconocer que actualmente los juguetes infantiles para edades tan tempranas son muy a menudo neutros y blanditos (osos, pelotas, sonajeros de campanitas, pajaritos…) y que aún de formas semejantes, los diferentes colores pueden hacer que no reconozcan el juguete. Por otro lado, muchos niños juegan con los juguetes de bebé de su hermana o hermano mayor del otro sexo. En realidad, explicar estas situaciones con los planteamientos de la ideología de género, simplistas y carentes de base científica, es como tratar de explicar con dos sortilegios la teoría de la relatividad.

En el mismo sentido se han desarrollado los estudios de Trond Dseth, director del área de Psiquiatría Infantil del Hospital Nacional de Noruega, que ha sistematizado un test para analizar las diferencias de sexo en la elección de juguetes por parte de los bebés. El motivo de estos estudios es la determinación del sexo de los bebés con malformaciones genitales y/o alteraciones genéticas. En el juego-test, consistente en poner al alcance del bebé (de 9 meses en adelante, edad en la que el bebé ya gatea y es autónomo para dirigirse hacia lo que le atrae) cuatro juguetes considerados masculinos, cuatro femeninos y dos neutros, los resultados en bebés normales (sin malformaciones) son abrumadores: la gran mayoría de niñas elige juguetes femeninos y la gran mayoría de varones juguetes masculinos. Esta alta proporción de coincidencias es la causa de que utilice el test en bebés con malformaciones genitales a fin de determinar mejor su sexo.

La respuesta de este profesor a los resultados de sus experimentos es clara y taxativa: afirma que, puesto que a esas edades no ha podido afectarles la educación en roles y estereotipos, hay que aceptar que nacen con una clara predisposición biológica de género y comportamiento asociado al sexo. Añade que si después el entorno, la cultura, los valores y las expectativas atenúan o potencian esa predisposición será otro asunto, aunque no cree posible que la sociedad pueda ser tan decisiva como para modificar esa identidad, que aparece ya inherente, y esa clara predisposición de género.

Existen muchos otros estudios que demuestran que la diferenciación de comportamientos y roles establecidos provienen de fases anteriores a la posible influencia de la educación y la imposición de roles sociales. Para tratar de ilustrar hasta qué punto pueden retrotraerse estos comportamientos y gustos diferenciados que parecen provenir de elementos anteriores, más profundos y determinantes que el factor educativo, voy a mencionar el experimento que en 2008 dirigió Melissa Hines. En este caso se puso al alcance de individuos de muy corta edad juguetes claramente sexistas (una pelota y un camión, una muñeca y una sartén) y juguetes neutros. Se supone que si no existen condicionantes educativos, ambos sexos se dirigirán de forma indistinta a cualquiera de los juguetes. Sin embargo, los sujetos de sexo masculino presentaron predilección por la pelota y el camión y los de sexo femenino por la muñeca y la sartén. Los juguetes neutros no parecieron tener éxito. Puesto que los sujetos del estudio eran monos, podemos suponer sin riesgo que no había podido existir contaminación consciente o inconsciente de sus preferencias con roles sexistas.

Y este experimento, que para muchos no tiene explicación desde la ideología de género, evidencia unos posibles mecanismos filobiológicos que se han fijado de alguna forma en el material hereditario de manera selectiva por su valor determinante en el éxito evolutivo. Y se han fijado desde los antepasados comunes de monos y hombres. Es decir, que si bebés humanos y simios han demostrado tener comportamientos semejantes, y que están asociados al sexo, en etapas de la vida en las que no se tiene conciencia del rol educativo que se ha de asumir, parece que sería necesario un motivo común extracultural. Un motivo biológico que se transmitiera desde la noche de los tiempos, donde las mutaciones genéticas y los mecanismos de supervivencia conductuales adscritos a la herencia podrían beneficiar la supervivencia de unos individuos sobre otros.

Este aspecto de la existencia de mecanismos conductuales comunes a uno y otro sexo respectivamente y diferentes entre ellos, ajenos a la educación y su implantación de roles y estereotipos sociales, es un punto básico para hallar la verdadera razón de los diferentes comportamientos humanos según el sexo.

Por tanto, vamos a analizar [en el capítulo siguiente]las enormes fallas que la ideología de género presenta desde el punto de vista de la fisiología cerebral, de los comportamientos, gustos, capacidades, deseos, percepciones e intereses achacados a la educación y los estereotipos sexistas, la posible explicación que la etología y la antropología dan a estas diferencias y los resultados obtenidos en diversos experimentos de igualitarismo impuesto.”

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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