Para que lo trabajara y custodiase. 26. Alfalfares. Y 3

Por Carlos de Bustamante

( Campo de azulinas . Acuarela de José M. Arévalo) (*)

Puede, mis amigos, que conozcan lo que sigue. Lo escribió la sabiduría de un labrador y doctor ingeniero agrónomo, no por casualidad hermano de la madre de este aprendiz de mucho y maestro de nada. Tío Baldomero: Si tardas en guadañar/abastardas el manjar/pues la yerba se endurece/ a medida que más crece//. En cada año nuevo prado/debes tener y uno alzado/ Si en cada año descuajaras/más tu granero llenaras// Cuando esté el heno tendido/echa la siesta en olvido/ni un momento has de perder/por si empezara a llover/. Trabaje, pues, la gente/y ande en ello diligente//.

Digo, que mejor labrador que poeta, lo dicho por tío Baldomero, viene pintiparado al cultivo de la alfalfa que abordo en esta serie. Cierto, ciertísimo lo que sentencia tío Baldomero. Sin embargo, el amo de turno, sin dejar de considerar que el regenerar las tierras esquilmadas por el rentero en su afán de enriquecerse “a costa de ellas”, le añadió un componente ahora nuevo, pero oculto en un “paréntesis de siglos” ya mentado.

Al “contemplar” en un silencio sonoro el alfalfar cuajado ya de brotes vigorosos, dio gracias a Dios por la hermosura de la que, con la brisa circulando entre la belleza del prodigio de lo que nació pequeño y débil, era ahora una prometedora cosecha de heno. E, importante, la evidencia del “quid divino”; que lo es y será siempre si, como el amo de turno, entablamos un diálogo agradecido con el Creador presente para él y para cuentas personas corrientes – “guañino”-, regador, cachicán, amo…nosotros- busquen en cualquier actividad honesta la santificación de lo ordinario. Sin saber muy bien porqué “se le vinon a las mientes” los versos que, aun siendo cuasi niño leyó de san Agustín y se le quedaron profundamente grabados:

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,
me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti.

“Sigún” mantenía este diálogo – que no era sino oración- también `se le vinon´ otra vez al pensamiento aquellas memorables palabras que escuchó de san Josemaría Escrivá:
“¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser en el alma y en el cuerpo santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo” … Y `diz´ que añadió: “El auténtico sentido cristiano que profesa la resurrección de toda carne se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu”.

Mejor que mejor si a la vez “llenaba el granero”. Pero sin afán de atesorar maltratando la obra que, al crearla, vio Dios que era buena.

Hoy que, por necesidad, si se entiende correctamente, está tan de moda el ecologismo, ¿qué mejor ecologismo, pensó en el camino de vuelta a casa, que devolver a la tierra con alfalfares regenerativos lo que el materialismo a secas la había quitado? Y así, `entodavía´ envuelto en la fragancia que brotaba de los cachos de alfalfa, ahora exuberantes, nuevamente santificó el trabajo realizado, pudo santificarse en él. E, igualmente, podrían santificarse cuantos con el mismo ofrecimiento “orante” intervinieron en realizarlo. Todos dignos, cualesquiera que fuese el modo de llevarlo a cabo.

Inmerso en estas consideraciones, cómo no recordar los comentarios al respecto que hizo el santo de lo ordinario referido a la sagrada familia de Nazaret:

“Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo”. Expresiones éstas que concuerdan con el Evangelio:

“Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres”. Como el santo de lo ordinario `diz´ que sacaba punta (santa punta) a todo, `diz´ que a esto hizo el siguiente comentario:

«Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo.

Así vivió Jesús durante seis lustros: era el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas».

`Deseguro´ que no pensaba en estos berenjenales Daniel `Bobarras´ cuando `mangaba´al alfalfar un `rego a manta superior´. Pero ´velay´ lo que son las cosas…, le sirvió `dvínamente´ al amo de turno para nuevamente dar gloria a Dios al ver cómo la alfalfa se tornaba más verde y hermosa `sigún´ recibía en sus `ráices´ la bendición del agua que se deslizaba sin prisa y sin pausa por las eras que la encauzaban.

-¡Cuál, ésta, si no ´sianda agudo´ Eugenio Carreño,`pa´ segarla, ´diquiá na´ se endurece con más flores que los geranios que ´tié´ la mi señora en el corral. ¡Si lo sabré ´ó que me criau entrello´! Dicho esto, empinó y estrujó doblando la bota hasta que escupió aire… Y se quedó tan ´oreado´.

Expresiones aparte, `desas quiantes´ empleaban las nobles gentes del campo y que ya le resultaban familiares, ´ le daba la ansión´ que hayan `cáido´ en total olvido. Veremos, si Dios es servido, en los próximos el modo de rescatar otras nuevas con las que enriquecer nuestro particular vocabulario en el valle del Duero y aledaños. Pues eso, que nos vemos…


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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