Por Carlos de Bustamante

( Achicoria. Acuarela de Olga Serova en es.123rf.com/photo) (*)
No creo que la Dehesa de Peñalba sea -fuese- precisamente Edén, aunque a muchos nos lo pareciese. Es -fue- una porción de tierra que, abrazada por el padre Duero y partida en dos por su canal (del Duero) reunía muchas de las cualidades para que, trabajada y custodiada con esmero, diera infinidad de frutos creados por Dios en beneficio del hombre. Tantos más cuanto mayor fuera el amor por lo creado y por el Creador. Dicho lo cual, cómo no recordar lo que expresado por un santo de nuestros días (el santo de lo ordinario) podría venir pintiparado al inicio de este cultivo:
“…Considerad unos instantes el hecho que acabo de mencionar. Celebramos la Sagrada Eucaristía, el sacrificio sacramental del Cuerpo y de la Sangre del Señor, ese misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del cristianismo. Celebramos, por tanto, la acción más sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en esta vida: comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor viene a ser, en cierto sentido, como desligarnos de nuestras ataduras de tierra y de tiempo, para estar ya con Dios en el Cielo, donde Cristo mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos y donde no habrá muerte, ni llanto, ni gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá terminado (Cfr. Apoc 21, 4).
Esta verdad tan consoladora y profunda, esta significación escatológica de la Eucaristía, como suelen denominarla los teólogos, podría, sin embargo, ser malentendida: lo ha sido siempre que se ha querido presentar la existencia cristiana como algo solamente espiritual espiritualista, quiero decir, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas despreciables de este mundo, o, a lo más, que las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras vivimos aquí.
Cuando se ven las cosas de este modo, el templo se convierte en el lugar por antonomasia de la vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del cristianismo, la vida de la gracia, pasarían, pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él.
Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yaveh lo miró y vio que era bueno (Cfr. Gen 1, 7 y ss.).
Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios.
Por el contrario, debéis comprender ahora con una nueva claridad que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir.”
Puede mis amigos y probables únicos lectores, que tantas citas les parezcan monsergas o músicas celestiales… Pues desde mi punto de vista va a ser que no. Ya me gustaría ya, comentaros esto uno a uno en confidencia de amigos que sois. Como no es posible porque sabéis “lo que le sucedió al patatal…”, (ver artículo anterior) es preciso que lo leáis como dicho al oído del amigo que se comunica con el amigo sobre asuntos trascendentes con la apariencia de experiencias labradoras trabajadas y custodiadas en este privilegiado rincón por pagos del valle. Valle del Duero.
Por lo demás, es válido lo dicho, y tal vez ya repetido, tanto para el cultivo de las cuasi desconocidas achicorias, como para otros de común conocimiento.
Desconocido, digo, para muchos labradores de hoy -que todavía alguno queda- y según en qué zonas y regiones. Lo cierto es, que ya los romanos cultivaban achicorias, como producto sobre todo con propiedades medicinales. Las que, en aras de la brevedad, me permito omitir.
Parte importante del terreno arenoso de la Dehesa de Peñalba y otros aledaños, eran sumamente apropiados para este cultivo. De muy escasa exigencia en nutrientes, las achicorias hacían productivos los terrenos más pobres. Aunque como todo ser vivo, animal o vegetal, fuera agradecido a las labores (trabajo) y atenciones (custodia).
Hace ya tiempo que, cuantos peinamos canas, conocimos la necesidad de las achicorias, debidamente tratadas, como sustituto del café. Eran tiempos de guerra y posguerra. Crisis, jamás conocida otra igual, se solventó, tras varios años de sacrificios sin cuento, con la austeridad y renuncia de un pueblo sabiamente, sí, dirigido en paz y en guerra, por quien devolvió a nuestra Patria la libertad seriamente amenazada por la dictadura mayor que han conocido los tiempos. La privación del hoy anhelado estado de bienestar hasta límites extremos, hizo posible el milagro de resurgir de un cerco internacional, que ¡ay!, tarde cayó en la cuenta del error cometido.
¿Y qué tienen que ver las achicorias en todo esto…?
Recordarán mis amigos muy veteranos como más que octogenario, cómo en tiempos del racionamiento y escasez de casi todo, el café no era producto que estuviera al alcance de la mayoría de las familias. Pues miren por cuanto, hubo de recurrirse a sucedáneos. Y de entre ellos el sucedáneo achicoria, sin ser único, se llevó la palma.
Como por encanto, o sea, encantados muchos de los labradores en tierra de pinares, dedicaron al cultivo cuasi ignorada pequeñas extensiones de sus tierras más deficientes para los tradicionales. A la par, floreció en algunos pueblos la industria del secado, tostado y molienda de la raíz para sustituir al café.
Se me ocurre que, como en las personas, los de poco valor merecen atención para que quien lo sea- deficiente, discapacitado, de pocas luces…-, igualmente merece que se le presten cuidados y atenciones para mantener su propia dignidad y ser útil para la sociedad. Digo más, hasta el más perdido de los hombres, nunca merecerá nuestro desprecio ni menoscabo por sus semejantes. Puede que, como en las tierras y mediante nuestros cuidados y trabajos, sea preciso despedregar, descantar, desbrozar, regar…pero nunca dar por inútil a nada ni a nadie.
La atención, el trato, cuidado o custodia, siempre puede rendir el 30, 60 o el 100 por uno. ¿No les viene a la memoria la parábola del sembrador? ¿Y la del hijo pródigo perdido en una vida -campo – en extremo deficiente? ¿y no vale más el hombre que la tierra de la que fue formado? Bueno, y ya vale. Como he dicho poco de las achicorias, lo haré en (2), si Dios es servido.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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