Retrospectiva de Dalí en Mónaco, en su 30 aniversario

Por José María Arévalo

( Dalí de espaldas pintando a Gala. 1972-73. Óleo sobre tela de Dalí en el Teatro-Museo Dalí. 60,5 x 60,5) (*)

«Dalí, una historia de la pintura», retrospectiva comisariada por Montse Aguer, directora de los Museos Dalí, y en la que ha colaborado la Fundación Gala-Salvador Dalí, fue inaugurada en el Fórum Grimaldi en Mónaco el pasado 5 de julio por el Príncipe Alberto, con asistencia de la Infanta Doña Cristina, patrona de la Fundación. Quizá se debía ese título de la muestra, recién clausurada, a que en ella hay bastantes obras homenaje de Dalí a los maestros históricos. La muestra proclamaba que se puede mirar la Historia de la pintura mirando la historia de la pintura de Dalí. Pero no se llamaba así solo por eso: se llamaba así porque Dalí, más allá de su propia historia. es en sí mismo historia de la pintura, del modo en que solo puede serlo un artista conectado con su tiempo, pero también con su pasado.

Este año se celebran el 30 aniversario de la muerte de Dalí –ésta era la exposición conmemorativa– y los 500 años del fallecimiento de Leonardo. Para el español, el maestro renacentista fue uno de sus referentes: se inspira en él desde el pabellón “Sueño de Venus”, hasta la “Leda leonardesca metamorfoseada en Gala”, “Restitución de `La batalla de Anghiari´ a través de una copia de Rubens” –o “Copia de un Rubens copiado de un Leonardo”- o los juegos surrealistas que hace con la Gioconda. La exposición, que se centraba en el Dalí pintor y no en el excéntrico y célebre personaje, pretendía también revelar de qué forma encontró su lugar en la Historia del Arte.

Según Montse Aguer, «nuestra apuesta es focalizarnos en la pintura, en los distintos movimientos de los que se alimentó Dalí, en los grandes maestros del arte que influyeron en él y, por tanto, en su técnica, muy personal. Así la exposición era al mismo tiempo un recorrido por los distintos movimientos artísticos del siglo XX, desde la óptica del pintor de Cadaqués.

Puede que no estuvieran las obras famosas de Dalí que todo ferviente del pintor de Figueres espera encontrar en una exposición suya, las icónicas, pero la ambición de la muestra no era la suma de grandes éxitos. Pertenecía más al orden de lo sutil: «En cierto modo es una reivindicación de cómo Dalí se ve a sí mismo como pintor», en opinión de la subcomisaria Bartolomé.

DALÍ HACE HISTORIA

El gran pilar que según la comisaria Montse Aguer sostiene la muestra es «la relación de Dalí con la historia del arte», «tanto con sus contemporáneos como con sus maestros del pasado», lo que hacía que la exposición extiendiera sus tentáculos sobre nombres y corrientes que de un modo u otro formaron parte de la vida artística de Dalí, y por ahí desfilaba todo: el impresionismo, las vanguardias europeas, la abstracción, los americanos –con Warhol a la cabeza–, pero también Vermeer –su querido Vermeer–, y Velázquez, y Picasso, y Rafael. La exposición proclamaba: se puede echar un vistazo a una parte de la historia de la pintura entendiendo la historia de la pintura de Dalí.

( Copia de un Rubens copiado de un Leonardo. 1979. Óleo sobre tablero de madera contrachapado, de Dalí en la Fundación Gala-Dalí de Figueras. 18 x 24 cm) (*)

Dalí empezó con apenas diez años siendo un pintor impresionista, luego fue cubista, metafísico y alcanzó fama mundial como surrealista. Pero no se detuvo ahí y tras su etapa americana regresó a Europa para defender una vuelta al clasicismo, se sustentó en la religión y la ciencia y se acercó al pop art y al hiperrealismo. Y en sus últimos años, tras explorar la estereoscopia y los hologramas, volvió a los grandes maestros como Velázquez y Miguel Ángel. Son los diversos Dalís de una trayectoria poliédrica, cuyo objetivo explicitado ya en 1948, era “pintar una obra maestra y salvar el arte moderno del caos y la pereza”. De ahí que algún periódico titulara “Dalí, el salvador”.

La exposición daliniana de Montecarlo, que ha estado abierta hasta el 8 de septiembre, nació de la voluntad del Fórum Grimaldi de dedicar su gran muestra anual del 2019 a Dalí, en el 30.º aniversario de su muerte. La Fundación Gala-Salvador Dalí acogió favorablemente la propuesta y Montse Aguer, directora de los museos Dalí, como comisaria, y Laura Bartolomé, como adjunta, diseñaron una exposición muy didáctica. En total se ham expuesto 52 pinturas (38 pertenecían a la Fundación Dalí y otras 11 al Museo Reina Sofía), 28 dibujos y 48 fotografías. Y se completaban con 30 documentos, 10 objetos y 10 vídeos, así como un montaje escenográfico con ventanales que permitían ver tanto las distintas obras agrupadas por periodos cronológicos como una réplica de lo que sería el taller y el paisaje de Portlligat a través de grandes fotografías.

( Autoretrato con cuello rafaelesco. 1920-1921. Óleo sobre lienzo de Dalí, en la Fundación Gala-Dalí de Figueras. 41,5 x 53 ) (*)

EL LIBRO DE DALÍ

El eje de la exposición era el ensayo de Dalí “50 secretos mágicos para pintar”, publicada en 1948 en Estados Unidos, en la que apuesta por la pintura realista y se rinde a las virtudes de la tradición clásica. Un ejemplo de ese intento por crear una obra maestra es su óleo “Leda atómica” (1947-1949). Y esa reivindicación se produce mientras en Estados Unidos se expande el expresionismo abstracto y en Europa se instala el informalismo. Dalí una vez más nadando a contracorriente.

El libro es un tratado sobre la pintura impregnado de la voluntad de alumbrar un volumen técnico a la vez que filosófico. Fue un momento cumbre: entonces, Dalí sintió que era lo que había querido ser siempre, un clásico, y a partir de entonces lo proclamó. Era inmortal. Ese año, al volver a Portlligat después de su extensa aventura americana posó para la cámara junto a su padre sosteniendo orgulloso un ejemplar del nuevo libro. Tremendo. Cómo llegó ahí y lo que ocurrió después, lo ha contado la exposición.

( El espectro del sex appeal. 1934. Óleo sobre madera de Dalí en el Teatro-Museo Dalí. 17,9 x 13,9) (*)

Para cada una de las etapas artísticas de Dalí se ha procurado aportar obras que revelan su dominio de la pintura. De su juventud emergen obras como “Autoretrato con cuello rafaelesco” o “Retrato del violoncelista Ricard Pichot”. Una segunda etapa, con raíces cubistas, incluye desde “Cadaqués visto desde la torre de les Creus” hasta “Retrato de Buñuel”, “Naturaleza muerta al claro de luna” o “Figura de perfil” (retrato de la hermana de Dalí adquirido recientemente por la fundación que no había salido hasta ahora de Figueres). También se ha querido hacer una incursión de su corto paso por la abstracción con “Pulgar, playa, luna y pájaro podrido”, de 1928, que causó estupor en su momento. De la etapa surrealista había varias obras capitales como “Memoria de la mujer niña”, “El espectro del sex appeal” y “Retrato de Emilio Terry”. Y a ese periodo pertenece un muy desconocido “Retrato de Edward Wassermann”, de 1933, otra compra de la Fundación Dalí que hasta ahora no se había mostrado.

La etapa en la que Dalí empieza a desmarcarse del surrealismo quedó bien reflejada en “Dos trozos de pan expresando el sentimiento del amor”, de 1940, y “Desmaterialización cerca de la nariz de Nerón”, de 1947. La época mística contaba con dos piezas de gran valor : “La velocidad máxima de la Madonna de Rafael” y “Santa Helena en Portlligat” (préstamo del Dalí Museum de Saint Petersburg). La muestra se cerraba con un último periodo en el que Dalí rinde tributo a los grandes maestros, con óleos como “Alucinación rafaelesca” y varias obras inspiradas en Miguel Ángel.

( La velocidad máxima de la Madonna de Rafael. 1954. Óleo sobre lienzo de Dalí, en el Museo Reina Sofía. 81 x 66) (*)

MÓNACO

Un lugar central de la exposición se reservó a “Violetas imperiales”, un óleo de 1938, que Dalí acabó en la Villa La Pausa, una propiedad de Coco Chanel en la que pasó cuatro meses, situada en Roquebrune, a poca distancia de Mónaco. Es una obra importante porque alude a los temores previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial y sus tonos oscuros hacen presagiar ya la tragedia. Como colofón se situaron algunas de las obras de Dalí que son un homenaje a sus maestros. Y así “Figuras tumbadas sobre la arena”, de 1926, tributo directo a Picasso, y “Tartana fantasma”, una miniatura casi perfecta que evoca a su otro gran maestro: Vermeer, en el que también se inspira cuando pinta “Elementos enigmáticos en un paisaje”, en 1934.

( Elementos enigmáticos en un paisaje. 1934. Óleo sobre madera de Dalí, en Teatro-Museo Dalí. 72,8 x 59,5 ) (*)

Dalí estuvo en varias ocasiones en Mónaco. A finales de los setenta, a instancias de su secretario Enric Sabater, fijó su residencia en rue des Remparts 36, de Montecarlo. Aquí matriculó su Cadillac Deville, el que ahora se ha expuesto en Púbol con matrícula de Mónaco 8942. “Dalí. Una historia de la pintura” ha sido el gran acontecimiento expositivo del verano en Mónaco, en este Grimaldi Forum que desde su apertura en el año 2000 ha acogido una gran exposición monográfica en los meses efervescentes de la Costa Azul. Warhol en el 2003, Picasso en el 2013, Bacon en el 2016. Los pendones con las cuatro letras están por todas partes. La exposición de este verano ha dispuesto de hasta 3.000 metros cuadrados para explayarse en su relato e incluye más de 160 piezas entre pinturas, dibujos y fotos, con material de la fundación, el Museo Reina Sofía, el Museo Dalí de San Petersburgo (Florida) y una colección particular.

UN RANKING DE SUS PINTORES PREFERIDOS

Escribía en ABC Natividad Pulido, que “A los 6 años quería ser Napoleón, pero a los 15 ya tenía claro que quería ser Dalí. A los 45, su objetivo era salvar el arte moderno del caos y la pereza. «¡Triunfaré!», vaticinaba. Así reza en la dedicatoria del libro «50 secretos mágicos para pintar», un tratado de pintura, similar al que hizo Leonardo –Dalí tenía en su biblioteca una edición en francés–, en el que se reivindica como pintor y se autocelebra como artista clásico. Absorbió, como pocos, la tradición. Desde que era estudiante en la Academia de Bellas Artes de Madrid, entre 1922 y 1926. Los domingos por la mañana solía acudir al Prado a ver las obras de los grandes maestros. ¿Qué hay de nuevo?, le preguntaban. «Velázquez», respondía siempre el joven Dalí.

( Figuras tumbadas en la arena. 1926. Óleo sobre madera de Dalí, en que rememora a Picasso, en Teatro-Museo Dalí. 20,7 x 27,3) (*)

Lo más curioso de aquel libro es que incluye, manuscrito, un ranking de sus pintores preferidos, establecido mediante puntuaciones, siguiendo parámetros como técnica, inspiración, color, dibujo, genio u originalidad. Puntúa a once artistas, él incluido. Los cinco con mejores notas, por este orden, son: Vermeer, Rafael, Leonardo, Velázquez y Picasso. Dalí no sale mal parado en su autoexamen (se adjudica un 19 sobre 20 en genialidad). Quienes no se salvan de la quema son Mondrian y Bouguereau. Los otros artistas «examinados»: Meissonier, Ingres y Manet. Tenía pensado incluir a Fortuny, pero tacha su nombre en la lista y lo descarta.

Óscar Tusquets evoca no solo las filias, sino también las fobias pictóricas del artista español, en frases que recuerda haberle dicho Dalí: «Turner es la demostración palpable de que es imposible ser inglés y un gran pintor a la vez», «No es extraño que Van Gogh acabase cortándose una oreja, es lo mínimo que podía hacer viendo los cuadros que le salían», «Cézanne es el caso de impotencia pictórica más flagrante que conozco»… Dalí en estado puro”.

( Naturaleza muerta al claro de luna. 1926. Óleo sobre lienzo de Dalí, en el Museo Reina Sofía. 199 x 150) (*)

Las huellas de Vermeer, Rafael, Leonardo, Velázquez y Picasso (los mejor puntuados en su particular ranking) estaban presentes en una parte destacada de la exposición, con cuadros en los que Dalí les rinde homenaje.

Finalmente, el montaje de la exposición evocaba el taller de Dalí en Portlligat (el único fijo que tuvo en toda su carrera), con sus paredes encaladas y sus ventanas, a través de las cuales se veían los paisajes de la Costa Brava que tanto le inspiraron. En el corazón de la muestra se recreaba el taller ideal que Dalí proyectó para Portlligat en forma de icosaedro, siguiendo de nuevo los pasos de Leonardo. Un sueño que nunca se cumplió.


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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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