Para que lo trabajara y custodiase. 32. Achicorias. 3

Por Carlos de Bustamante

( Campo y almendro. Acuarela de Manuel Prieto Hernández) (*)

Sin pedirles perdón porque, orgulloso, no veo motivo, sí quiero presentarles mis más sinceras disculpas (¡que no es lo mismo!), por los `rollos macabeos´ -que `pa mí´ tampoco lo son- que les vengo `mangando´ cultivo tras cultivo. Podría continuar la serie que hoy finaliza, con el complemento de la ganadería. La que según sentenció tío Baldomero, el que, por si no lo recuerdan, fue el que, junto al matrimonio molinero y cinco hijos, murió de forma trágica por una tormenta horripilante, en el molino donde se refugió. Suceso que hoy (11-VI-19) publica nuestro blog y que sucedió en Tierra Medina (Carrioncillo en Dueñas, labranza de mis abuelos maternos).

Ganadería, digo, de la que versificó como mejor supo: “Tu objeto ha de ser lograr/ que el ganado sin pastar/ en las cuadras se alimente/y así el abono acreciente//. Item digo, que no es que no fuera agradecido el cultivo de este producto del enunciado a una buena estercoladura; pero tan poco exigente era la modesta achicoria, que aún en los terrenos más baldíos y arenosos, a poco trabajo y custodia que recibieran, crecían y se desarrollaban de manera aceptable en las tierras de inferior calidad en pequeñas o grandes labranzas.

A los pocos días de `romper el cascarón´ los diminutos cotiledones de las también diminutas plántulas, no sin asombro pudo contemplar el amo de turno, acompañado ahora siempre por el chaval sobrino y amigo, cómo los cotiledones eran ya hojas verdes, grandes como orejas de burro. Y la oración contemplativa surgió espontánea en silencio sonoroso que escuchó el chaval transformada en himno:

“Bendecid al Señor, todas las obras del Señor; alabadle y ensalzadle por siempre.
Bendecid, cielos, al Señor, bendecid al Señor, ángeles del Señor.
…………
Bendecid al Señor, montes y collados; todas las cosas que germinan en la tierra, bendecid al Señor” …

Cuando el amo recitó pausadamente esta última estrofa del bellísimo himno, referido a las achicorias al presente fuertes, vigorosas, el chaval cerró la boca, que esbozó ahora una amplia sonrisa de complacencia.

Pero…

-No, si ya te dije, tío Paco (el amo de turno), que todo me parece `superior´, y que la santidad que me vienes diciendo es más aún: `su-pe-rio-ro-na´. Pero… es que yo, tío Paco, te vuelvo a repetir: no tengo vocación. Lo que quiero -afirmó el chaval una `miaja´ cabreado por la insistencia del que llamaban el amo- es ser militar y no sacerdote, ni monje, ni eremita o simplemente religioso de cualquier orden. Y finalizó contundente: ¡o militar, tu puesto cuando lo dejes, o nada! Con un previo revoltijo cariñoso del pelo en la dura mollera del chaval, el amo `tiró´ las palabras de san Josemaría que, por repetidas, se le quedaron grabadas a fuego:

“¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. Tras breve respiro, continuó con lo que `diz que dijo´:

“No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo”. Breve pausa para que como la lluvia mansa empapara la mente del chaval y prosiguió lentamente, saboreando las palabras:

“El auténtico sentido cristiano —que profesa la resurrección de toda carne— se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu. Y a continuación, `tiró´ el sentido de palabras tan `atrevidas´ que también dijo el santo de lo ordinario…:

“¿Qué son los sacramentos —huellas de la Encarnación del Verbo, como afirmaron los antiguos— sino la más clara manifestación de este camino, que Dios ha elegido para santificarnos y llevarnos al Cielo?

¿No veis que cada sacramento es el amor de Dios, con toda su fuerza creadora y redentora, que se nos da sirviéndose de medios materiales? ¿Qué es esta Eucaristía —ya inminente— sino el Cuerpo y la Sangre adorables de nuestro Redentor, que se nos ofrece a través de la humilde materia de este mundo —vino y pan—, a través de los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre como el último Concilio Ecuménico ha querido recordar? Nueva pausa, y a modo de conclusión luego:

“Se comprende, hijos, que el Apóstol pudiera escribir: todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios. Se trata de un movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en nuestros corazones, quiere provocar en el mundo: desde la tierra, hasta la gloria del Señor. Y para que quedara claro que —en ese movimiento— se incluía aun lo que parece más prosaico, San Pablo escribió también: ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios.

Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra —como sabéis— en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra. ¡Qué bien cuadran aquí aquellos versos del poeta de Castilla!:

Despacito, y buena letra:
el hacer las cosas bien
importa más que el hacerlas”.

El chaval -hoy ya anciano- apretó fuerte la mano de su tío. Al recordarlo ahora, rumió meditabundo: ¿Habré puesto por obra lo que desde entonces concebí divinamente?
Cuando días más tarde la cuadrilla, de hombres ahora, arrancaba las achicorias que emitían un ligero quejido al ser desprendidas, largas, hermosas, de la madre tierra, masculló imperceptible: `Comenzar y recomenzar´… Y es que, los años pasan, pero el “quid divino” permanece.

Desde la Abadía de los Templarios, balneario en La Alberca de Salamanca, y si Dios es servido, en las Batuecas nos vemos…


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://live.staticflickr.com/65535/48049809813_824a2a96bc_b.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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