Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Idígoras en Sur el pasado día 4)
En términos religiosos, el Verbo – la Palabra – es la expresión de Dios porque lo es de la suprema inteligencia. E inteligencia es el principal don que, junto con la vida, otorgaría el Creador al hombre; de ahí que la palabra sea también la expresión con la que, por ser reveladora de su yo más íntimo y auténtico, mejor se identifica la condición humana.
La palabra es, en efecto, para el hombre, el más exacto reflejo de sí mismo, o sea de su pensamiento, de ahí que el hombre valga en todos los sentidos lo que valga precisamente su palabra. Por lo cual cuando decimos “este es un hombre de palabra” le estamos valorando como alguien de quien en cualquier caso y circunstancia podría uno fiarse. Recordemos que la palabra se consideró siempre esencial para cerrar cualquier acuerdo, ya se tratara del ganado como de las tierras. Y la operación se culminaba dándose la mano simplemente; de ahí que se acuñaran expresiones como “le he dado mi palabra” o “mi palabra basta”.
Naturalmente, la palabra se utiliza como elemento imprescindible para entenderse entre los hombres en todas las situaciones de la vida, fuera para el intercambio de la compraventa como para el trabajo o para el ocio, y no digamos para transmitir información a otras personas. Operación en la que la verdad será obligada, ya que el introducir en ella errores de cualquier naturaleza perturbaría inoportunamente los procesos hasta sumirlos en la confusión o el caos. En tal sentido se supone que si la información es inexacta lo será por error no intencionado y no por exigencias egoístas.
Aunque no es éste siempre el caso. En la diplomacia, por ejemplo, será frecuente dulcificar determinadas expresiones en evitación de que una frase excesivamente realista pudiera molestar al interlocutor hasta tal punto que provocara reacciones no deseadas que enturbiaran la relación entre naciones, del mismo modo que la buena educación social pudiera aconsejar en ocasiones la omisión de realidades evidentes pero en nada agradables para el prójimo.
Otra cosa es el comportamiento de quienes gobiernan un país, cuya palabra debiera siempre responder a la rectitud moral que debe suponerse y a la confianza depositada en ellos por sus conciudadanos. De ahí que consideremos preocupante que la tergiversación sea ya una práctica admitida en nuestros días hasta el punto de convertirse en algo rutinario. Claro que los avances tecnológicos permiten hacer pasar por absolutamente reales escenas y detalles falsos; voces y gestos añadidos pueden incluso simular intervenciones no existentes que circularán por las redes sociales convertidas en noticias asumibles. Me refiero a lo que ahora llaman las “fake news”, o sea, en el idioma de Cervantes, los bulos y noticias falsas que conformarán una realidad ficticia.
Mas ni siquiera es hoy imprescindible llegar a tal sofisticación para engañar al respetable público, como tenemos evidencia diariamente, no en relación con países lejanos y atrasados, sino con nuestra propia patria. Pues, por lo que estamos viendo cada día, no es necesario hacer turismo para ver como se miente abierta y repetidamente incluso desde los gobiernos. Nada importa el hacerlo ya “a calzón quitado” o “a las bravas” porque la inmersión informativa en la mentira ha acabado por hacer casi vano el natural asombro y así crear costumbre en la “ciudadanía”. En tal sentido la capacidad de asimilación de la falsedad y del absurdo por esta vía ha superado ya todos los records. Y así hemos visto decir tanto una cosa como su contraria por las mismas personas en cuestión de horas, o pasar de las injurias al abrazo. O transformar la vigilia en dulces sueños. O transformar en un siempre lo que antes fue un jamás.
Es decir, banalizar de tal forma la palabra que se convierta en sustancia moldeable para el beneficio de unos intereses que se mantienen más o menos ocultos.
Quizá no nos demos ya siquiera cuenta de que, por mucho que se imponga entre nosotros, la banalización sufrida – por mucho que juguemos a engañarnos – sólo podrá ser soportada cierto tiempo, pues la palabra no renunciará a su vocación primera, que es la de ser expresión de la verdad. Lo malo es que recuperarla siempre tuvo que hacerse a costa de sudor y de lágrimas. Y hasta de sangre, a veces.