Por Javier Pardo de Santayana

(San Antonio apaleado por los demonios. 1563. Talla de Diego Rodríguez en el Museo Nacional de escultura)

Escribo estas palabras porque vivimos un momento en que parece necesario meditar sobre lo que es para nosotros esencial, puesto que nunca en nuestras propias vidas experimentamos una amenaza como ésta, surgida de un día para otro en un ambiente de normalidad aparente. Jamás masticamos la tragedia por una causa tan pequeña, tan aparentemente nimia como la que hoy nos desconcierta, ni se nos mostró tan cotidiano el inquietante rostro de la muerte. Sabíamos, sí, de guerras y tragedias naturales, de inundaciones y de terremotos, de hechos aislados que casi siempre sucedían a otros. Y raramente el peligro procedía de nosotros mismos, de nuestros propios compañeros y vecinos, de quienes encontramos por la calle. La amenaza nunca se nos ocultaría como se oculta ahora, cuando puede aparecer en cualquier parte. Jamás nos obligó a poner patas arriba lo que con tanta diligencia y soberbia construimos. Estábamos ya cerca del sol y de la luna cuando no supimos cómo reaccionar ante un coronavirus.

Nuestra sensibilidad por el detalle exacto, por el conducto usual, por la valoración ajustada del esfuerzo, por conservar la destreza acumulada, – en suma, por el complejo tinglado de los hombres, tan ajustado a las costumbres – poco valió ante un nuevo peligro omnipresente, ante la globalización total de una amenaza. Nos encontramos, en efecto, ante una situación que se caracteriza por la invasión total y casi simultánea de todo el arco del planeta. De un habitat humano que no se ciñe a los procesos habituales, que no presenta espacios reservados, ni indicaciones matizadas, ni sutilezas o avisos evidentes, cuya existencia parecería una entelequia si no fuera por los efectos que origina, pero que es algo brutal, total, que se diría propio de la versión de un mal inteligente. Nunca la presencia activa de la muerte se hizo patente así – casi de golpe – en cualquier parte del planeta, ni fue tan oculta su presencia, hoy materializada solamente   por un amontonamiento de cadáveres.

En tales circunstancias, y en la soledad de una situación que nos supera – ante la evidente debilidad del hombre y la realidad de una muerte cotidiana – ¿quién no se acoge a la fortaleza de la fe para abrazarse con ella a la esperanza, rescatándose a si mismo en el empeño?

De ahí que en una sociedad como la nuestra, a la que pese a los muchos intentos destructores no se ha arrancado todavía el alma, veamos surgir continuamente iniciativas ejemplares de profundo rostro humano que, sacando fuerzas de flaqueza, se encaminan simplemente a hacer el bien a los demás, o sea al prójimo, y a mostrar la admiración hacia quienes se sacrifican por nosotros para dulcificar el sufrimiento. O, como hemos visto con frecuencia, para transmitir un soplo de alegría al triste. O vestir al desnudo de bienes materiales y muchas veces espirituales cuando no soportar los defectos del vecino o del pariente en las interminables enclaustramientos obligados. O  para dar un buen consejo a quien lo necesita en las lamentables circunstancias que vivimos y a alimentar a los hambrientos, o dar posada a quienes carecen de vivienda. O para sugerir cómo salir del trance a quien no sabe como hacerlo, o enseñar pacientemente a quien no sabe, como han venido haciendo los maestros en condiciones poco usuales.… Y, desde luego, para orar mucho más de lo que se hizo antes por los vivos y los muertos. Puras obras de misericordia aplicadas a una realidad que a todos une en la desgracia.

Un camino en el que los españoles hemos rezado mucho y de una forma considerablemente más profunda en un acto colectivo de fe como en los viejos tiempos, y en el que seguramente habremos aprendido a discernir entre lo importante y lo superfluo, tan abundante en nuestra ya casi extinta “sociedad del bienestar”; aquella que la estulticia de los hombres estaba a punto ya de convertir en un ejemplo de vergonzante suicidio colectivo.

Curiosa circunstancia la de este fenómeno inaudito, que se produce exactamente en coincidencia con la celebración de la Cuaresma y proporciona la ejemplar imagen de un pueblo que, por encima de su clase gobernante, convierte la desgracia de la gente en un fecundo examen de conciencia.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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