Por Carlos de Bustamante

(Pesquera del Duero en S. Miguel del Pino. Acuarela de J. M. Arévalo)
Nuestro querido Pepe Gámez se nos ha ido. Pero no nos ha dejado. Allá arriba, en el Cielo, donde la nieve se hace río sin perder su limpieza y su blancura, Pepe recompone su escuadra de gastadores. De la que fuera nuestro cabo jefe, quedamos solamente dos vivos. Los mejores disfrutan del privilegio de abrir la marcha a tus órdenes en el gran desfile de una Gloria sin parangón por no existir ya en ella dolor ni llanto. Ni enfermedad alguna.
Cierto, querido Pepe, que te faltó el liderazgo de tu “Décima” según los rigores del escalafón que encabeza nuestro inigualable Agustín Muñoz Grandes; pero fuiste y serás desde lo Alto, nuestro referente en esa unión que supiste darnos con sello inconfundible de bonhomía que se hace querer y respetar.
No caeré, amigo mío, en el tópico del qué bueno era…, ni en adulaciones sensibleras. Sólo haciendo abuso de la representación que nadie me ha dado, quiero darte las gracias. Gracias por el legado de unión con la iconografía de una piña. Apretados como en una piña décimos, décimas y decimicos, vivos y difuntos, que, en proporción alarmante nos comunicabas haber dejado en el camino. Gracias, querido Pepe, por habernos reunido en tantas ocasiones como la clueca reúne bajo sus alas a todos sus polluelos “decimicos” desperdigados por el corral de toda la geografía española. Especialmente gracias, querido Pepe, por acercar a tu Promoción al lugar de residencia de quien tenía serias dificultades para desplazarse.
Por tres veces Traspinedo fue tu lugar elegido. Y por tres veces, el mesón castellano acogió gozoso a tus décimos con el buen yantar del ancestral asado de estas tierras de pan llevar y de la esencia de vinos increíbles procedentes de las tempranillas uvas maduradas en los suelos calizos al agrego de cárcavas y solanas recostadas en el desplome del páramo sobre los meandros del padre Duero. Caldos con sabor monacal de monasterios y cenobios. Lugares donde el silencio se introdujo en tinos, cubas y toneles milenarios, de los que nació el prodigio de los Ribera del Duero. Tres veces tres, en que el Señor Acalde quiso blanquear el pueblo tras los pinares, para recibir la visita anunciada de su majestad el rey de España.
Tuvimos que escanciar en insólita abundancia el obsequio “ad libitum” del majestuoso Vega Sicilia. ¿Te acuerdas Pepe, cómo los corazones de tus décimos, se unieron en alegría singular?
Sí, amigo mío, aquellas reuniones marcaron un antes y un después entre tus décimos, décimas y decimicos. Cada cual se llevó a su lugar de origen, el olor, color, y sabor de un sencillo pueblo de la Castilla milenaria semioculta por pinares portadores de nuestro icono entre las copas negras en apretado fruto prisionero de unión y nobleza. Las que les vienen dadas por estas tierras símbolo de unión y grandeza. Valladolid, tierra de pan y vino y cuna del imperio donde no se ponía el sol. Ciudad donde no por casualidad pasa el Pisuerga; el gran río que lleva el agua al Duero portador de la fama. La capital del reino mayor de Europa en la que, pueblo por pueblo y villa por villa, Valladolid es Castilla.
Aquí -allí- fuiste útil, Pepe, dejaste poso indeleble. Sin tristeza, mi cabo, porque disfrutas de un mundo mejor que esta España herida que dejaste, te rindo el tributo de la gratitud. Nada en comparación con la que actualmente disfrutas. Trofeo ganado en la lid ejemplar de cada uno de tus días (vida en miniatura cada uno de ellos). De los que, querido amigo, tomamos buena nota, para el tiempo que Dios nos conceda de vida, como ya la han tomado tus hijos y las sucesivas Promociones que tu buen obrar hizo referente para imitar. Y todo sin prisa y sin pausa; haciendo tuyas las palabras del poeta castellano: “ Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas”.
Hiciste mucho, mi cabo, y lo hiciste bien. Que Dios te lo pague. Siempre a tus órdenes