Por Javier Pardo de Santayana

(Esperando clientes, con mascarilla)
Ahora, ya con mil doscientos sesenta artículos escritos en este mismo blog, me encuentro con la incómoda realidad de que no se me ocurre nada que decir. Y el caso es que desde el primer día de mi colaboración con este espacio de los Foramontanos temí que tal cosa sucediera, y sin embargo siempre surgió a tiempo una idea salvadora, que así de sugerente es la vida que vivimos. Claro que algo me ayudó a salir del trance el hecho de que no me limitara en la elección del tema; simplemente me bastaban mis asombros, y estos acudían a raudales hasta que el coronavirus se erigió en el obligado monotema. Lo cual no quiere decir que la propagación de una pandemia como la que estamos sufriendo no dé para escribir un libro sino todo lo contrario, y la prueba es que no hay programa de radio o de televisión – ni conversación siquiera – que no comience con una noticia o comentario relativo a tan incómodo invasor.
Pero hoy procuraré exprimirlo un poco más aunque me dé pereza, y me referiré a algunas de sus expresiones cotidianas. Porque, instalada ya la presente situación en nuestro día a día, quizá no caigamos en la cuenta de la novedad de lo que nos ocurre, y novedad es la cotidianeidad de un sinsentido que nos hace percibir como normales algunas experiencias que parecen un sueño de mentes desquiciadas. Así hemos entrando poco a poco en un mundo patas arriba que se parece al de la famosa Alicia pero con pocas maravillas y muchos sombrereros locos a los que sin darnos cuenta nos acostumbramos.
Para empezar, la causa de todo este lío sin sentido es – como usted bien sabe – una pandemia destructora sin aviso previo para parar la cual nuestro gobierno se ha dotado nada menos que de un filósofo cuya presencia en el gobierno tenía por objeto promocionar a un socialista catalán cuya inclusión como ministro daba en principio perfectamente igual porque la responsabilidad de la salud estaba ya en principio repartida entre las autonomías. Lo malo, claro está, es que ha llegado el virus y ahora el responsable de atajarlo no tiene pajolera idea de lo que es la sanidad ni experiencia alguna de gestión. Y para mayor abundamiento nos dicen que ni siquiera le asesora la comisión de expertos que se suponía.
Otro de los famosos sombrereros locos es el que se ocupa de nuestra economía, pues lo normal habría sido que en las actuales circunstancias se contuviera el gasto como tratan de hacer los otros europeos, y se evitara aumentar una deuda acumulada ya disparatada en nuestro caso. Pero nosotros no caemos en el engaño de nuestros hermanos y hermanas europeos, y lo que hacemos es, además de crear más ministerios – para lo cual basta con acumular sillones hasta darse de bruces con la puerta – poner cara de poker y subirse los sueldos sin decir ni pío, que ese es un truco en el que nuestros compadres extranjeros – si serán zotes – no han caído. Como tampoco han caído en que cuando las cosas van mal dadas se pueden hacer bastantes otras cosas útiles como cambiar las leyes como quien no quiere la cosa o cambiar a quienes las aplican, que es incluso más fácil todavía.
Naturalmente, estas no son ideas que se le ocurran fácilmente a todo el mundo, pues a la mayor parte de la gente se la enrojece el rostro al intentarlo. Pero esto no es impedimento en nuestro caso ya que se adquirió la necesaria caradura gracias a la interiorización de la lectura de un tratado de resistencia que sacó a nuestros gobernantes del apuro en que en su día les pusieron sus propios colegas de partido.
Y todo fue empezar, porque una democracia hábilmente utilizada permite casi cualquier cosa. Pues si se sabe sumar aunque se trate de pequeñas cantidades, y las combinaciones de grupitos se combinan con astutos mensajes psicológicos se pueden hacer maravillas de agit-prop. Claro que para conseguirlo conviene contar con buenos especialistas en engañar al prójimo que sepan aprovechar bien las ocasiones y cuenten a ser posible con micrófonos.