Invasión de la cursilería y la ignorancia

Por Javier Pardo de Santayana

(Universitarios paseando en el campus)

Supongo que usted, improbable lector mío, se habrá dado la cuente de que desde hace ya bastante tiempo los españoles parecemos estar dedicados en cuerpo y alma a la  destrucción de nuestro idioma, y que una forma de hacerlo ha sido y sigue siendo – además de llenarlo de innecesarios anglicismos – el utilizar o incluso inventar los términos más enrevesados. Ahí tienen ustedes, por ejemplo, la casi desaparición del término “peligro”, hoy transformado con frecuencia en la tan ampulosa como innecesaria “peligrosidad”, que nos permitirá darnos la estúpida importancia de manejar con soltura determinadas expresiones que se suponen propias de una mayor cultura o trascendencia.

Y echaremos la culpa del mal tiempo a la “meteorología”, cuando no a la “climatología”, nombres estos de sendas ciencias que como tales poco tienen que ver, naturalmente, con que caigan chuzos de punta o cubra el suelo una nevada impresionante. Con lo fácil y natural que es hablar del mal tiempo, expresión bastante más sencilla y sobre todo más apropiada, natural y correcta, para referirse a lo que está ocurriendo… Todo supongo que por parecer como más cultos y refinados. Así que nos endosan unos términos más largos y complicados y se quedan tran frescos y orgullosos. Y eso que van contra su propia tendencia, pues lo que en general buscamos hoy los españoles es ahorrarnos tiempo, así que cada vez copiamos más a los ingleses – y sobre todo a los norteamericanos – comiéndonos preposiciones y utilizando directamente sus palabras, eso sí, mal pronunciadas,  como si no tuviéramos las nuestras.

Mas no crea usted que por ello no nos inventamos nuevos términos. Como, por ejemplo,  sucede en estos días en los que van a volver a comenzar las clases después de un largo periodo de complicaciones y nos inventamos la insoportable “presencialidad”, esa horrible palabrota ahora de moda.

¿Cabe mayor cursilería que ésta? Porque parece como si los españoles no supiéramos cómo hacer ver que la mayoría de las clases  tendrán lugar de nuevo en las aulas respectivas, es decir, como siempre y no en los propios domicilios. Mas destrozando ahora una palabra de por sí expresiva para convertirla de esta forma en un dicho tan redicho como pretencioso. Claro que también hay quienes intentarán que nos traguemos verdaderas palabrejas que no vienen a cuento y son tan estomagantes como la insoportable ”resiliencia”, directamente procedente del inglés  pero que, aun siendo de origen latino como la mayoría de las nuestras,  jamás llegamos a aceptar quizá por ser conscientes de su difícil pronunciación exacta.

Sí; en efecto, la presente falta de respeto a nuestro bello y contundente idioma es evidente en nuestros días y se está poniendo de relieve en el desprecio con el que introducimos un aluvión de nuevos cambios que caen de lleno hasta en el pitorreo. Como cuando nos permitimos algunas propuestas que rozan lo ridículo. Ahí tienen ustedes aquello propuesto incluso por nuestros gobernantes de los “niñes” o de la “Madre matria”. (No se me ría usted que la cosa es tan estúpida que no es como para tomarla a guasa).

Así que uno se pregunta a qué santo vienen tanta cursilería y tanto mal empleo del idioma como  pretenden introducir en él desde el poder unos seres tan incultos y zafios y con tan escaso sentido del respeto que merece una cultura como la española. Y no digamos su gramática, desastrosamente interpretada por quienes hoy merecerían un claro ”insuficiente” en nuestras aulas.

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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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