Por Carlos de Bustamante

(Mapa parcial de Hispanoamérica)
Cuando de palabra o por escrito alguien dice las maravillas de su país, lo normal es que aun sin querer o sinqueriendo “barra para adentro”; es decir, que no sea imparcial en alabar todo lo que en su opinión es bueno, muy bueno, y oculte o disimule lo contrario. omo veréis, mis amigos… éste no es el caso.
Habla -escribe- el Profesor, director del CEHCA. Un nuevo 12 de octubre y la acostumbrada retahíla de frases denigratorias de nuestro pasado hispánico. La nostalgia inocultable de algunos por no haber sido colonia británica y la idealización con ribetes de literatura fantástica de un mundo indígena más parecido a un Edén que a una sociedad humana.
Frente a este panorama de engaño, muchas veces fomentado y financiado a contrapelo de la verdad histórica, acaso la comprensión de un fenómeno tan complejo y de tanta duración -nada menos que tres siglos- como fue el de la conquista y poblamiento por España del fenomenal espacio americano, pueda explicarse formulándonos preguntas simples y razonables.
Cualquier persona curiosa y honesta debería preguntarse cómo fue posible que Hernán Cortés derrotara al imperio azteca contando con no más de doscientos españoles. Esa sola interpelación lleva inevitablemente a comprender que no todos los pueblos mesoamericanos eran aztecas, y que éstos dominaban y explotaban -mucho antes de la llegada de los españoles- a decenas de pueblos esclavizados que serán precisamente los que liderados por Cortés ingresen, en número cercano a los doscientos mil, a Tenochtitlán a liberarse del yugo azteca.
Otra pregunta razonable podría ser la siguiente: si España vino aquí únicamente con afán de lucro y para ello no dudó en explotar e incluso exterminar a pueblos enteros, ¿es ello compatible con que haya sido la única potencia europea que construyó hospitales y fundó universidades apenas desembarcó en este continente y lo siguió haciendo durante siglos?
Acotemos el análisis a las universidades y los hospitales ya que son instituciones que por sus características -fomento de la cultura superior y cuidado de la salud de un pueblo- están en las antípodas de la idea de explotación imperialista de una nación sobre otra.
Apuntemos que los holandeses, que dominaron hasta hace pocas décadas Surinam e Indonesia, jamás fundaron una universidad en esos lugares. Tampoco lo hicieron en el nordeste de Brasil que integró durante décadas su vasto imperio comercial. La primera universidad en Surinam se fundó recién en 1966.
Tampoco Francia fundó universidad ni hospital alguno en Argelia o en Chad. Bélgica explotó el inmenso Congo durante un siglo y medio para extraer marfil y caucho. Murieron en esa región africana siete millones de nativos (sólo en los siglos XIX y XX). Jamás el estado belga fundó allí institución civilizatoria alguna como las que analizamos. Inglaterra pobló Australia de presos y prostitutas, pero no con universidades. En Estados Unidos las universidades surgieron por iniciativa privada y no por impulso de la corona británica, cuando las élites norteamericanas, bien entrado el siglo XVIII, quisieron evitar que sus hijos se educaran en la metrópoli y pudieran hacerlo en América. Salvo el caso de Harvard, fundada en 1636, las restantes casas de altos estudios se inician en el siglo XVIII.
Lo llamativo de esta enumeración es que no existe acusación a Holanda, Bélgica o Inglaterra de haber cometido genocidios en siglos pasados, ni se exige a sus gobiernos pedir perdón por su pasado colonial. Esa actitud recriminatoria se le reserva, curiosamente, sólo a España.
En 1503 el gobernador de La Española (actuales Haití y República Dominicana), Nicolás de Ovando, fundó en la ciudad de Santo Domingo el hospital de San Nicolás de Bari, el primero de América. Es de notar la fecha temprana si se toma en cuenta el reciente descubrimiento de Colón. El caso más llamativo es el del Hospital de la Purísima Concepción y Jesús Nazareno, fundado por el mismísimo Hernán Cortes en México el mismo año de la toma de Tenochtitlán, para la atención de todos los habitantes sin distinción de etnias ni condición social. Allí mismo en 1578 se anexó la Facultad de Medicina de la Real y Pontificia Universidad de México. Es el hospital universitario más antiguo del continente, aún en funcionamiento.
La enumeración de las universidades fundadas por los españoles por impulso de la Corona sería sumamente extensa; basta decir que sólo en el siglo XVI llegarán a ser más de quince en los distintos territorios americanos.
Pese a lo que pudiera suponerse, las universidades eran en general gratuitas y abrían sus puertas a todos los grupos sociales americanos, blancos, indios y mestizos.
Como señala Marcelo Gullo, en referencia al Colegio Imperial de Tlatelolco “no sólo fue el más importante centro de enseñanza de las ciencias y las artes de todo el continente americano durante la primera mitad del siglo XVI, sino que se convirtió en uno de los más relevantes del mundo. En 1552 dos científicos indígenas, ex alumnos y profesores del colegio, Martín de la Cruz y Juan Badiano, dieron a conocer un tratado de Botánica y Farmacología que describía las propiedades curativas de las plantas americanas empleadas por los mexicas. Llevaba por título Libellus de medicinalibus indorum herbis, más conocido como Códice De la Cruz-Badiano” (Marcelo Gullo, “Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán”, Espasa).
En Perú, además de la famosa Universidad Real de la ciudad de los Reyes de Lima fundada en 1551, destacó el Real Colegio de Caciques San Francisco de Borja creado en 1621 en Cuzco, específicamente dedicado a la enseñanza de los hijos de los caciques incas, que durante dos siglos impartió clases trilingües, es decir, en latín, castellano y quechua.
El Perú fue asimismo testigo del nacimiento de la Escuela Cuzqueña de pintura a comienzos del siglo XVII, que, tras un primer impulso a cargo de artistas europeos, fue protagonizada enteramente por indios y mestizos americanos, entre los que destacan Luís de Riaño, Diego Quispe Tito y el muralista Diego Cusihuamán. Característica propia de este estilo artístico es la combinación del barroco europeo con rasgos telúricos expresados en la inclusión de flora y fauna andina y en los rasgos indígenas presentes en los rostros. Según Wikipedia “tal es la fama que alcanza la pintura cuzqueña del siglo XVII, que durante la centuria siguiente se produce un singular fenómeno que dejó huella no sólo en el arte sino en la economía local. Nos referimos a los talleres industriales que elaboran lienzos en grandes cantidades por encargo de comerciantes que venden estas obras a ciudades como Ayacucho, Arequipa y Lima, o incluso en lugares mucho más alejados, en las actuales Argentina, Chile y Bolivia”.
Interesante dato que autoriza a afirmar que el arte cuzqueño indígena y mestizo tendrá durante el Imperio Español una producción masiva y un mercado consumidor a nivel continental, es decir, arte exquisito y a la vez en cantidades pocas veces vistas, en la misma época en que Londres no contaba ni con calles empedradas.
Dejando la zona andina y adentrándonos en las áreas selváticas nos encontramos con las famosas Reducciones Jesuíticas, pueblos en los que los jesuitas llevaron a cabo durante dos largos siglos el proceso de sedentarización y evangelización de las etnias guaraníes.
Si en tierras andinas descolló la pintura, acá será la música la vía de exteriorización artística de los guaraníes, sobre todo la ejecutada con instrumentos de viento. Según especialistas, los indios llegaron a fabricar en medio de la selva y bajo el calor tropical arpas, violines y chelos de calidad similar e incluso superior a los europeos. Pero estos datos, fácilmente constatables, no se difunden porque desarticularían en el acto el relato antihispánico al que nos referíamos al comienzo.
En todos los casos fue la Iglesia, generalmente por impulso del obispo del lugar, mecenas de todas esas obras que contradicen por sí mismas que se hubieran llevado a cabo en un clima de extermino, explotación y genocidio.
¿Pedir perdón por todo ello? Quien así procede es, consciente o inconscientemente, víctima de las mentiras de la leyenda negra y padece de un severo cuadro de amnesia cultural. En contraste, no se tienen noticias de florecimiento artístico alguno en las colonias holandesas, inglesas o francesas en el continente americano, sin que las actuales élites de esos países se sientan obligadas a pedir perdón por su pasado.
Carta del Papa
Por pura casualidad encontré “jugando” con internet en el ordenador con esta carta de su santidad el Papa Francisco, dirigida, como dice el texto que copio y pego, tanto a los altos dignatarios eclesiásticos de Méjico como a las altas también autoridades civiles y militares.
Hoy, que tanto se usa y abusa de la obligación de pedir perdón, si mis amigos y probables únicos lectores la leen con atención hasta el final, veréis cómo S.S. pone este asunto en su justo medio.
“Querido hermano:
Con motivo del Bicentenario de la declaración de la Independencia, quiero hacerte llegar un cordial saludo, a ti y a los demás hermanos obispos, a las autoridades nacionales y a todo el Pueblo de México. Celebrar la independencia es afirmar la libertad, y la libertad es un don y una conquista permanente. Por eso, me uno a la alegría de esta celebración y, al mismo tiempo, deseo que este aniversario tan especial sea una ocasión propicia para fortalecer las raíces y reafirmar los valores que los construyen como nación.
Para fortalecer las raíces es preciso hacer una relectura del pasado, teniendo en cuenta tanto las luces como las sombras que han forjado la historia del país. Esa mirada retrospectiva incluye necesariamente un proceso de purificación de la memoria, es decir, reconocer los errores cometidos en el pasado, que han sido muy dolorosos. Por eso, en diversas ocasiones, tantos mis antecesores como yo mismo, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización. En esa misma perspectiva, tampoco se pueden ignorar las acciones que, en tiempos más recientes, se cometieron contra el sentimiento religioso cristiano de gran parte del Pueblo mexicano, provocando con ello un profundo sufrimiento. Pero no evocamos los dolores del pasado para quedarnos ahí, sino para aprender de ellos y seguir dando pasos, vistas a sanar las heridas, a cultivar un diálogo abierto y respetuoso entre las diferencias, y a construir la tan anhelada fraternidad, priorizando el bien común por encima de los intereses particulares, las tensiones y los conflictos.
El aniversario que están celebrando invita a mirar no sólo al pasado para fortalecer las raíces, sino también a seguir viviendo el presente y a construir el futuro con gozo y esperanza, reafirmando los valores que los han constituido y los identifican como Pueblo –valores por los que tanto han luchado e incluso han dado la vida muchos de vuestros antecesores– como son la independencia, la unión y la religión. Y en este punto, quisiera destacar otro acontecimiento que marcará sin duda todo un itinerario de fe para la Iglesia mexicana en los próximos años: la celebración, dentro de una década, de los 500 años de las apariciones de Guadalupe. En esta conmemoración, es bello recordar que, como lo expresó la Conferencia del Episcopado Mexicano en ocasión del 175º aniversario de la Independencia nacional, la imagen de la Virgen de Guadalupe tomada por el Padre Hidalgo del Santuario de Atotonilco, simbolizó una lucha y una esperanza que culminó en las “tres garantías” impresas para siempre en los colores de la bandera.
María de Guadalupe, la Virgen Morenita, dirigiéndose de modo particular a los más pequeños y necesitados, favoreció la hermandad y la libertad, la reconciliación y la inculturación del mensaje cristiano, no sólo en México sino en todas las Américas. Que ella siga siendo para todos ustedes la guía segura que los lleve a la comunión y a la vida plena en su Hijo Jesucristo.
Que Jesús bendiga a todos los hijos e hijas de México, y la Virgen Santa los cuide y ampare con su manto celestial. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. “