Por Javier Pardo de Santayana

(Imagen de la telemática)
Lo tenemos en nuestras narices y no nos damos cuenta suficiente, quizá porque estamos viviendo inmersos es una confusión favorecida por los perniciosos efectos de una pandemia que se ha hecho universal por el efecto de lo que seguramente constituyó el acontecimiento de mayor influencia en el futuro entre los que remataron el pasado siglo, que no es otro que la globalización de todo cuanto ocurre en el planeta, hecho éste que fue coincidente com unos impresionantes adelantos de la técnica y entre ellos con el éxito que tuvo la miniaturización de los poderosos artilugios electrónicos. Situación que en nuestros días ya complica poderosamente nuestra realidad del día a día perturbando incluso los espíritus.
Tal es esta acumulación de novedades, que ya apenas se comentan. Ahí tenemos el caso del mal llamado “móvil”, que ni es móvil ni es sólo teléfono, y cuya naturaleza ha sufrido tales cambios que está ya cerca de ser nosotros mismos. Y no lo han hecho poco a poco como se supone de una transformación de tal naturaleza, puesto que el cambio se produjo de forma tan rápida que apenas dio lugar a comentarios. Es decir, que en este caso se produjo algo bastante parecido a lo que ocurre con los trucos del circo, que en cierto modo se dan por naturales.
La cosa es que, según parece, ya se ha iniciado una aparatosa explotación del éxito de los avances telemáticos, que está en el trance de sacar cada vez mayor partido de las posibilidades que se nos ofrecen para conocer prácticamente todo cuanto intervenga en los procesos para ponerlo en conexión con otras cosas. Es lo que por lo visto se conoce como la instauración del “Internet de las cosas”; algo que está ya produciendo una digitalización acelerada que tenderá a afectar a todo cuanto existe. Lo cual permitirá a su vez sacar mayor partido de una multitud de datos interconectados, mas que llevado al límite puede acabar siendo un peligro para la libertad del ser humano.
Así que imagine mi improbable lector lo que le espera, porque, tal como se ve el futuro, nada podrá escapar a tan ambiciosa perspectiva, que al afectar a los mercados y permitir unos cálculos cada vez más detallados y complejos en todos los asuntos, ha permitido añadir a nuestra consideración nuevos problemas y nuevos puntos de interés. Todo se sabe, se juzga y en teoría se perfecciona: y así ha ocurrido ya con algunas materias relativas a la eficacia operativa de actividades muy variadas, de la salud del ser humano o de la circulación rodada, o al buen funcionamiento del hogar, o de cualquier cosa posible por muy extraña e insignificante que parezca. Y ya estamos muy cerca de no encontrar el límite, por cuanto todos los aspectos de la vida están de una otra manera interrelacionados: maravillosa perspectiva que nos permitirá ampliar nuestro horizonte introduciendo correcciones o sugiriendo cosas nuevas.
El gran problema es, sin embargo, que en este empeño existe el gran peligro de que no encontremos límites en nuestra búsqueda de la perfección en cualquier campo, y no podamos evitar entrometernos en la privacidad de las personas. Y ya sabemos – porque de alguna forma ya nos han alcanzado estos excesos – que la digitalización resulta especialmente apta para la intromisión con intenciones delictivas. Así que junto con la posibilidad que nos ofrece de detectar los fallos de un sistema o alcanzar prometedores nuevos horizontes en cualesquier aspecto de la vida, también encontraremos todo un horizonte de posibilidades de aprovechamiento delictivo o simplemente de vulneración de nuestra privacidad; algo que hoy juzgamos totalmente inadmisible. Así que tendremos que permanecer atentos no solo pensando en el futuro sino desgraciadamente también en el presente.
De aquí que por lo pronto quizá no baste con aplaudir las posibilidades que hoy se nos ofrecen en el sentido de perfeccionar los mecanismos hoy vigentes gracias a la acumulación de datos y de relaciones mutuas, sino que además deberemos mostrarnos más sensibles frente a los peligros que hoy nos amenazan de intromisión en nuestras propias vidas.