Chascarrillos militares. 17. La crítica

Por Carlos de Bustamante

Continuamos con el décimo séptimo de los chascarrillos de Luis Esquiroz Medina. Pero permitidme, antes de este chascarrillo, introducirlo con otro de mi cosecha que, de haberlo conocido Luis Esquiroz, le hubiera salido bordado.  El sucedido fue con mi abuelo, coronel artillero `de los de antes´.

Tuvo el matrimonio una labranza familiar heredada de padres a hijos desde tiempo inmemorial. Jubilado, y en edad de rendir en el trabajo, tomó las riendas de la labranza, que ya mis amigos e improbables lectores probablemente recuerdan: Dehesa de Peñalba `la Verde´.

Parte de ella estaba refrescada   por abundantes aguas de un inagotable acuífero. En más seis km. recibía el abrazo del padre Duero; y otros cinco del benefactor corte en dos mitades del canal del Duero.  Nada, pues, de particular tiene que recibiera el sobrenombre de `la Verde´.  Porque lo era. Muy verde, sí, pero con la necesaria ventaja e inconveniente -según se mire- de necesitar numerosa mano de obra, como para cualquier regadío que se precie.

Dichos estos prolegómenos, hora es de que vaya al grano: se llamaba Rufo Santaolaya y era el cachicán de mi abuelo. A caballo desde la Dehesa, iba cada semana a Valladolid, para extraer del banco los dineros para pagar los jornales. Cada sábado y a la hora en que cesaban los trabajos del personal, mi abuelo sentado en una butaca rústica en extremo, le esperaba en la oficina tan simple y rústica como la mesa y silla para el cachicán junto al asiento del viejo coronel artillero. La entrada del `señor Rufo´, era espectacular: Bien tocado con la gorra – (nacional cubrecabezas)-, metida hasta cuasi las orejas, penetraba en tromba y de forma tal en la oficina, que mi abuelo brincó en su asiento soliviantado por la entrada impetuosa y sin previo aviso del cachicán. Tal cual entró en la oficina, tomó de inmediato asiento junto al que por entonces llamaban `el amo´.

Serenado éste tras el sobresalto inicial tomó la palabra:

– ¡Siéntese, siéntese Rufo, que vendrá usted cansado del campo!

Y el señor Rufo se levantó escopeteado de su asiento.

– ¡Cúbrase, hombre, cúbrase, que la oficina es muy fría y los catarrazos empiezan aquí por la cabeza o por los pies!

Y el señor Rufo, con un movimiento rapidísimo de la mano, se despojó Inmediatamente de la gorra.

Luego, ambos tranquilos, aunque Rufo aún esperaba nuevas críticas, comenzaron, sin más, el pago de los jornales.

Chascarrillos  propios aparte, prosigue los suyos Luis Esquiroz Medina, con la cita previa acostumbrada, esta vez de Anuro Graf:

“Prestad oído al consejo de quien sabe mucho, pero sobre todo préstalo al consejo de quien mucho os ama.

“Tenía yo un compañero, que siempre que alguien, lo mismo fueran inferior o superior, se colocaba indebidamente con arreglo a su rango y condición al salir por una puerta, atravesar el patio o pasar una revista, siempre empleaba la misma frase «entrecomillada»; mientras corregía la posición.

La tal frase me tenía intrigado, y por fin un día logré que me explicara su origen y autor. `Sería uno de los primeros años de nuestro siglo, desde luego dentro de la primera década, cuando S.M. el Rey Don Alfonso XIII, giró una visita a la ciudad de Pamplona, Capital de Navarra, reino en que con tanta intensidad se habían vivido las guerras dinásticas del siglo XIX.

Era ésta la primera vez que el monarca visitaba la ciudad y tanto su alcalde como la población entera hervían en preparativos. El viaje lo efectuaría en tren y dada la distancia de la estación del Ferrocarril, en el barrio de la Rochapea, hasta el casco de la ciudad, surgió la duda del medio de transporte a emplear para este recorrido, y después de múltiples sugerencias decidió el juicioso alcalde que lo mejor era emplear su carretela (coche señorial de cuatro ruedas y dos puertas, con lanza para tiro por dos caballos, con cuatro asientos y caja poco profunda. con cubierta plegable que se abría y cerraba a voluntad del usuario), con muy buenas condiciones de comodidad y estabilidad, y sobre todo con la gran ventaja, dadas las características climatológicas de la ciudad, de ser descapotable, con lo que en un santiamén en caso de necesidad por lluvia, podía cubrirse; y mientras tanto, podía recibir el homenaje y el clamor del pueblo.

Tomada esta decisión, ya nadie le pudo apear de su idea y para mayor seguridad, fueron varios los días a distintas horas y con toda clase de fenómenos climatológicos, los que hizo el recorrido para que tronco y cochero se hicieran al itinerario.

Por fin llegó el día. Con la antelación acostumbrada se encontraban en el alfombrado y engalanado andén de la estación, los Gobernadores, Diputación en pleno, Generales, comisiones y nuestro buen alcalde, que, por ser el anfitrión, tenía que dar la bienvenida a S.M. mientras todos charlaban, paseando el alcalde repasaba`in mente´ todo su discurso.

El tren no se hizo esperar y a la hora prevista una bonita máquina de montaña, magnífica en sus relucientes dorados, adornada con banderas y guirnaldas, hacía su entrada en la estación pitando escandalosamente. El Infante que la conducía asomándose, saludó mientras subía a su frente las gafas de maquinista. El cornetín vibró en el aire; la compañía de honores se puso firmes. EI convoy se detuvo, las portezuelas de los coches se abrieron y descendieron ayudantes, escoltas y personajes de la Casa Real. A los pocos instantes, S.M. con uniforme de Capitán General apareció en una portezuela y después de ajustarse el casco, saludó. El cornetín sonó de nuevo, la compañía presentó armas y la banda y música interpretaron la Marcha Real. Terminada la revista de las tropas, el Rey saludó a las autoridades y finalizadas las palabras de bienvenida, abrazó al alcalde. Ello hizo que, si ya estaba nervioso, aumentase su azoramiento. Torpemente, le invitó a subir a su carruaje y una vez en él ambos, mientras Alfonso XIII, en pie, correspondía a las aclamaciones del público agolpado en la plaza de la estación, el alcalde dejándose llevar por la fuerza de la costumbre se colocó repantingado en su asiento preferente, en donde todas las mañanas acompañado por un concejal iba y regresaba al ayuntamiento. Visto lo cual por el Rey y haciendo gala del fino humor de que estaba dotado, acercándose a su oído le dijo:

— Mira amigo, pásate a este otro lado que nos van a criticar.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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