Por Jose MarÍa Arévalo

(Uno de los bodegones de Carmen Laffón en la muestra ‘Variaciones’ del Thyssen)
Hasta el 27 de septiembre el Museo Thyssen-Bornemisza presenta la exposición ‘Variaciones’ con 80 obras de Carmen Laffón (1934-2021), que firmó unas 1.300 obras a lo largo de siete décadas. Es la primera gran muestra tras la muerte de la artista sevillana y recrea su singular y poético viaje a la esencia de la pintura, desde la figuración a la abstracción de corte realista que caracteriza su estilo. “El arte me ha enseñado a no tener miedo”, decía la artista libre y valiente.
La naturaleza muerta y el paisaje -comentaba estos días Miguel Lorenci en El Norte de Castilla-, son los pilares de la obra de Laffón, una creadora «inclasificable», según la comisaria de la muestra, Paula Luengo, jefa de Exposiciones del Thyssen, que ha logrado reunir 77 piezas entre óleos, carboncillos y esculturas, casi todas procedentes de colecciones privadas. El Reina Sofía ofreció en 1992 una primera gran monográfica de Laffón y el Thyssen se centra ahora en los géneros fundamentales de su extensa obra, realizada entre 1956 y 2021.
«Laffón es una artista esencial en la historia de nuestro arte contemporáneo», asegura el director artístico del Thyssen, Guillermo Solana, de la primera pintora con plaza en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, la segunda académica en la casa de las artes tras el ingreso de la mezzosoprano Teresa Berganza.

(‘La terraza. Madrid’ 1973-1975. Carmen Laffón. (Colección privada)
«De lo local a lo universal», según Solana, viajó una creadora anclada en Sevilla, Sanlúcar de Barrameda y Madrid, pero interesada por los grandes movimientos. En su «poética y valiente» obra se puede rastrear la huella de Velázquez, Zurbarán y Murillo -«como a ellos le obsesionaba pintar las atmósferas», dice la comisaria-, de Rotkho -algunos paisajes de Laffón calcan el expresionismo abstracto del norteamericano-, de Morandi y Picasso.

(‘Máquina de coser al uso, 1966-1967’. Carmen Laffón. (Colección privada)
Modernidad
El elegante y silencioso mundo figurativo de Laffón surge de ideas y motivos centrales de sus composiciones, repetidas como variaciones y series a lo largo de toda su carrera. «Un diálogo entre piezas tempranas y tardías» que Luengo ha ordenado en nueve secciones: la muñeca Marcelina -su primera serie, de los años 60-, la cuna, los bodegones, los cestos, los armarios, el Coto de Doñana, la cal, las salinas y las viñas.
Es la primera gran muestra tras la muerte de la primera pintora con plaza en la Real Academia de Bellas Artes
«La serie es un rasgo de modernidad que implica el abandono de la idea de la obra maestra como única y universal», destaca Guillermo Solana, para quien Laffón «concibe la obra de arte como una investigación en curso». «Su carrera es un ejemplo de cómo un artista puede crecer orgánicamente siguiendo sus intuiciones», señala Solana.

(‘El Coto desde Sanlúcar I’ (2005), Carmen Laffón. (Colección privada)
Elogia Solana el «intimismo lírico de lo cotidiano» que articula la obra de la más abstracta de las pintura figurativas. Armaba sus lienzos a base de veladuras y manchas difuminadas en una labor «cargada de poesía y sentimiento difícil de clasificar», coincide Solana con Luengo.
Nunca pintó retratos. Sus motivos son objetos cotidianos, cestas con ropa de casa, máquinas de coser, armarios, alacenas, repisas, canastas con vides… En el paisaje alterna el urbano y los grandes espacios naturales. Lo más novedoso y sorprendente de la exposición son las esculturas que Laffón abordó solo en su madurez, a partir de los años 90 del siglo pasado.
Cal y sal
En el vestíbulo del museo se exhiben las obras dedicadas a la viña, una serie realizada entre 2006 y 2007 con la instalación escultórica de 26 ‘Espuertas cargadas con uvas’. Entre 2011 y 2015 pintó y esculpió las carretillas, bidones, cubos, utensilios y herramientas usados por los encaladores en un cortijo situado entre Sevilla y Málaga en un suerte de oda a la cal. La última de sus series, realizada entre 2017 y 2020, es una virtuosa variación sobre el color blanco dedicada a las salinas de Bonanza, cerca de su casa, y su taller de Sanlúcar.

(‘La sal. Salinas de Bonanza (montaña horadada)’, 2020. Carmen Laffón. (Colección privada)
En esta fase de su vida Laffón se siente más libre e incorpora grandes formatos a sus series de interiores y paisajes de Doñana y Sanlúcar. «La variación continua de este paisaje, la sorpresa que ocasiona a cada hora, sus rumores, sus olores de piedras mojadas, de algas y del mar de Poniente fueron, y siguen siendo para mi labor pictórica, un inagotable caudal de sugerencias», dejó escrito.
Reconocida como una de las mejores y más singulares pintoras españolas de su tiempo, Laffón destacó pronto en una generación de creadoras que como Amalia Avia, Isabel Quintanilla o María Moreno -cuya obra se expone en el Museo del Realismo Español Contemporáneo de Almería-, que pintaban a la sombra de gigantes del realismo como Antonio López o los hermanos Francisco y Julio López Hernández.
Con doce años Carmen Laffón decidió que sería pintora. Dibujó y pintó hasta la última noche de su vida. Víctima de un ictus que sufrió mientras dormía, «logró, como lo deseaba, morir con el pincel en las manos como Picasso», recuerda su sobrino Manuel, cuya aportación ha sido crucial para la exposición.
Leandro Navarro, que ha sido el último galerista de Laffón, tras pasar por Biosca y Juana Mordó, prepara otra exposición en su galería. Premio Nacional de Artes Plásticas en 1982 e Hija Predilecta de Andalucía en 2013, Carmen Laffón recibió en 2017 la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio.