DEL LIBRO 'MEMORIA HISTÓRICA', AMENAZA PARA LA PAZ EN EUROPA

José Manuel Otero Novas: «De la reconciliación y de la memoria»

José Manuel Otero Novas: "De la reconciliación y de la memoria"
El cadáver de una monja, sacado por milicianos republicanos de su nicho en un convento de Barcelona y expuesto contra un muro, en agosto de 1936. PD

Mi madre, Teresa, era de Cabral, en el extrarradio rural y fabril de Vigo, la ciudad gallega más poblada, y hoy parte de su Ayuntamiento. Quizá por la factoría de lozas y porcelanas allí ubicadas, Cabral fue denominada en los años 30 del siglo XX «la pequeña Rusia». La familia  de mi madre estaba lejos de ser rica pero era lo que en los ambientes rurales se llamaba “hacendada”, tenía tierras y una tienda que, por su situación al pie de la carretera general, frente a la parada del tranvía que iba a Vigo, y vecina de la Factoría de lozas, era lugar de reunión y de tertulias, amén de punto de ventas.

A mi abuela materna, que tuvo cinco hijos siendo mi madre el mayor de ellos,  nunca le conocí posiciones políticas; y en cuanto a mi abuelo materno, José Novas, del que voy a contar otras cosas más adelante, estaba recién vuelto de la Argentina cuando se casó y se estableció en Cabral; sé que asistió al Mitin fundacional de la Falange gallega en Villagarcía de Arosa en el que dio un discurso José Antonio Primo de Rivera, sin volver nunca a actos o lugares de Falange; y sé también que en unas elecciones municipales del período republicano aceptó ser apoderado o interventor en una mesa electoral por la CEDA (el partido mayoritario de la derecha) a petición de un amigo suyo que pertenecía a ese Partido; pero no se afilió a la CEDA y, a pesar de la notoriedad que obtuvo con el suceso al que luego me refiero, ni Don José María Gil Robles líder nacional de la CEDA, ni otros dirigentes de la CEDA gallegos a quienes pregunté, conocían a mi abuelo, ni sabían que se hubiera afiliado o asistido  a sus reuniones.

Una vieja historia de la guerra

Aunque Franco controlaba toda Galicia desde el comienzo de las hostilidades, por los montes estaban “los huidos”, gentes del bando republicano que por convicciones o por miedo a represalias se escondían, a los que se sumaban delincuentes comunes o aventureros; conglomerados similares a los que podrían darse en el otro bando.

Y los “huidos”, que después de la contienda se convirtieron en el fermento de los “maquis” o guerrilleros, bajaban de cuando en cuando de sus escondites y robaban y mataban (ellos supongo que decían que “recaudaban y ajusticiaban”).

Mi abuelo José Novas vendió a crédito alimentos durante toda la guerra, entre otras personas, a la madre de un “huido” que, por faltarle el sostén de su hijo, no tenía dinero; ventas que iba anotando en su libreta de contabilidad por la promesa que le hacían de pagarle después de la guerra.

Cuando Franco toma Barcelona, en enero de 1939, se recrudecen las acciones de los “huidos”, que hacen circular amenazas de «ejecución» para aquellos que se supone que han manifestado alegría por la caída de Cataluña; alguien dice que entre ellos está mi abuelo y la Guardia Civil le ofrece —como a otros— que vaya a dormir al cuartel; pero él rechaza el ofrecimiento porque no concibe que pueda ser objetivo de aquella gente, aunque, por precaución hace que mi madre con mi hermana se vayan a Meira, el pueblo de la ribera Norte de la Ría de Vigo donde él había nacido y tenía familia. Y como en varios días no ocurrió nada, mi madre y mi hermana vuelven a Cabral; yo aún no había nacido.

Así hasta que al atardecer del día 27 de enero de 1939, dos meses y cuatro días antes de concluir la Guerra, un huido, José Luis Quintas, alias «El Quintas», baja de los montes dirigiendo a unos cinco compañeros armados con pistolas y fusiles, entran en la tienda de mis abuelos, roban la caja, ponen a toda la familia (excepto mi abuela y mi madre que estaban en aquel momento en el piso superior) delante de una pared y disparan; hieren a algunos hermanos de mi madre; a otro que escapa, salen detrás de él, posiblemente porque temen que vaya a dar aviso a la Guardia Civil,  y le pegan un tiro que le hace caer herido a la cuneta; a mi abuelo lo dejan muerto allí mismo con trece proyectiles en el cuerpo, aunque le sacan un  anillo grande de oro que tenía puesto en el dedo; se marchan, mi madre desde una ventana les grita “asesinos” y le disparan, pero sin acertarle.

La familia de mi madre nunca supo verdaderamente la causa del asesinato; no podía creer que fuera por motivaciones políticas, hasta el punto de que el nombre de mi abuelo nunca se incorporó a las listas de «Caídos por Dios y por España» que había en placas sobre la pared externa de la Iglesia o en el cementerio. Fue enterrado en su nicho familiar, con su nombre y la expresión “vilmente asesinado” debajo. Pensaban que más probablemente podría haber sido provocado por envidias de algunas personas concretas, sin desechar que alguien pudiera haber pretendido que desapareciera la libreta donde mi abuelo anotaba las deudas de las familias de los “huidos” a las que facilitaba subsistencias, como históricamente ocurrió a veces con los judíos.

Mi familia decidió no participar en el juicio contra el asesino de mi abuelo, un “huido” al monte para no reabrir heridas 

«El Quintas» fue detenido en 1950 y personas de mi familia fueron citadas para declarar si le reconocían como dirigente de aquel grupo asaltante y para que manifestaran si ejercitaban acciones contra él. Una de mis tías, que sufrió personalmente el asalto y que además fue golpeada por él, le reconoció; pero la familia —reunida en casa de mis padres donde yo, jovencito, les escuchaba— decidió no reabrir la herida ni ser parte en el proceso. Fue juzgado en sesión pública el 28 octubre 1950 por numerosos delitos y entre ellos, unos cinco atracos con muertos. Aunque mi familia no asistió siquiera a la vista, la prensa de Vigo dio cuenta de ella; supimos que no se reconoció culpable, pero que el Tribunal consideró probadas las acusaciones, por lo que se le impuso una pena de muerte, inmediatamente conmutada por la de treinta años de prisión, que fue cumpliendo en el penal del Dueso, en Santoña; si bien el 23 de mayo de 1969, tras diecinueve años, fue puesto en libertad al aplicársele los indultos que el Régimen iba promulgando. Volvió a vivir a Vigo en casa de un hermano, donde falleció el 17 de agosto de 1976.

La base social de los vencedores era predominantemente propicia a superar la guerra civil
El episodio es muy revelador del cambio de ciclo que experimentó Occidente tras concluir la Segunda Guerra Mundial; y también España donde el mismo régimen nacido de una cruel contienda, conmuta primero la pena de muerte que imponen sus tribunales y luego indulta una mitad de la prisión sustitutiva; como  el propio Quintas, que una vez liberado, dicen que fue un ciudadano discreto y amable (mi familia no supo que volvía a tenerle de convecino).

Y asimismo muestra el perfil de la familia de la que procedo que, como muchísimas otras que yo recuerdo de mi infancia y juventud, frecuentaba la Iglesia, escuchaba la reiterada predicación en favor del olvido y la reconciliación, era “de orden”, vivía adaptada al Régimen (lo que se denominó más tarde el franquismo sociológico) y se sentía apolítica; mi padre decía siempre que no había que entrar en políticas, así en plural.

La base social de los vencedores era predominantemente propicia a superar la guerra civil.

Aunque también conocíamos otras familias que no simpatizaban con la situación, pero no se excedían en sus manifestaciones adversas; no podíamos cuantificarlos, ni saber si habían caído en la moderación o el escepticismo o es que aun mantenían los miedos postguerra.

Más conocidas eran en cambio las posiciones de los dirigentes políticos de uno y otro campo. De las que voy a hablar.

La reconciliación y sus fases

QuienesLo que éramos actores de la vida política tras la muerte de Franco, ya fuera en el poder o en la oposición,  teníamos entonces conciencia de la guerra civil.  No pocos la sufrieron. Muchos no la soportamos directamente pero sí sus consecuencias posteriores, y recibimos los consejos de nuestros padres que nos hablaban de la necesidad de evitar aquel horror. Era curiosa la moderación que exhibían en la Transición los líderes de la Izquierda o Derecha nacionalista veteranos de la guerra civil; los Tarradellas (ERC), los Ajuriaguerra (PNV), José Prat (PSOE), Carrillo (PCE); menos moderados eran o éramos los jóvenes. Pero todos queríamos evitar la guerra y, naturalmente, si en nosotros existía ese sentimiento, también se daba a nivel de la gente de la calle. Ése fue un factor esencial en el éxito de nuestra política.

Conservo un tarjetón sin fecha de Adolfo Suárez, Presidente del Gobierno, con el siguiente mensaje manuscrito: “Querido José Manuel: Dame tu… (palabra ilegible) sobre este asunto” y me acompañaba el borrador de una norma sobre Amnistía; produje diversas notas sobre facetas varias del proyecto, derechos adquiridos, sanciones a funcionarios… Y el 30 de julio de 1976 el Gobierno celebró sesión del Consejo de Ministros, bajo la presidencia de Su Majestad, en el Palacio de la Plaza de María Pita de La Coruña, aprobando un Real Decreto-Ley de Amnistía para todos los delitos y faltas de intencionalidad política y de opinión, exceptuando los de sangre o los de contrabando monetario. Realmente beneficiaba a los delitos políticos recientes, porque los anteriores en algunos años, ya habían sido objeto de sucesivos indultos; y la exclusión afectaba al terrorismo, especialmente al de ETA.

Mi nota al Presidente de 2 de agosto destaca la buena prensa de la medida, pues, aunque los grupos de oposición reclamaban que el perdón se extendiera también a los delitos de sangre, las encuestas demostraban que la opinión pública estaba conforme con la exclusión. Curiosamente, solo en Galicia las opiniones a favor y en contra de la extensión estaban equilibradas y yo decía que, probablemente, era porque, en Galicia, entonces, no había experiencias de delitos políticos sangrientos.

De todos modos, añadía yo, la concesión de una amnistía total exigía la preparación del clima adecuado, y condicionarse a la renuncia al terrorismo por parte de los beneficiados. Y el 11 de marzo de 1977, dada la doctrina del Tribunal Supremo sobre indultos particulares y generales y aplicación o no de la Ley de 1870, apunto que podríamos otorgar un indulto general usando directamente la prerrogativa de gracia del Jefe del Estado. En aquel mes de marzo se amplió el indulto de julio de 1976. Posteriormente se celebraron encuestas sobre este asunto en toda España que demostraban que existía un deseo de ampliarlo en el País Vasco también para delitos de sangre, aunque condicionadoa a la renuncia al terror; y ello motiva dos notas mías al Presidente de 22 de septiembre 1977, analizando los resultados de las encuestas y proponiendo la metodología de la amnistía, que yo sugería fuera propuesta por UCD, no por el Gobierno, y marcando los posibles argumentos del Gobierno para adherirse a la propuesta de su partido.

Como pretendíamos que en la Constitución se prohibieran para el futuro las amnistías, en octubre de 1977 aprobamos una por Ley de Cortes antes de la entrada en vigor de la Carta Magna, comprendiendo a todos, también a los terroristas, sin exigir ninguna renuncia (afectó a 89 presos entre los grupos terroristas FRAP, GRAPO, MPAIAC y ETA). Fue apoyada con entusiasmo por todas las fuerzas políticas, pero especialmente por las izquierdas, que consideraban que con ello consagrábamos la reconciliación y el “pacto” de no utilización política del pasado, de nadie contra nadie, para poder establecer y asegurar una democracia futura en paz. No hubo presiones militares para su aprobación.

Sabíamos que los ajustes de cuentas, de un lado o del otro, volverían a traernos el recuerdo de la guerra y harían imposible la democracia

Siendo yo ministro de Educación en 1979, fui con el alcalde socialista de Vigo, “o compañeiro Soto”, a inaugurar Colegios que habíamos construido, uno de ellos en Carballal-Cabral, muy cerca del cementerio donde está enterrado mi abuelo, del que hablo en este Libro. Le dije al Alcalde que me disculpara cinco minutos, pero me sentía en el deber de acercarme y hacer una oración ante la tumba. El “compañeiro” no sólo aceptó mis disculpas sino que se empeñó en acompañarme, y allí fuimos los dos. Agradecí su gesto, pero no me extrañó. Estaba en plena conformidad con el clima de reconciliación que habíamos establecido.

Muchas gentes que habían perdonado y acaso olvidado sus agravios, han vuelto a los sentimientos y la expresión de la beligerancia

No se trataba de olvidar nada; lo que no queríamos era que ni unos ni otros utilizáramos políticamente los problemas de la guerra civil y el franquismo, porque el hacerlo reabriría todas las heridas e impediría construir una democracia para todos. Sabíamos que los ajustes de cuentas, de un lado o del otro, volverían a traernos el recuerdo de la guerra civil y harían imposible el establecimiento de la democracia. Si repasamos ahora los debates de la Ley de Amnistía veremos que sus más firmes partidarios fueron los izquierdistas. Si posteriormente algún Poder legislativo o judicial, español o extranjero, hubiera conseguido anular nuestras normas de amnistía y reconciliación, fácilmente nos habría encaminado hacia la reanudación de la Guerra Civil que habíamos logrado evitar.

Reivindicar al asesino…

Comenzando el siglo XXI han llegado al poder otros jóvenes, la generación de Rodríguez Zapatero (secretario general del PSOE y presidente del Gobierno entre 2004 y 2011). Ni ellos ni sus padres hicieron la guerra civil, que quizá les parezca como a mí la guerra de Cuba, en la que pudo participar algún abuelo mío; y despreciando aquellos pactos de reconciliación de 1977-78, aprobaron la Ley de la Memoria Histórica, aventando las cenizas del fuego guerracivilista. No eran conscientes de que con ello, al desenterrar políticamente unos muertos, los contrarios vuelven a acordarse de los suyos, que es una práctica peligrosa, que es jugar con lo que no se debe. Yo creo que el resultado de esa política fue muy malo; infinidad de gentes que habían perdonado y acaso olvidado sus agravios de la guerra, han vuelto a los sentimientos y a la verbalización de la beligerancia.

A mí me ha removido recuerdos que tenía cubiertos por el polvo del olvido; temo que a otros les haya reavivado brasas que parecían apagadas debajo de las cenizas. Apunto algo que ha afectado a mi familia.

Todos lo que aplican la nueva filosofía de la “memoria histórica” tienen enfoques políticos notoriamente parciales y partidistas

Como botón de muestra característico de este nuevo espíritu de “Memoria” que se va imponiendo, me refiero al Se trata del libro Héroes o forajidos, dedicado a quienes en tiempos de la Guerra Civil fueron guerrilleros antifranquistas en la Comarca de Vigo. Su autor es nacido en 1960, lejos de la guerra civil y ya en el prólogo se pronuncia en contra de toda una generación, de izquierdas y de derechas, que decidimos “pasar página”  respecto de la contienda de 1936. Escribe literalmente: “Actualmente estamos viendo como las nuevas generaciones de españoles están volviendo a interesarse por el tema de la citada Guerra Civil española. Su estudio se está poniendo de moda. Es curioso que ese mismo tema haya sido el que las generaciones inmediatamente anteriores a la nuestra quisieron hacer enterrar en el olvido”.

Los autores de trabajos de “memoria histórica” defienden a los propios y exponen todo lo negativo que creen encontrar en los contrarios

Notemos el punto de partida de la obra. Junto al análisis —bueno o malo— de la historia, hay una actitud beligerante contra la posición política y ciudadana de olvidar las vivencias de la guerra civil, contra el resultado de aquel espíritu de reconciliación que anhelamos y llegamos a vivir en las décadas anteriores. Por eso no debe extrañarnos que en este trabajo, como en general en todos los que aplican la nueva filosofía de la «Memoria histórica», los enfoques políticos sean notoriamente parciales y partidistas. La obra está escrita por alguien que tiene de las derechas de los años 30 la misma visión oscura y lineal (el “mal” sin mezcla de bien alguno, como decían los antiguos catecismos sobre el Infierno) que entonces proclamaban las izquierdas; y con ello no hago un juicio antizquierdista, pues a la inversa ocurría más o menos otro tanto de lo mismo.

Así las cosas, en estos trabajos de «Memoria histórica» sus autores defienden a los propios y, cuando menos con la finalidad de apoyar a los suyos, exponen todo lo negativo que creen encontrar en los contrarios.

Como ocurre en el libro que comento. Para relatar el final de la vida del Quintas, el asesino de mi abuelo del que hablo al comienzo de este libro, se ofrecen testimonios contrarios a los que algunas personas aportaron en 1950, con ocasión de su juicio (“terrible, sin escrúpulos, pero de una pieza…”); presentándolo en sus años postreros  (1969-1976) como hombre discreto, amable y bueno, que practicaba habitualmente obras de caridad con los internados en Asilos de Ancianos. Yo no alcanzo a saber si en 1939 el Quintas estaba entre los idealistas que creen justificado matar, o si era un sanguinario sin escrúpulos ni ideales; el hecho cierto es que en aquellos años, y parece que en los inmediatos siguientes, era miembro activo de cuadrillas que practicaban el terrorismo; y ya antes de la guerra, bajo la República, durante la campaña electoral de febrero de 1936, cuando nadie le perseguía, formó parte de un grupo armado de ocho militantes que asaltaron un local de Falange, dijo que “para meterle un poco de miedo en el cuerpo a los falangistas”, con saldo de dos muertos y varios heridos de bala. Pero celebraré que sea verdadera la noticia que el libro me da de sus años finales; que, por otra parte, vendría a confirmar la tesis que sostengo en mi libro El Retorno de los Césares, según la cual, personas que en la fase dionisíaca de los 30 y 40 del siglo XX fueron violentos, en bastantes casos convencidos de la alta moralidad de sus acciones, entraron en los 60, influidos por la nueva ola apolínea, serenos, tolerantes y democráticos.

Pero en estas “revisiones”, la pura defensa o exaltación de los propios, sea correcto o no el análisis, va seguida por el recurso de ensuciar la imagen de sus opuestos.

Concretamente el autor de Héroes o forajidos, ya desde sus “Palabras previas”, nos dice haber llegado a la conclusión de que los “huidos” no eran en general ni héroes ni forajidos, sino un mix de ambas cosas y, además, “infelices”. Por ello, y quizá por la explicable propensión a encajar la figura del Quintas en ese esquema general de la obra, en una zona híbrida o intermedia entre la bondad y la maldad, deja de tomar en consideración, sin decir ni una palabra de por qué lo hace así, las declaraciones de hechos probados que sobre el asesinato de mi abuelo —y otros— fundamentaron su sentencia condenatoria, como si no hubieran existido o fueran imposibles. Lo cual me parece muy incorrecto. Pues, aunque nunca pueda descartarse que la convicción generadora de la sentencia se haya formado con errores o falsas imputaciones, existió un expediente —iniciado en 1939— que estuvo completándose siete meses después de la detención en 1950, hubo acusadores y defensores, pruebas en ambos sentidos sometidas a contradicción, se escuchó al acusado, y quienes dictaron el veredicto fueron personas distintas de las que formularon la acusaciones. De modo que, aun sin confiar en aquellos tribunales, no cabe prescindir de los hechos allí declarados como ciertos, sin examinar el valor de las pruebas en cuya virtud se hizo el pronunciamiento.

… y manchar a sus víctimas

Y en cambio, para hacer “explicables” las muertes de sus víctimas, concretamente la de mi abuelo, utiliza datos que le son verbalmente “contados” ahora en el siglo XXI; y, aunque no dudo que alguien se lo haya dicho al autor, debo lamentar que quien le transmite noticias o valoraciones lo haga con base en “se dice” o “la rumorología de la Parroquia”, “por algo sería” —como reconoce en el libro—, sin concretar quiénes son las “fuentes” de las que procede el rumor, sin valorar su imparcialidad y credibilidad, sin acreditar —ni señalar— las razones de conocimiento de los hechos por quienes los hayan relatado alguna vez, sin oír al afectado o a sus próximos…, es decir, sin llegar a la milésima parte de las —fácilmente insuficientes— garantías que se ofrecieron al Quintas en 1950 para dictar una sentencia que ahora se desprecia.

Cuando mi familia lo tenía superado, se le ha reabierto el trauma, se ha provocado su indignación, se nos empuja a revivir los sentimientos que enfrentaron a las dos Españas.

Creo más acertado lo que muchos hemos postulado durante el régimen anterior y conseguimos, en no pequeña medida, ya antes de la muerte de Franco, pero desde luego con la Transición, esto es, la superación, incluso verbal, de la guerra civil. Y eso es lo que yo propongo para los años venideros.

JOSE MANUEL OTERO NOVAS

José Manuel Otero Novas fue ministro en el Gobierno de Adolfo Suárez, el primero elegido en elecciones libres después de la muerte del general Franco. En este artículo cuenta la elaboración de la Ley de Amnistía que aprobaron las Cortes, para lo que trató con los dirigentes de otros partidos recién legalizados, algunos de ellos regresados del exilio unos pocos meses antes. Para el autor, el amplio deseo de reconciliación de entonces se ha roto por obra de la «memoria histórica». Desde hace más de diez años, las familias españolas empiezan a recordar a sus muertos de la guerra.

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