MEMORIA HISTÓRICA, AMENAZA PARA LA PAZ EN EUROPA

Hermann Tertsch: «Memoria manipulada o el veneno de la mentira»

Hace veinte años comenzó una gran operación de cambio de régimen por parte de las fuerzas de la izquierda y del separatismo

Hermann Tertsch: "Memoria manipulada o el veneno de la mentira"

La guerra civil española impresionó profundamente al mundo por su crueldad, su heroísmo y la inmensa tragedia de un pueblo desgarrado por ideologías, derivas fatales, intereses y la omnipresencia del odio. Y porque se intuía como antesala del gran enfrentamiento mundial que la siguió. Después de la Segunda Guerra Mundial, en España, la dictadura del vencedor de la guerra, el general Francisco Franco, se mantuvo en contra de tantos pronósticos.

Y tras los primeros años de dureza, hambre y represión, supo transformarse, abrirse al mundo exterior, encontrar aliados y entrar en la senda del desarrollo económico, muy al contrario que las dictaduras comunistas del Este de Europa.

Al morir Franco, el régimen autoritario que encarnaba se autodisolvió en un proceso de democratización que incluyó un gran pacto de reconciliación nacional entre vencedores y vencidos de la guerra y las generaciones que no habían vivido la contienda. Con la llegada de los últimos refugiados y la celebración de elecciones libres se daban por cerradas las últimas heridas de aquella guerra ya lejana.

Fue la llamada Transición española, un proceso que generó gran interés y admiración en el mundo entero. La reforma democrática bajo el rey Juan Carlos I, el heredero designado por Franco que traspasó todos sus poderes al Parlamento del sistema democrático homologado por las democracias occidentales, fue aplaudida por todos.

Por mucho que hoy se vean las debilidades de la Constitución y los errores que han facilitado la tarea de quienes habrían de llegar décadas después, para emprender la voladura de la reconciliación nacional y reabrir una guerra ideológica entre españoles. En su día, la transición política española recibió unánime reconocimiento y fue emulada como fórmula de transformación pacífica hacia la democracia en Iberoamérica y en todo el mundo, como subraya páginas más adelante el hispanista Stanley G. Payne.

Después de la muerte del dictador en 1975 y de la aprobación de la Constitución en 1978, España continuó —ya en democracia y desde 1986 integrada en la Unión Europea—, un desarrollo que no se había interrumpido desde, pasados los duros años de posguerra, la estabilización económica y la apertura al exterior del régimen anterior.

Este proceso llevó a España a terminar el milenio como un país en progreso. Aunque todavía en niveles modestos, al menos cuatro generaciones de españoles asumían como realidad sobrentendida que los hijos vivirían mejor que sus padres. Como también que este progreso era el sustento de un acuerdo básico de convivencia, surgido del profundo escarmiento de los terribles dolores del pasado y de la cada vez más larga experiencia positiva de la paz y la concordia.

Aquella España de fin de milenio, llegada desde el franquismo cansado y descreído hasta la democracia imperfecta —masivamente apoyada por los españoles en varios referendos y elecciones—, iba sumando con los años, y pese a todas las dificultades, motivos para quererla. Salvo el acoso inagotable de la banda terrorista izquierdista y separatista vasca ETA, que mantenía su guerra total contra el Estado con la trágica insistencia de sus asesinatos, todas las fuerzas se habían identificado com la transición, la reconciliación y el sistema democrático, los comunistas del PCE de Santiago Carrillo los primeros.

Se habían alejado tanto ya en el tiempo las peores pesadillas de las matanzas fratricidas que, según desaparecían los españoles que las habían vivido como propias, nadie siquiera planteaba en los debates políticos ni de actualidad aquel pasado tan difícil. El perdón entre antiguos enemigos, que aún había sido necesario expresar en la Transición, era ya un capítulo cerrado y sobrentendido. España había dejado de ser una anomalía en Europa.

La ruptura con el pasado

Sin embargo, la entrada en el nuevo milenio trajo pronto la catástrofe. Mucho se rompió, saltó hecho pedazos, con aquellas bombas de un atentado contra los trenes que llegaban a la estación de Atocha en Madrid en el que murieron 192 personas y cerca de dos mil fueron heridas. Aquel acto de terror del 11 de marzo de 2004 no sólo cambio el resultado de unas elecciones generales previstas para cuatro días después; además llevó al Gobierno a quien demostró ser el máximo representante de unas fuerzas decididas a acabar con la senda —emprendida en 1976 con la Transición— de la convivencia en la reconciliación nacional.

Aquellas bombas acabaron con la voluntad de entender el pasado desde la concordia presente y el compromiso común con la verdad; para pasar a utilizar la historia de nuevo como arma arrojadiza con la que movilizar pasiones políticas o justificar imposiciones con cuentas del pasado.

La “memoria histórica” es la imposición de una versión falsificada, ideológica y maniquea de la Historia de España del siglo XX para deslegitimar y criminalizar todas las opciones políticas que no sean de izquierda. Es parte fundamental de la operación de cambio de régimen planteada en España para liquidar la Constitución pluralista.

Se trata de crear un nuevo régimen con leyes fundamentales socialistas que consideren superada y liquidada la continuidad de la Nación española, para fundar pequeñas naciones en diversas regiones e impedir así todo retorno al poder de una mayoría no socialista-comunista que pueda reconstituir las instituciones nacionales.

Desde entonces no han pasado aún dos décadas, pero ya puede decirse que la política del revanchismo ha dinamitado aquella senda de reconciliación. Ya ha crecido una generación alimentada por un discurso oficial radicalmente enfrentado con aquella fórmula que demandaba a todos generosidad y comprensión para el otrora enemigo.

Esta vía de la concordia quedó definitivamente rota por el nuevo carácter de la izquierda bajo el socialista radical José Luis Rodríguez Zapatero. A partir de entonces, en la izquierda comenzaron a ganar terreno las fuerzas decididas a asumir las tesis que los terroristas de ETA habían defendido prácticamente en solitario de que la democracia española era tan solo un régimen continuista del franquismo, que la Transición había estado condicionada por el miedo a los militares y que está pendiente la definitiva ruptura con el franquismo, que en realidad entienden como la ruptura de la continuidad histórica de España, el fin de la monarquía —para ellos símbolo del legado franquista a la democracia— y la implantación de un nuevo régimen —o varios— dentro de un marco legal “progresista” o “socialista”. La revancha y la memoria son el motor de este cambio.

Desde el primer momento, quedó claro que Zapatero llegaba al poder para llevar a cabo una revancha política, ideológica y cultural por la derrota militar de las fuerzas del Frente Popular. Ello pasaba por la denuncia y criminalización de quienes habían dirigido España desde la guerra hasta la Transición. Y también por una hostilidad radical a todo lo defendido por el régimen de Franco, entre otras cosas la religión católica, la familia y por encima de todo la nación, España.

Así terminaba en España el periodo histórico de la aceptación general de la reconciliación nacional como conquista común de la que enorgullecerse. Y comenzaba el capítulo muy distinto de los Gobiernos de la revancha, de los justicieros, que reclaman toda la razón histórica para las fuerzas de la República, un régimen que presentan como una democracia impecable. Y lo hacen sin reparar en los permanentes abusos y crímenes que, desde 1931, destruyeron en solo un lustro la democracia y la República, y dejaron el Estado a merced de banderías comunistas, socialistas y anarquistas que convirtieron en inviable el sistema, a juicio de muchas fuerzas de la sociedad española.

El ascenso al poder de esta nueva generación de líderes izquierdistas —que, por motivos de edad, no habían hecho la Transición—, trajo esa voluntad de revisión general de la transición. Y así comenzó un revisionismo histórico que pronto se convirtió en propaganda apologética del Frente Popular. Con la primera ley de “memoria histórica” se daba el primer marco legal a la voluntad de revancha histórica de la izquierda. De repente, treinta años después de la muerte de Franco, el franquismo estaba presente como no lo había estado en aquellas tres décadas.

Periódicos, revistas, libros, informativos, programas especiales, películas, documentales… Nada era suficiente para difundir entre los españoles lo buenos que habían sido los comunistas y los socialistas y lo malos que habían sido todos los que habían luchado contra ellos, tachados sin distinción como fascistas. De repente, comenzó a estar considerado, no ya mal visto, sino bajo amenaza de condena pública y muerte civil —hoy ya de causa penal—, hablar en términos positivos de cualquier cosa acaecida, producida o construida durante los treinta y cinco años de franquismo. El maniqueísmo respecto a la historia española reciente ha llegado a niveles ridículos.

El plan es un cambio de régimen

Parte de la izquierda cultural lo hizo siempre, pero desde 2004 es el Estado el que promueve en permanente agitación mecanismos de odio con una tergiversación sistemática de hechos, para criminalizar unilateralmente a ciertas ideologías no izquierdistas, sino acusándolas de ser directos herederos del “fascismo” —como describen a todos los que se enfrentaron al Frente Popular controlado por Stalin durante la guerra—. Así, se han reactivado y vuelven a estar omnipresentes los recursos y sentimientos que se creían definitivamente enterrados por la larga convivencia en paz.

Aun es pronto para saber cómo se malogró aquella senda que habíamos recorrido con creciente autoestima y seguridad. Algo que había crecido con lentitud, con paciencia y esfuerzo común desde los mismos duros años de la posguerra, se ha quebrado en la sociedad española. Dirán algunos que su fragilidad ha quedado demostrada.

Lo cierto es que detrás de esta ruptura de la voluntad de convivencia están ciertas fuerzas políticas y su clara intención de generar una nueva realidad que reafirme un proyecto de cambio de régimen. Tras dos décadas devastadoras para España, en las que un paréntesis de siete años de gobierno del centro político nada hizo por frenar la dinámica de enfrentamiento —renovada después con mayor virulencia—, hoy es evidente que a principios del milenio comenzó esa gran operación de cambio de régimen por parte de las fuerzas de la izquierda y del separatismo.

Más de dos décadas de discordia y reveses han envenenado la sociedad. La desconfianza, la acritud y la mala fe se han instalado en la vida cotidiana, como nunca habíamos conocido la mayoría de los hoy vivos. Truenan los llamamientos a la destrucción purificadora, a la revancha y la venganza.

Toda la realidad histórica de España se tacha de una evolución lamentable que devino en fatalidad y que, por el bien de todos y en aras al progreso, hay que desmantelar. A nadie se lo han dicho exactamente así en el colegio, ni en las televisiones, libros, películas, colegios, universidades, ni en los mítines de los partidos; pero ningún otro mensaje se ha escuchado con tanta fuerza ni con tan obsesiva identidad, hasta convertir cualquier alternativa a ese discurso en pensamiento fascista, criminal y detestable.

Se identifica a la Nación española con la dictadura de Franco; y todos los siglos anteriores de la larga, riquísima y grandiosa historia de España se describen de forma sistemáticamente negativa para generar desafección, y asumir y defender como verdadera una “Leyenda Negra” que se fabuló y difundió como propaganda de los enemigos de la España imperial y católica. Para ello se ha faltado a la verdad, masiva y obscenamente, y se han ocultado algunas de las más brillantes páginas de la Historia de la Humanidad. Se ha hecho sin escrúpulo, sin reparar en medios y, sobre todo, sin resistencia. Porque la cobardía ―lo llamaban prudencia― recomienda no significarse en la defensa de España. Para no ser tachado de franquista o de fascista, lo que equivale a la muerte civil.

El mayor motor de la propagación de la “memoria histórica” como falsificación general de la realidad pasada es el miedo. No hay memoria. Hay propaganda con fines políticos. Y coacción como no la ha habido en España precisamente desde la Transición que puso fin a la dictadura. Porque contradecir hoy a las versiones oficiales de la izquierda tiene un alto precio. Y la izquierda gobernante está dando nuevas vueltas de tuerca a la imposición de mentiras como versión oficial de nuestra historia, mientras ha comenzado a perseguir abierta y hasta judicialmente verdades históricas.

Son precisamente los indicios de que en España parte de la sociedad, harta de mentiras evidentes, empieza a perder el miedo de decir la verdad, lo que acelera e intensifica la ofensiva de la izquierda y las fuerzas separatistas en contra de la verdad histórica y la reconciliación nacional y en favor de una radicalización permanente de esa “memoria histórica”. Una “memoria histórica” que adquiere ya tintes orwellianos con la voluntad de imponer una verdad oficial y la represión penal de cualquier interpretación histórica no acorde a esta.

Para ser libre en España hay que perder el miedo a ser tachado de franquista o fascista. Eso ya está pasando. Por eso están nerviosos los falsificadores de la izquierda y piden instrumentos más contundentes para perseguir la verdad e imponer la mentira.

Mediante las leyes de ”memoria histórica” y “memoria democrática”, la izquierda española no sólo quiere imponer una interpretación obligatoria de la historia —con sanciones penales y económicas para los disidentes―, sino erradicar también las libertades de expresión, de enseñanza y de cátedra.

España vuelve a ser avanzada en su tiempo en lo que puede ser una gran tragedia. Si triunfa la masiva falsificación histórica en España para deslegitimar toda alternativa a un régimen socialista-comunista, es previsible que el resto de las izquierdas europeas se sume a esta estrategia con lo que se extendería al resto del continente el enfrentamiento social.

Con este libro, que publica el grupo de Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) y que ha coordinado Pedro Fernández Barbadillo, queremos hacer una propuesta de mirada limpia hacia la Historia de España en el siglo XX y restablecer verdades que ya han sido prácticamente proscritas en nuestra patria. Una docena de reconocidos historiadores analiza las principales consignas míticas del movimiento “memorialista”, probablemente el sector más agresivo y virulento de la agitación política de la izquierda española (el carácter espontáneo de la violencia contra los católicos, los presos “esclavos”, la dureza de la represión de la posguerra, la vinculación del régimen español con el III Reich, la amnistía como exigencia de los franquistas, el pacto de silencio en la Transición, etc.), y las desmonta mediante los datos y los hechos.

Además, aportan sus testimonios un exministro de los primeros Gobiernos democráticos, un escritor encarcelado en los años cincuenta por su militancia comunista y otro autor descendiente de un intelectual asesinado en el genocidio de católicos perpetrado por la izquierda durante la Guerra Civil.

Defender la verdad histórica es parte esencial de la lucha por la defensa de nuestras libertades en Europa, que están en peligro manifiesto. Si nos roban la historia, perderemos el futuro.

Hermann Tertsch

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