Doce cócteles más para seguir brindando con el cine: capítulos 25 al 36 de El celuloide etílico

Doce cócteles más para seguir brindando con el cine: capítulos 25 al 36 de El celuloide etílico

Ya van dos entregas de este paseo sorbo a sorbo por los primeros capítulos de El celuloide etílico. Cócteles en pantalla grande. Hoy toca una nueva ronda. Los capítulos que van del veinticinco al treinta y seis. Con ellos seguimos descubriendo ese territorio donde el cine y la coctelería se abrazan sin prisa, con recuerdos personales, anécdotas de rodaje y muchas ganas de compartir una copa. Así que ponte cómodo, elige tu película favorita y acompáñame.

Arranco con el Gibson, ese pariente elegante del Dry Martini que se distingue por un pequeño gran detalle: las cebollitas en vinagre sustituyen a la clásica aceituna. Aparece en Traffic, la gran película de Steven Soderbergh que ganó cuatro óscares. Michael Douglas, en el papel de jefe antidroga, lo toma en una lujosa recepción mientras su vida se desmorona. El Gibson tiene una historia confusa, como casi todos los grandes cócteles. Unos dicen que nació en el Players Club de Nueva York, cuando al dibujante Charles Dana Gibson se le ocurrió pedir un Martini y el barman, al quedarse sin aceitunas, echó mano de unas cebollitas. Otros hablan de un embajador, de unas gemelas de Chicago o del bar del Waldorf. Lo que importa es el resultado: un cóctel seco, sutil y con un punto de acidez que lo hace inolvidable.

Luego viene el Lillet Cocktail, el aperitivo favorito de Hannibal Lecter. En la película Hannibal, de Ridley Scott, el doctor ofrece una copa de Lillet con una rodaja de naranja a la agente Clarice Starling antes de una cena tan sofisticada como terrorífica. El Lillet es un vino aperitivo francés, de Burdeos, ligero y seco, que se toma solo con hielo o en combinados. Aquí te enseño a preparar el Lillet Cocktail clásico, con ginebra y Crème de Noyau, y también el James Bond Martini, que incluye Lillet en su versión original de Casino Royale. Eso sí, si decides imitar al doctor Lecter, procura no acompañarlo de sesos frescos.

El capítulo veintisiete es uno de los más personales. Se titula Corazón de indio y está dedicado a esa mezcla mestiza de ron blanco, whisky escocés, bourbon, coñac y ginebra. Lo asocio a la película Antes que anochezca, donde Javier Bardem interpreta al escritor cubano Reinaldo Arenas, un guajiro gay y disidente que acaba sus días en Nueva York. El cóctel Corazón de indio ya se servía en Casa Fugger en los ochenta, con una receta que encontré en un libro de mis padres de los años treinta. Es fuerte, seco y no apto para paladares tímidos. Si te atreves, te advierto que tiene «el color del alcohol», como decía el profesor Emilio Sola, pero multiplicado por cinco.

Luego viajamos a Nápoles con el Vesuvio. Este cóctel lo inventó Antonio Russo, el barman del Grande Albergo Vesuvio, un hombre al que tuve el placer de conocer en persona. Me contó sus cincuenta años de oficio, me enseñó fotos de los famosos que habían pasado por su barra —Humphrey Bogart, Rita Hayworth, Grace Kelly— y me preparó un Vesuvio azulado con vistas al volcán. La receta lleva ginebra, vermut seco y Curaçao azul. Es fuerte, elegante y te transporta a esa ciudad donde el mar y el fuego se miran de frente.

El capítulo veintinueve es para el Black Russian, ese cóctel que mezcla vodka y Kahlúa, el licor mexicano de café. Aparece en Quince minutos, la película donde Robert de Niro hace de detective de homicidios y se enfrenta a dos inmigrantes del Este, uno ruso y otro checo, grandes aficionados al vodka. El Black Russian nació en plena Guerra Fría, en el Hotel Metropol de Bruselas, y fue bautizado así con ironía. Si lo prefieres más suave, prueba el White Russian, añadiendo nata líquida. Y si te sientes especialmente zarista, pues con hielo picado y sin contemplaciones.

De ahí saltamos a Nueva Orleans con el Hurricane, ese cóctel tropical que descubre Melanie Griffith en Locos en Alabama, la primera película dirigida por Antonio Banderas. La tía Lucille, que lleva la cabeza de su marido dentro de una sombrerera, entra en un bar de Nueva Orleans, pide un Hurricane y, cuando el barman la insulta, se lía a tiros. El cóctel se sirve en una copa especial con forma de tulipán y lleva ron blanco, ron oscuro, zumos de frutas y granadina. Es refrescante, potente y te pide a gritos una pajita y una tarde de jazz.

El capítulo treinta y uno se titula La hora verde y está dedicado al Pernod, ese anisado francés que se toma como aperitivo, mejor que como digestivo. Aparece en M. Butterfly, la película de David Cronenberg donde Jeremy Irons hace de diplomático francés en Pekín. El embajador, mientras bromea sobre lanzar bombas atómicas, bebe su Pernod con agua fría, en vaso alto, siguiendo el ritual clásico. Te cuento cómo preparar el Clasic Pernod y otras combinaciones, como el Pink Panther o el Hemingway, que el propio escritor bautizó como Muerte al atardecer. Y todo mientras evoco la hora verde, esa tradición francesa de tomar el anisado al atardecer, como si el tiempo también tuviera color.

Luego viene todo un clásico: el Daiquirí y toda su familia. Empiezo con una anécdota de la película Trixie, donde la protagonista, que padece dislexia, pide un «harakiri de melocotón» en vez de un Daiquiri. El barman, divertido, hace lo que puede. El Daiquirí nació en Cuba a finales del siglo XIX, en la playa de Daiquirí, cuando los marines norteamericanos tuvieron la genial idea de añadir hielo a la mezcla de ron, miel y limón que tomaban los soldados cubanos. Ernest Hemingway lo popularizó desde el Floridita, donde pedía su versión personal: el Daiquirí a lo salvaje, con doble ración de ron. Aquí te enseño el clásico, el de fresa, el de plátano, el de piña y todos los que se te ocurran. Un cóctel que es puro Caribe y pura felicidad.

El capítulo treinta y tres es diferente. Hablo del Fruit Cordial y del Rat Pack, ese grupo de amigos bebedores formado por Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis Jr. y compañía. En la película The Rat Pack, Dean Martin hace un juego de palabras: «¿Cómo se hace una fruta cordial? Siendo amable con ella». El Fruit Cordial viene a ser la versión americana de nuestra sangría, con vino, frutas, brandy y refrescos. Te doy recetas como The Preview, que tomaban antes de los estrenos, y el cóctel de la casa del Polo Lounge, donde el grupo se reunía a beber Jack Daniel’s y Martinis mientras planeaban su próxima juerga. Todo esto mientras recuerdo que el mundo, como decía Dean Martin, «está borracho, y nosotros somos el cóctel de moda».

Luego llega un cóctel morado y nutritivo: el Porto Flip. Lo asocio a mi tía Taca, que en 1984, cuando le dije que iba a abrir un negocio de coctelería, me confesó: «A mí me han gustado siempre los cócteles. Recuerdo que me encantaba el Porto Flip«. Aquella fue la primera vez que usé la coctelera de plata de mis padres. El Porto Flip lleva Oporto, yema de huevo, azúcar y nuez moscada. Es denso, dulce y te alimenta mientras te bebes una película. También te cuento cómo hacer un Portonic, la respuesta portuguesa al rebujito, que es Oporto blanco con tónica. Perfecto para acompañar unas gambas con lima.

El capítulo treinta y cinco es un homenaje al Clericó, esa bebida argentina que se parece a la sangría pero no lo es. Lo descubrí en Buenos Aires, en el barrio de La Recoleta, mientras un pez multicolor nadaba bajo mi cóctel de mariscos. El Clericó se hace con vino blanco, frutas troceadas y mucho hielo. Es el antídoto perfecto para el calor argentino, y lo asocio a la película Tango, de Carlos Saura, donde las copas de Clericó inundan las mesas mientras se baila y se sueña. Allá donde vayas, si es verano y hay fruta, hay Clericó.

Y cierro este nuevo bloque con la Piña Colada, ese cóctel caribeño que ha dado la vuelta al mundo. La inventó un barman puertorriqueño llamado Monchito en 1954, en el Hotel Caribe Hilton de San Juan. La receta original: ron blanco, crema de coco, nata líquida, zumo de piña y mucho hielo. En el cine aparece en Blow, la película protagonizada por Johnny Depp sobre el narcotráfico, y también en Shrek, donde la princesa Fiona confiesa que es su cóctel favorito. Yo la asocio a una canción que escribí con mi hermano Patacho en la que la voz la pone Josele Santiago de Los Enemigos: «Tú y la piña colada, yo no te pido nada». Un cóctel que sabe a playa, a verano y a esas noches en las que todo parece posible.

Con estos doce capítulos sumamos ya treinta y seis. Una buena parte del viaje. Pero aún quedan muchos más. Películas, cócteles, recuerdos y alguna que otra locura. Si quieres seguir acompañándome en esta ruta de cine y copas, el libro está esperándote. Y si lo prefieres dedicado, con envío sin gastos y con la firma de quien ha estado tras la barra y delante de la pantalla, ya sabes cómo contactarme. Salud y cine.

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Autor

Juan Luis Recio

Blogger gastronómico y de tendencias, crítico de vinos (XL Semanal), letrista, sociólogo, mensista, poeta

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