Hay libros que se leen de un tirón y libros que se beben sorbo a sorbo. El mío, El celuloide etílico. Cócteles en pantalla grande, es de estos segundos. Y hoy he pensado que lo mejor es invitarte a los doce primeros sorbos. Solo a los primeros. Los que abren boca, los que te dan la bienvenida a este viaje donde el cine y la coctelería se dan la mano sin postureo, con recuerdos personales y muchas ganas de brindar. El libro entero tiene 84 capítulos, más de 200 películas y casi 400 recetas, pero no hace falta que te lo tomes de golpe. Con estos doce ya puedes hacerte una idea de por dónde van los tiros y, sobre todo, de por qué este libro no se parece a ningún otro que hayas visto.
Empiezo por un clásico del verano y del viejo Sur norteamericano: el Julepe de menta. El que bebían en Lo que el viento se llevó y el que bebió el general MacArthur en West Point. Lo preparo con bourbon, menta fresca, mucho hielo picado y una ceremonia muy flipante, que no es obligatoria, pero ayuda a entrar en situación. El secreto no es ningún secreto: solo ganas de refrescarse viendo una buena película.



Luego viene el Bellini, esa creación veneciana de 1948 que sigue viva en los hipódromos más elegantes. Lo inventaron en el Harry’s Bar de Venecia y lo bebieron, claro, Ernest Hemingway y Noël Coward. En Misión Imposible 2, Thandie Newton lo tomaría mientras dividiá sus amoríos entre el bueno y el malo. Yo te propongo que lo hagas con cava español y melocotón bien maduro. La sofisticación, a veces, es muy sencilla.
Y hablando de mezclas inesperadas, ahí va el tercer capítulo: gazpacho con vodka. Cuando lo propuse en La Vaquería II de Madrid a primeros de los noventa, los socios me miraron como si hubiera perdido el juicio. Les tuve que recordar que en Mujeres al borde de un ataque de nervios ya se hacía un cóctel con gazpacho, aunque allí usaban lorazepam en vez de vodka, pero eso era lo de menos. La versión legal es igual de refrescante y mucho más saludable. Un pequeño sacrilegio a la Dieta Mediterránea que merece la pena.
El cuarto capítulo es un homenaje doble a dos grandes divas del cine mudo: Mary Pickford y Gloria Swanson. Dos cócteles rosas, con piña como ingrediente común, que los bármanes de Hollywood crearon para honorarlas en su época de esplendor. Mary Pickford lleva ron; Gloria Swanson, ginebra. Las dos saben a los años dorados, a lentejuelas y a esas fiestas donde el alcohol fluía mientras se forjaban las leyendas del celuloide.

Después toca poner la coctelera en marcha con un Gin Fizz. Es el cóctel de las mañanas con resaca, de las terrazas al mediodía, de los desayunos de Frank Sinatra y Dean Martin en Las Vegas. También es el cóctel del cónsul británico en Bajo el volcán, esa novela de Malcolm Lowry que John Huston llevó al cine con Albert Finney. Se hace con ginebra, limón, azúcar, soda, y si te atreves, un poco de clara de huevo para que quede espumoso. No es fácil de hacer bien, pero cuando sale, sale.
Y luego está el Gimlet. Tiene el color del alcohol, me decía el profesor Emilio Sola mientras me lo pedía en Casa Fugger. Raymond Chandler lo inmortalizó en sus novelas, Humphrey Bogart lo bebió en la piel de Philip Marlowe, y la periodista María Teresa Campos solía entrar en mi bar al atardecer a tomar uno. Antes se hacía con un medio ginebra un medio de lima embotellada, nada de zumo recién exprimido, que esto es un Gimlet, y una guinda verde, que nunca roja. Lo demás son pecados. y la fórmula mía viene en el libro.
El séptimo sorbo es para el Manhattan. William Powell decía en La cena de los acusados que lo más importante es el ritmo. «Un Manhattan se hace a ritmo de foxtrot», sentenciaba. Yo, personalmente, creo que también queda bien con drum&bass, sobre todo si quien pincha es D.J. Doc Manhattan. Pero eso ya son elucubraciones mías. La cuestión es que este cóctel, whisky canadiense o bourbon, vermut rojo, angostura y una cereza, lo bebía Marilyn Monroe en Con faldas y a lo loco, dentro de una bolsa de agua caliente en el tren. Cosas del cine.
De repente, un brindis en Osaka. El capítulo octavo es una historia muy personal: el Sake Special que probé por primera vez durante una cena de diecisiete platos con el presidente del grupo Kintetsu. Brindamos con sake, ginebra, angostura y finas láminas de pepino. Luego hubo karaoke. El resto es historia. Kurosawa, Los siete samuráis y el descubrimiento de que el sake no es un vino de arroz, sino más bien una cerveza de arroz. Japón siempre enseña algo.

El noveno capítulo es más light, pero no menos interesante: el Shirley Temple. Ese cóctel sin alcohol que Al Pacino le sugiere a un joven Chris O’Donnell en Esencia de mujer. El chico se ofende porque cree que lo trata como a un niñato. Y la verdad es que el cóctel, granadina, ginger ale y una cereza, se inventó para la actriz infantil Shirley Temple en los años treinta. Pero ojo: si se lo das a tus hijos, que sepan que Shirley Temple dejó de creer en Santa Claus a los seis años. igual que yo en los Reyes Magos. Y si lo quieres para ti, échale un chorrito de vodka y asunto arreglado.
Luego nos vamos a Navarra, al capítulo décimo. El pacharán no es solo un licor de endrinas: es toda una cultura. En 1898 ya había pacharaneras ambulantes en la plaza del Mercado de Pamplona. La propuesta de Alberto Gómez Font es actualizar la tradición: un chorro de pacharán bien frío en una copa flauta, completar con cava, y tienes las Burbujas de Navarra, también llamado Kir Navarro. Fresco, festivo y con carácter. Perfecto para brindar en otoño, cuando las endrinas están maduras y los recuerdos se vuelven melancólicos.
El penúltimo de estos primeros doce es el cóctel de champán. Casablanca nos enseñó mucho más que frases célebres: también nos enseñó las cinco W del beber: qué, cómo, cuándo, dónde y con quién. En el Rick’s Café Americain, el champán reinaba. El cóctel de champán, terrón de azúcar, angostura, cava bien frío y una piel de naranja, ha estado de moda desde el siglo XIX. En 1934 lo eligieron uno de los diez mejores cócteles del año. Y aunque todo el mundo recuerda «Tócala otra vez, Sam«, nadie la dice en la película. En cambio, Humphrey Bogart sí dice «Here’s looking at you, kid» mientras apura una copa.

Y cierro estos doce primeros sorbos con un clásico entre los clásicos: el Old Fashioned. La forma de beber whisky a la antigua usanza. Se inventó en 1889 en el Pendennis Club de Louisville (Kentucky), y desde entonces ha tenido tantas variantes como puristas dispuestos a discutirlas. Azúcar, angostura, un chorrito de agua, bourbon, hielo y una corteza de naranja. Nada más. Y nada menos. Bette Davis lo bebía en La extraña pasajera. Los hermanos Coen lo añoran en O brother! aunque no lleguen a mostrarlo. Los buenos viejos tiempos, en una copa.
Con estos doce capítulos ya tienes una buena muestra de lo que es El celuloide etílico. Pero quedan setenta y dos más. Más de doscientas películas. Casi cuatrocientas recetas. Y muchas historias personales que se entremezclan con la historia del cine. Si quieres seguir acompañándome en este viaje, sorbo a sorbo, película a película, el libro está esperándote. Y si lo prefieres dedicado, con envío sin gastos y con la firma de quien ha estado tras la barra y delante de la pantalla, ya sabes cómo contactarme. Salud y cine.

