La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Nietzsche tenía razón: Dios ha muerto

Nació como un perro. Ha muerto como un perro. Nació en un establo, no en un palacio. Ha muerto asfixiado, ensangrentado, humillado, apaleado, ensalivado, desgarrado. Ha muerto en una cruz, junto a dos bandidos. Yo lo he visto. Ha sido en la Ciudad de la Paz. Ha sido en Jerusalén, la urbe destinada a ser Ciudad de Dios, el espacio en el que más se sufre por Dios a causa de otros creyentes en Dios. “Dios ha muerto”. Lo dijo Nietzsche, y tenía razón. Yo lo he visto.

Estos ojos que se están quedando ciegos de esperanza, han sido los que han contemplado su Vía Crucis. El Cristo, un pobre hombre vestido con una tela purpurada y roída, coronada por espinas de muerte, caminaba entre la turba. No sé si fue a causa del estupor, la incomprensión o la emoción, pero mi vista se vio torcida por cortocircuitos. Fue una cadena rota, una película antigua y cuarteada en su continuidad. Fue así la secuencia:

Lloran las mujeres. Cielo tomado por la oscuridad. Sale de la cárcel. Carga la cruz. Aplauso enfervorizado en unos. Llanto en otros. Stalin y Hitler se abrazan. Primera caída. Escupitajos, palos. Normandía, Hiroshima. Lepanto, Constantinopla. Espadas ensangrentadas, quien a hierro mata a hierro muere. Segunda caída. Muere de hambre media humanidad. La Verónica pinta un lienzo de amor eterno. Bestias que maltratan, que violan, que abusan de inocentes, que juzgan y condenan. Bestias de rostro humano. Hipocresía, máscaras que encubren lo que se pudre.

Tercera caída. Es llamado el Cireneo. Viste camiseta madridista. Odia al Barça. Ha odiado demasiado en estos días de amor y paz. Su comportamiento ha sido cínico. Y ésta no es sino una entre sus muchas faltas. Es vago, envidioso. Habla mucho y hace poco. Cae en todas sus pasiones. Le cuesta rezar. Su caminar de fe es una secuencia de olas y baches. Ahora está en el pozo. Helado y sufriente. Alejado y presente.

“No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

El Cireneo, llegado al Gólgota, se desmorona. Estalla en latidos. María, Juan y la de Magdala lloran a su lado. Es brutal. Ese hombre muere por todos. También por él. También por mí. Los franciscanos llenan de incienso el lugar. Otros seguidores del Cristo espetan su turno. Hay cierta tensión. También en la calle. Dicen que vuelven las bombas a la Ciudad de la Paz. Dicen que en Jerusalén hay un Muro de Berlín que hace sombra al Muro de las Lamentaciones. Dicen que el hombre sigue siendo igual de carnicero, igual de miserable, igual de Caín. Pero también dicen que la muerte del Cristo sanó las lacras del mañana, nuestro hoy.

¡Qué pena que Nietzsche tuviera razón! Era justo, inocente, bueno… Ahora sólo queda esperar a que suceda el milagro de que se cumpla lo que dijo y nadie oyó. Que resucitaría y volvería a levantar el Templo al tercer día. Sería mañana. Esperaré en el Santo Sepulcro. Tal vez, si me llega el turno cuando el barbado ortodoxo me permita pasar y hacerme fotos sin flash, pueda ser testigo directo. Delante de mí está la mujer de Magdala. No me importaría que ella se llevara la exclusiva.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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