La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Amor prohibido en Teherán (bis)

Mientras estaban sumergidos en lo más profundo del sueño, Mohamed y Hamid fueron despertados con el estruendo de la brusca apertura de la puerta de su habitación, derrumbada de una patada. No les dio tiempo a reaccionar. Estaban desnudos, tumbados en la cama. Cuando, por instinto, hicieron un amago de incorporarse, uno de los tres barbudos que había irrumpido en la habitación les pegó sendos culatazos en la cara con su escopeta. Tras unos segundos de nublosa confusión, gritos aterrorizados y súplicas patéticas, los tres barbudos vestidos de negro obligaron a los dos jóvenes de veinte años a arrodillarse en el suelo. En ese instante, los dos amantes sabían que iban a morir. Habían cometido el gran delito de ser homosexuales y, tras ser descubiertos, iban a pagar por ello.

De nada les sirvió a la pareja romper a llorar. Aún más si cabe, lo que hizo fue irritar a los tres milicianos, baluartes del orden y las buenas costumbres, que veían en ello un síntoma de su infinita degradación. Mientras comenzaron a golpearles, les gritaban que eran unos “perros infieles”. El pecado era flagrante y sólo tenía un castigo posible: la muerte.

Tras ser obligados a vestirse con las ropas que permanecían esparcidas por el suelo desde la noche anterior, sus captores les taparon los ojos y los metieron a trompicones en una furgoneta. Veinte minutos después, aparecieron en una plaza cualquiera del sur de Teherán. Cuando les quitaron las vendas de la cara, pudieron ver un espectáculo aterrorizador. Treinta personas, cuya mirada desprendía un odio atroz, les rodeaban y les cubrían de insultos y maldiciones. Todo ello frente a una barra horizontal de hierro de la cual pendían dos férreas sogas.

Todo fue tan rápido que ni siquiera tuvieron tiempo de decirse nada. Fue entonces cuando Mohamed y Hamid, uno al lado del otro, rodeados sus cuellos de la aspereza de la cuerda de la muerte, se miraron. No se hablaron. Simplemente se miraron. Sólo fueron cuatro o cinco segundos, pero con esa mirada de la vida que se va, de la incomprensión ante el fanatismo más irracional, de la desazón por el robo de una hipotética felicidad en común… se despidieron.

Cuando el sonido de los cuellos rotos se apoderó de la plaza, la turba, gozosa y exultante, estalló en gritos y bendiciones hacia su Dios. Era su particular holocausto a un Dios al que a esa misma hora se dirigían millones de fieles pacíficos, gozosos, profundos y arrodillados en dirección a La Meca.

PD. Escrito el 20 de agosto de 2007.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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