Idi Amin se atiborraba a naranjas y Mussolini, a ajos crudos

¿Sabes qué comían Hitler, Mussolini, Idi Amin…y otros dictadores?

Hitler era un falso vegetariano y Sadam Hussein solo comía productos frescos. Para 'gourmet', el padre de Kim Jong-un

¿Sabes qué comían Hitler, Mussolini, Idi Amin…y otros dictadores?

Cada cual con sus cosas. Dime cómo eres de tirano y te diré lo que comes.

El paralelismo no defrauda (más bien todo lo contrario) cuando el susodicho se autoproclama ‘Señor de todas las bestias de la Tierra y de los peces del mar’ y se basta con ocho años de régimen atroz para ejecutar a medio millón de compatriotas.

Idi Amin, cocinero (en un regimiento colonial británico) antes que golpista, amo y verdugo de Uganda entre 1971 y 1979, desarrolló un apetito por las naranjas casi tan voraz como por el poder. Pensaba que eran «la viagra de la naturaleza» y, obsesionado como estaba con la capacidad eréctil de su pene, cada día podía meterse entre pecho y espalda la friolera de cuarenta.

Dopajes aparte, su comida favorita era la cabra asada, la yuca y el pan de mijo, según recoge la autora original de este artículo Icíar Ochoa de Olano en elcorreo y comparte Ivan Rastik para Periodista Digital.

Al igual que a su colega Jean-Bédel Bokassa, el monstruo con ínfulas napoleónicas de la República Centroafricana, los rumores de canibalismo le persiguieron desde el inicio de su dictadura, cuando, tras decapitar a sus rivales militares, se habría sentado sobre sus cabezas para morder parte de la carne de sus rostros.

Al parecer, esta macabra guinda a su victoria encajaría con la creencia de la tribu kawka, a la que pertenecía Amin, de que comer (un poco) al enemigo le protegía de la ‘vendetta’ que los espíritus perpetrarían sin demora. En público, lo negó con humor de sádico.

«No me gusta la carne humana. Demasiada salada». Murió durante su exilio en Arabia Saudí, redondo como una circunferencia que trazó con mimo a base de pizza y las especialidadades de Kentucky Fried Chicken.

Al otro lado del globo terráqueo, esparciendo el terror a la par que el africano durante unos pocos años, el artífice de la República Popular China, Mao Zedong, quien gobernó el macropaís con hoz de hierro de 1949 a 1976, dio también buena cuenta de su condición de carnívoro sanguinolento.

Como gobernante y como comensal. Eso sí, mientras le quedaron dientes en su apestosa cavidad oral. Su desprecio por la higiene bucal le abocó a alimentarse como un oso panda durante su ocaso, cuando sus desnudas encías únicamente le permitían mascar brotes de bambú cocidos.

De triturar sabía latín el georgiano Iósif Stalin, el depravado mandatario de la URSS bajo cuyo infame sistema político de gulags y purgas (1922-1952) dejaron la piel 22 millones de rusos. Bebedor y comedor desmedido, su servicio temía el momento en que antes de dormir pronunciara las dos palabras fatídicas: «Picar algo», lo que a menudo significaba un cenorrio de horas. Especialmente, si esa noche en la cocina estaba al mando su chef favorito, un tal Spiridon Ivanovich Putin, abuelo del hoy presidente Vladimir.

Su muerte fue provocada por un envenamiento, según se especuló, y no por un empacho, como cabía esperar. Para ahorrarse ese final, Adolf Hitler hacía uso, no de tres ni de siete catadores, sino de quince. Solo cuando habían transcurrido 45 minutos después de que todos y cada uno de ellos hubieran ingerido una porción de su menú de cada día sin que ninguno cayera al suelo desplomado, el eficaz aniquilador de judíos austriaco abría el agujero bajo el tejado de su ridículo bigote.

El autor de ‘Mein Kampf’ se las daba curiosamente de vegetariano, siempre y cuando no desfilara por el mantel una pieza de caza bien condimentada con casquería como, por ejemplo, un pichón relleno de lengua, hígados y pistachos. Así lo recoge la guía culinaria de los grandes sátrapas del siglo XX elaborada por Victoria Clark y Melissa Scott ‘El banquete de los dictadores’, que atribuye a los problemas de digestión que acusó en los últimos tiempos antes de su tardío suicidio su espartana dieta, a base de puré de patata y consomé.

Oda al pan y olivas del Golán
Antes de encajar la victoria de los aliados, su comparsero italiano Benito Mussolini, despiadado Duce entre 1933 y 1945, tuvo tiempo de demostrar de qué pasta estaba hecho, y no era precisamente de harina de trigo mezclada con agua. Preocupado por la salud de su insensible corazón, el déspota italiano, un jabalí en la mesa, comía cantidades ingentes de ajos crudos aliñados con aceite y limón. Y, al parecer, untaba. No en vano, en 1929 compuso una oda al pan: «Amad el pan, corazón de la casa, perfume de la mesa, alegría de los fogones/Respetad el pan, sudor de la frente, orgullo del trabajo, poema de sacrificio». Por suerte, se hizo abstemio a los cuarenta.

La bestia iraquí Saddam Hussein (gobernó de 1979 a 2003), quien mandó dar una paliza y encarcelar a su hijo Uday por matar a uno de sus catadores a bastonazos, no quería saber de latas. Todo lo que se servía en su plato eran productos frescos que llegaban en avión al palacio donde se encontrara -tenía veinte-, a razón de dos veces por semana. Que si piezas de cordero limpias de grasa, gambas frescas, langostinos vivos y aceitunas del Golán.

Entre tanto matarife con centro de mando como dejó el último siglo, apenas un ‘gourmet’, Kim Jong-il, el ‘querido líder’ de Corea del Norte que precedió al actual. El padre del amigo a ratos de Donald Trump poseía una biblioteca llena de libros de cocina y daba instrucciones a sus embajadores en el extranjero para que llenaran el jet que les enviaba, con su chef a bordo, de caviar iraní, mangos tailandeses o cerdo danés.

Autor

Francisco Lorenson

Polifacético y innovador reportero, lleva años trabajando en el sector y aprendiendo de algunas de las personas más inteligentes del negocio.

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