Un año y diez meses después de la masacre del 11-M madrileño, seis meses después de la carnicería del 7-J londinense y cuatro años después del 11-M neoyorquino, la pregunta es acuciante:
“¿Por qué los musulmanes residentes en Occidente no alzan su voz para condenar a los fanáticos? ¿Cuál es la que razón por la que mantienen un silencio culpable la inmensa mayoría de los seguidores de Mahoma que viven en Europa o Estados Unidos?»
Acaba de ser desarticulada en Vilanova i la Geltrú (Barcelona) una célula islamista dedicada a reclutar fanáticos para enviarlos a Irak. Entre sus proezas se cuenta la captación del argelino que protagonizó un espectacular atentado suicida contra la base italiana en Nasiriya.
Ese atentado, en el que murieron 12 carabinieri, cinco militares, dos civiles italianos y nueve iraquíes, ocurrió el 12 de noviembre de 2003.
En otras palabras: hace por los menos dos años y dos meses que el iman de Vilanova y sus sicarios se dedicaban al negocio de la muerte. Algo tan sangrante como la peripecia de Rachid Taichit, el marroquí que se paseaba por Madrid con un historial en el que se incluye hasta herir
a hachazos a un joven y que asesinó a otro en la discoteca Joy Eslava.
Y lo hacían -como Rachid– en una mezquita instalada en un local cedido por el ayuntamiento. Sin que nadie, ni los fieles islámicos que acudén a rezar cuatro veces al día, ni los comerciantes musulmanes que prosperan en la zona o los trabajadores magrebíes que proliferan en las empresas locales, diera la voz de alarma o acudiera a ayudar a la Policía.
El ministro del Interior, José Antonio Alonso, detalló que entre los arrestados hay 15 marroquíes, tres españoles, un turco y un argelino.
Alonso subrayó que, en cuestión de organización, la red «es un punto superior a las desarticuladas» recientemente, y dijo que podría estar vinculada al Grupo Islámico de Combatientes Marroquíes (GICM) y al Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC). Tenía, además, ramificaciones en Francia, Bélgica, Países Bajos, Argelia, Marruecos, Turquía, Siria e Irak.
La red estaba formada por dos células, la centrada en Vilanova i la Geltrú y otra asentada en Madrid con ramificaciones en Barcelona y también dedicada a «labores de captación, adoctrinamiento y envío de combatientes a zonas de conflicto«.
La célula de Cataluña se dedicaba además, según el Ministerio del Interior, a la obtención de fondos para la causa iraquí y a costear los viajes de los combatientes a través de «negocios pantalla» legalmente establecidos.
De todo eso, lo más sangrante no es la tolerancia de las leyes españolas o los cantos a la Alianza de Civilizaciones que hace el presidente Zapatero. Lo indignante es el silencio, la complicidad pasiva, de esa mayoría que se tiende a adjetivar como “moderada” en los medios de comunicación.
Paradójicamente, los musulmanes de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia, Holanda o España están tan dominados por el fundamentalismo islamista como sus correligionarios de diversos países musulmanes.
Las mezquitas de Occidente están controladas en buena medida por predicadores financiados por los wahabíes de Arabia Saudí, agitadores afiliados a la Hermandad Musulmana o entusiastas del jihadismo paquistaní.
Son ellos los que aterrorizan o condenan al ostracismo a los fieles que no se pliegan a sus directrices. A veces, incluso, se atreven a amenazar a gentes que ni son musulmanas ni se sienten parte de su comunidad.
Un caso extremo es el Mohamed Bouyeri, el marroquí nacionalizado holandés que asesino al cineasta Theo Van Gogh el 2 de noviembre de 2004, porque le parecían pecaminosos sus películas. No es un detalle baladí que los miembros del “Grupo Hofstad” –todos integristas y todos musulmanes asentados en los Países Bajos– estuvieran al corriente de los planes de Bouyeri, a quien prestaron la bicicleta y el arma que éste usó durante el crimen.
Da la impresión de que los fanáticos musulmanes, tan orgullosos de su Islam y tan agresivos, dan por supuesto que su fe o sus creencias corren peligro bajo la presión de los productos mediáticos de Occidente. No sólo por la escuela laica, las clases de gimnasia o el cine, sino incluso por los chistes, como acaba de comprobarse con un caricaturista del Arizona Republic.
Al bueno de Benson no se le ocurrió otra cosa que hacer un dibujo subrayando que muchas mezquitas centros de agitación fundamentalista. La viñeta dramatizaba un hecho evidente. 
The Council on American-Islamic Relations (CAIR) reaccionó como si le hubieran pisado el rabo. Exigió una disculpa del Republic por la viñeta de Benson y aprovechó para pedir la cabeza del doctor Zuhdi Jasser, musulmán moderado que publica ocasionalmente columnas en el diario.
Usando como conducto el Muslim Voice, un pequeño diario comunal, comenzó una campaña en la que llegaron a presentar al doctor Jasser y a Benson como perros hambrientos en el momento de devorar a un pobre musulmán. Curiosamente, los «musulmanes» de la viñeta, víctimas y denunciantes del Republic al mismo tiempo, son retratados con vestimenta musulmana wahabí, con birretes del tipo que pocos llevan en grandes zonas del mundo musulmán pero que todo el mundo lleva cuando ingresa en el culto wahabí. 
Pero la intención del dibujo es más importante que los detalles. En cierto sentido, es comparable a las viñetas de hostigamiento contra los judíos en la era nazi o a las caricaturas anticroatas aparecidas en los medios serbios al comienzo de la dictadura de Slobodan Milosevic.
El editor de Muslim Voice es Marwán Ahmed, cuya firma aparece en la página Web del pequeño diario, al pie de un artículo en el que se culpa a Israel de la muertes de soldados norteamericanos en Irak.
