El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Fautor y preceptor, sí; corruptor, no

FAUTOR Y PRECEPTOR, SÍ; CORRUPTOR, NO

(RELATO DE UNA VERDAD FICCIONADA)

“A modo de consejo, como escribió el gran Aristófanes y traducido grosso modo: la juventud pasa, la inmadurez se supera con la edad, la ignorancia se cura con la educación y la embriaguez con sobriedad, pero la estupidez… dura para siempre”.

Guion de la película “El club de los emperadores” (2002), dirigida por Michael Hoffman.

Ayer, miércoles, como de costumbre, salí de casa a eso de las seis y veinte de la tarde, poco más o menos, para ir al cíber-café “Praga” (establecimiento que —no miento— regenta mi amigo Alberto) a escribir, con la ayuda del teclado del ordenador que me fuera asignado, las dos décimas que había compuesto. A medio camino, a la altura del parque infantil, que queda detrás de los parterres que bordean la acera de los pares de la tudelana Avenida de Santa Ana, me topé con tres risueñas adolescentes, tres, Lesbia, Marimar y Míriam. Con las dos primeras suelo coincidir varios días a la semana en el Centro Cívico “Lourdes”; les ayudo, si encuentran alguna dificultad insalvable, en sus deberes y les recito, si viene al caso, algún poema. Saludé a las tres. Antes de preguntarle a Míriam por su nombre de pila, Marimar, la más efusiva de las tres púberes, se acercó a mí y me dio, como ha hecho antes un par de veces, pero no en la calle, un abrazo.

Mi amigo Emilio González, “Metomentodo”, que, a la sazón, deambulaba por la acera de los impares de la mentada avenida, pues había salido de su casa a fin de dar él un paseo y, de paso, sacar a su perro, Berganza (nombre que le puso a su can como parvo homenaje a Cervantes), para que hiciera sus necesarias necesidades, reparó en el gesto. Cuando él volvía de callejear y darle rienda suelta a su mascota y yo de teclear y guardar mis textos, me di de bruces con él a unos tres metros del portal del edificio donde vivo, a la altura del centro óptico “Pascual”, ya en la calle de don Santiago Fernández Portolés. Y lo primero que hizo fue preguntarme esto. ¿Que quién era la muchacha que, una hora antes, se había abalanzado sobre mí, dándome un inopinado abrazo? Le contesté, como hago siempre, la verdad; que se llamaba Marimar y que era una chica que solía acudir, acompañada de Lesbia, a la sala de ordenadores del Centro Cívico “Lourdes” para hacer sus deberes y a las que yo, casi siempre de buena gana, contribuía a solventarles a ambas las dudas que tenían. Me dijo que me andara con su(pre)mo cuidado y pusiera rauda solución a lo que él entendía podría devenir en grave problema, porque, mutatis mutandis, acaso no faltaran otros Anito, Licón y Meleto que me achacaran con malicia, sin fundamento alguno, parecido delito al que los tres de marras le imputaron a Sócrates, corrupción de menores.

Por la noche, como acostumbro a llevar a cabo asiduamente, antes de cerrar los ojos para conciliar el sueño, hice examen de conciencia y llegué a la conclusión de que no podía pasar por alto aquella buida advertencia ni echar en saco roto lo que me había recomendado “Metomentodo”.

Así que hoy, si acuden al Centro Cívico “Lourdes” Lesbia y Marimar, le diré a la última con tacto, o sea, con las mejores palabras que pueda escoger (me consta que en su gesto no cabe hallar un ápice de maldad, nada que pueda objetar ni reprochar), que, sintiéndolo mucho, a partir de ahora, se abstenga de mostrarse tan cariñosa conmigo en público, porque el gesto podría ser mal interpretado. Marimar no es aún consciente de todo lo que conoce de la vida mi amigo Emilio (que, como se predica del demonio, sabe más por viejo que por diablo); quiero decir, que hay quienes lucen una mirada limpia, diáfana, blanca, y quienes la tienen sucia, procaz, negra. Aunque he leído la “Apología de Sócrates”, que escribió su discípulo más aventajado, Platón, y no he olvidado los argumentos inmarchitables que este puso en boca de aquel, no estoy dispuesto a que nadie me atribuya torticeramente un delito en el que nunca he incurrido ni deseo ni espero cometer jamás.

Ángel Sáez García
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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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