EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XXII)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Confieso que yo tampoco tengo la receta (es más; no creo que nadie la tenga, ni siquiera que la haya; y, en el supuesto de esté equivocado y sí la haya, tengo para mí que será muy difícil de hallar, porque me consta que en los diversos gobiernos del país hay muchas personas que trabajan a conciencia para encontrar la solución al problema, pero…) para dar trabajo a seis millones y pico de parados. Es prioritario que la mitad de los tales trabaje/n. No se me escapa que muchos de ellos ya lo hacen en la economía sumergida (si no lo hicieran, acaso en las calles silbarían las balas), que, por los medios lícitos que sean, debe aflorar. Y sé que hay enchufismo y nepotismo (son más de veinte mil asesores los que chupan —ignoro qué asesoran y en qué ámbito o materia lo hacen— de la teta del Estado). Tengo claro que el gasto público tiene que descender ostensiblemente. La Administración tiene que adelgazar, hasta quedar en la talla justa.
Ergo, parte de la solución tal vez esté en aflorar el grueso de la economía sumergida y disminuir el volumen de la hinchada Administración.
Acaso convendría que pactaran el Gobierno y la oposición. La unión no solo hace la fuerza, sino que, como he constatado recientemente viendo en vídeo la película “Apolo 13”, resuelve el problema (halla la solución).
Conforme leía tu escolio burlón, he recordado dos redondillas. La primera la repentizó don Francisco (Gómez) de Quevedo, tras ser invitado a un chocolate por las monjas clarisas y comprobar que era aguachirle: “Monjas, claras, ¡claro está! / Pero es grande disparate / dar agua por chocolate / y no decir: ‘¡agua va!’”. La segunda la trenzó Góngora. Con ella pretendía afear uno de los vicios, ser bebedores, de sus enemigos literarios Quevedo y Lope de Vega. Así pues, teniendo en cuenta el traspié de la exnuera de la duquesa de Alba y plagiando los tres primeros versos que urdió don Luis, cabe hallar un nuevo final a la susodicha: “Hoy hacen amistad nueva, / más por Baco que por Febo, / don Francisco de Que-Bebo / y la guapa Genoveva”.
Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domènech fue un genio. Copiando conscientemente a quien nació en Figueras, en el renglón que sigue reconoceré, como él, que “creo que soy mejor escritor que pintor”. En las susodichas siete palabras no cabe hallar una sola pizca de arrogancia, envanecimiento, presunción o vanidad, porque no digo que sea un estupendo o magnífico escritor, sino tan solo que escribo mejor que pinto. Y es que considero que nunca pinté bien. Si no he sido todo lo persuasivo que pretendía, volveré a remedar lo que ideó Dalí (“Escritura es sencillamente lo que digo, y eso llegará el día en que será aceptado”): Llamo urdidura (o “urdiblanda”) a aquello que trenzo y esta verdad un día será aceptada por una inmensa mayoría o una exigua minoría. Tengo asumido que ni siquiera mi maestro Baltasar Gracián tuvo el arte de concentrar y definir, como sí hizo Dalí, del modo más sencillo o simple habido por el momento, la vida con tres únicos verbos, tres: “aspirar, respirar y expirar”.
Te saluda quien te aprecia y abraza,
Ángel Sáez García
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