EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XXX)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Sensu stricto, todo (toda la carta, epístola o misiva) es “un corta y pega” (de producción —habría que añadir— propia) que he procurado embellecer. Si no has advertido las diferencias entre la primera versión y la última (si es que la has leído), el problema (desconozco de qué tipo) al que aludes no lo tengo yo, lo tienes tú. No entiendo por qué haces esos distingos. Una carta no es un ensayo, ni un artículo científico, ni un cuento. Se parece más a una novela (verbigracia, estructuralmente, el “Lazarilllo de Tormes” es una carta) en pequeño que a otra cosa. Y la tal, según Cela, es como una bolsa en la que cabe todo, de todo. Ignoro cuántas cartas has escrito y qué decías en ellas. No puedo opinar al respecto.
Una relación epistolar se parece a un coloquio, a una conversación. En él/ella no se imponen los asuntos a tratar, salen a relucir o motivada o inopinadamente. Yo, en las conversaciones que he tenido contigo, he tratado de lo divino y de lo humano, de esto y de aquello, siendo esto y aquello cualquier posible tema a debatir: política, sociedad, poesía, comida, enfermedad, actitud,…
No tengo nada nuevo que decir sobre la apertura y el cierre de mis epístolas (las que te dirijo a ti), mis “marcas de la casa”. Ya sé que no te gustan. No pretendo que te gusten. Con que me peten (y me agradan sobremanera) a mí basta.
Haz siempre lo que creas que debes hacer, pero no te quejes si quien te saluda, aprecia y abraza te dice también, asidua o esporádicamente, las verdades del barquero. La verdad siempre nos hace libres.
Cuando yo escribo “dilecto”, lo hago con conocimiento de causa, o sea, queriendo decir exacta o precisamente lo que, según el DRAE, significa tal vocablo. Reconozco que alguna vez lo he escrito con ironía. Espero que mis tres o cuatro lectores habituales (entre los que te incluyo) sepan distinguir cuándo uso dicha voz con la contraria u opuesta intención a la recta.
Me parece bien que no quieras repetirte en tus manifestaciones, pero, por si lo desconoces, te diré que todos los días, velis nolis, te repites; y no solo por propia iniciativa, sino como respuesta inconsciente a otros comportamientos o a actitudes de otras/os. El bostezo se contagia. Ves, dentro del cine, cómo la gente, antes de comenzar la película, va al baño y, siendo consciente o inconsciente del hecho, tú y otras personas también acudís al mismo lugar. En Navidades se juntan tres hermanas y, les toque o no, menstrúan el mismo día o con una jornada de diferencia. Son comportamientos que tienen que ver con las neuronas Cubelli, especulares o (de) espejo.
Cada quien interpreta las cosas según su particular punto de vista o perspectiva. No te voy a recordar los versos proverbiales de Ramón de Campoamor que siguen a este, “En este mundo traidor”, porque ya los conoces, pero no creo haber escrito nunca nada con la voluntad de ser chabacano, que me achacas indirectamente. Nunca te he escrito nada de manera grosera, sin arte, de mal gusto.
Coincido contigo en (si has pretendido decir esto) que hasta lo extraordinario, cuando es ordinario, desmerece. Uno de mis maestros más dilectos, Baltasar Gracián, dio de lleno en el blanco o centro de la diana cuando trenzó lo que obra a continuación: “Esta es la ordinaria carcoma de las cosas. La mayor satisfacción pierde por cotidiana, y los hartazgos de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio”.
Cuando me despido y coloco seguidos y conjugados los verbos saludar, apreciar y abrazar en la tercera persona del singular del presente de indicativo lo hago porque así lo siento, de veras.
Ángel Sáez García
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