EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XLIV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Me alegra (y acaso también a cuantas/os se acercan a mi bitácora de Periodista Digital) sobremanera conocer tu periplo gratificante del “finde”. Yo he seguido con mis habituales lecturas y mis asiduas “urdiblandas” o urdiduras. Y con mis rezos, por la segunda biopsia que le van a hacer a uno de los deudos que más quiero.
Convendría que huyeras de la quema en la dirección correcta, zumbón.
Ahora la libertad, para una legión (o dos, o tres, o…), formada por las consabidas y proverbiales seis mil personas, se identifica con la ausencia de solidez, con la falta de compromiso.
Hace algún tiempo, leí un artículo que versaba sobre la “modernidad líquida”, concepto sobre el que había escrito un ensayo el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, quien compartiera el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2010 con su homólogo francés Alain Touraine. De la atenta y detenida lectura de aquel artículo brotó, nació o surgió mi décima en torno a una faceta concreta, específica de ese poliedro que es la mentada arriba, el amor líquido.
Pues, grosso modo, no vas desencaminado. Quiero decir que has colegido lo correcto, vaya.
Si te refieres, que eso infiere, al menos, el menda, a la celebérrima frase de Bejamin Franklin que dice que “aquellos que sacrifican libertad por seguridad no merecen tener ninguna de las dos”, la leíste aquí, en el blog de Otramotro, en una apostilla que trencé en respuesta a un comentario tuyo sobre una décima que urdí a propósito de los parecidos y las diferencias que hallaba entre la galleta Oreo y Obama.
No consigo entenderte. Si son a precio de saldo, ¿no quieres despacharlos pronto? ¿O tal vez hay ironía?
Ayer pasé la tarde (de las 14.15 horas a las 22.10 horas) en una habitación del Hospital “Reina Sofía”, a la vera de la cama donde mi señera y señora madre, Iluminada, dormitaba, tras haber sido intervenida quirúrgicamente. Esa es la razón de la demora de mi respuesta a tu comentario.
Esta tarde, Deo volente, estaré (la pasaré) en el mismo lugar.
Considero, sinceramente, que a Nunzio (y a sus secuaces) se le (les) cogió en más de un renuncio.
Sigue usando ese trípode con moderación (sin demasía), respetando a los demás, que es la mejor manera de respetarse uno a sí mismo, y, como intuyes, sabes o sospechas, no tendrás que verte en la tesitura de frecuentar estos, esos o aquellos barrotes.
Te saluda, aprecia y abraza
Ángel Sáez García
[email protected]