El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (LXXII)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (LXXII)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Hace mucho tiempo (rondaría este menda las quince o dieciséis primaveras), tras leer el segundo ejemplo de “El conde Lucanor”, la colección de apólogos que urdió el infante don Juan Manuel, me convencí de esto (que adopté por verdad irrefutable), de que, hiciera lo que hiciera (escribiera lo que escribiese), hasta con el mejor propósito o voluntad, siempre habría o hallaría a alguien al (o a la) que lo que yo llevara a cabo siempre le parecería escaso, líquido o mal, siempre me criticaría o censuraría. Así que, desde entonces, me decidí a coronar, a mi manera, el imperativo categórico de Immanuel Kant, que me aprendí de esta guisa: “Obra de tal manera que tu forma de actuar se convierta en ley universal (al menos, para ti)”.

Si, como sentenció Cervantes, “la pluma es la lengua del alma”, procuraré que mi péndola hable, ante todo, de la mía, de mis anhelos, gustos, miedos, perspectivas, etc. De los/as de los/as demás hablarán las péñolas de las/os otras/os.

Abrigo la esperanza y el deseo de que no te enoje ni fastidie que rehúse hoy tus consejos. Estoy persuadido de que, si lo que yo trenzo no me peta a mí, difícilmente agradará al resto.

Asimismo, espero que no te moleste que aproveche en el párrafo que sigue la parte final de tu incisiva, ingeniosa, mordaz, punzante y sutil apostilla y, usándola, como tú, sin ánimo de ofender, la haga mía.

En tu última respuesta (por el momento) advierto, por arte de birlibirloque o de encantamiento, que no miento, además de la mía, un extraño coloquio de espejos, o sea, que pontificas cuando me achacas cuanto me atribuyes, esto es, “que vas de sobrado, de autosuficiente y (casi) de poseedor del dogma de la infalibilidad. Pero seguro que solo es una errónea percepción mía (una más)”.

Celebro que sigas cultivando en tu huerto intelectual/literario ese humor que gastas, gestas y que, aunque limpias de malas yerbas, no agostas (ni siquiera durante el mes de agosto).

Si esa risa, como trenzas, ha sido explosiva y sana, tal vez haya sido como las que me salen a mí cuando monto en una ene menos, o sea, en moto, o me coloco a horcajadas: impetuosas y estrepitosas, y que suelen recibir el nombre de “carcajadas”.

Aunque mucho, un montón, curro, / también peco de baturro. Los octosílabos que anteceden son los versos sexto y séptimo de la décima que acabo de urdir y lleva el título del mentado en segundo lugar. Te la remito a tu correo para tu solaz.

Sin buscarlo ni pretenderlo (no creo que esté bien utilizada la expresión “a lo tonto” —de la que yo también he echado mano alguna vez, lo reconozco—, ni su prima hermana “como quien no quiere la cosa”, que significan “con disimulo”, porque aquí el susodicho, sensu stricto, no lo hay), sí, pero lo cierto es que ya he trenzado la septuagésima segunda.

Tengo para mí que todos somos nuevos a diario sin que ese sea nuestro propósito. Lo que nos ha pasado hoy hasta ahora (hasta esta hora), sin ningún lugar a dudas, nos ha cambiado (seguramente, poco, muy poco; o mucho, depende); y lo que nos pase a partir de ahora, ídem de ídem, nos cambiará. Como dijo Heráclito, “en los mismos ríos entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos)”; que, debido a Platón, el vulgo recuerda de esta guisa: “ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río”.

Te saluda, aprecia y abraza, teniendo en cuenta todos los loores y a pesar de todos los pesares o remoquetes,

Ángel Sáez García
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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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