EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCXVI)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Pues lamento tener que volver a discrepar (en parte) o disentir (parcialmente) una vez más de ti, porque no veo el caso como lo ves. Me explicaré (por extenso, para dejar la cuestión clara, cristalina). Yo cuento la verdad sobre lo que he visto (o sentido con otros sentidos que no fueran el de la vista) desde mi punto de vista o perspectiva. Me consta que ha habido (o puede haber) otras/os espectadoras/es que, desde otros puntos de vista u otras perspectivas, han narrado (o puedan narrar) el mismo acontecimiento o suceso (en resumidas cuentas, que tomo prestada la teoría del perspectivismo que pergeñó don José Ortega y Gasset, que, por abreviar, ilustró la misma con una fruta, una manzana, para elaborar mi idea o razonar mi tesis —la verdad absoluta, completa, objetiva, total, siempre es la reunión o suma de las verdades parciales, subjetivas— al respecto), que no miento. Con mi relato de lo sucedido he pretendido y venido, por lo tanto, a completar y complementar los relatos de las/os demás.
La esencia o el quid de mi décima (admito que entre el título y el cuerpo de la espinela hay una pizca o un ápice de contradicción) hodierna, “Que no me crea no enoja”, es el siguiente hecho irrefutable, indudable, indisputable, incontrovertible. Como sabes, yo no dispongo de ordenador ni de Internet en casa (porque advierto en la concreta circunstancia más peros, inconvenientes o contras que ventajas o pros). Acepto discrepancias, o sea, admito que tú y otras personas lo/la tengáis en la vuestra, que conste, para que no haya malentendidos. A pesar de que escriba casi todos los días y, asimismo, que publique, al menos, un texto a diario aquí, en mi bitácora, el blog de Otramotro, desde hace casi, casi, una década, insisto (aunque, como ya viene siendo costumbre, no faltará el pesado, él o ella, que no me crea), los días de entre semana funciono con uno de los ordenadores del Centro Cívico “Lourdes” y/o de la biblioteca pública y los fines de semana con uno de los del cíber-café “Praga”. Esta es una verdad como un templo, que no admite controversia. ¿O sí? En el supuesto de que el menda aceptara la posibilidad de que existiera la misma, tengo claro que solo podría haber dos opciones para el asunto en cuestión: o habría mentido como un bellaco, o habría echado mano de una figura o un recurso literario, la ironía. Este fue, precisamente, el argumento que usó el último incrédulo que, por azar, me tocó en suerte: un autor que publique textos a diario, como el abajo firmante, servidor, que sea tan feraz, no puede ser siempre veraz. Evidentemente, no invertí ni una sola neurona ni un solo segundo en rebatir tan impugnable criterio, pero tengo para mí que el epígono de santo Tomás (el apóstol de Jesús, que vio y creyó) podría haber añadido a su opinión lo que olvidó, que en este determinado particular o tema, sí.
Ciertamente, contradiciendo lo que dice el título que puse a mi décima, me molesta que haya personas (las llamaré, sin ánimo de molestar, “pelmas”) a las que no les cuadre o encaje el hecho; y perdona o disculpa si otro día vuelvo a hacer, de nuevo, hincapié en este mismo razonamiento, que no miento.
Lo que es incontrovertible es incontrovertible. Y, como solía añadir quien fue profesor de ambos, tuyo y mío (en distintos años, es cierto, en el Postulantado o Seminario Menor de Navarrete), el padre camilo Jesús Arteaga, “no tiene vuelta de hoja”. Es de cajón (de madera de pino); evidente, incontestable, obvio.
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
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