EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCLI)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Evidentemente, como el lector interesado (ella o él) puede pasar su vista por la información que se encuentra bajo el título y, por lo tanto, leer en dónde he archivado la décima, en esta espinela he echado mano de la figura literaria que se conoce por el nombre de ironía y define en su tercera acepción así el DRAE: “Expresión que da a entender algo contrario o diferente de lo que se dice, generalmente como burla disimulada”. Conocía el significado concreto y correcto del término hipocorístico desde COU, si no fue antes. Me consta el suceso memorable de que en uno de los exámenes de Selectividad hablé de él.
Ciertamente (lo reconozco, sin ambages), me gusta sobremanera rizar el rizo (pero también, como puedes leer a continuación, desrizarlo), y, asimismo, me peta un montón ser un zumbón, guasón o coñón y hacer unas risas imaginando, verbigracia, que estoy haciéndole un cunnilingus a mi amada novia o esposa y, de pronto, el desagradable hallazgo de un ensortijado pelo de su vulva en mi lengua interrumpe el mismo en el momento más inapropiado, cuando ella estaba a punto de obtener un orgasmo que, yo, sin querer, le escamoteo.
Cabe preguntarse si la célebre expresión hegeliana (“La violencia engendra la historia”) no es sino la asidua coartada de la que echa mano el deshonor con el solo objeto de hallar y abrir la caja de Pandora o beber de la fuente de donde manan los males que hacen al hombre aún más desdichado.
El uso del terror(ismo) tiene las consecuencias que volvimos a ver el viernes pasado en la Ciudad de la Luz, que devino en apenas unas horas Ciudad de las Sombras, París (y antes vimos en otras capitales de otros países).
Albert Camus, antes de reconocer que nunca se considerará de la misma raza que los que sostienen que el hermano ha de morir antes que los príncipes; de la misma estirpe que los que colocan en el paredón a la madre propia antes que a la justicia (pretendía decir qué justicia puede ser la que pone a la madre en peligro o deja desvalida), escribe: “El terrorismo tal y como se practica en Argelia ha influido en gran medida en mi inquietud. Cuando el destino de los hombres y de las mujeres de tu propia sangre se ve inmerso, directamente o no, en estos artículos que se escriben tan fácilmente en la comodidad del despacho (…), no dejo de temer, a la luz de los extensos errores franceses, ofrecer una coartada, sin riesgo alguno para mi persona, al loco criminal que lanzará su bomba sobre una multitud inocente entre la que se encuentran los míos”.
Sin embargo, tal vez no convenga olvidar nunca el párrafo final de “La peste”, de Camus, donde el premio Nobel trenza lo que sigue y otrora decidí aprenderme de memoria: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.
Haces bien en buscar esas razones para seguir tirando (peregrinando) por este valle de lágrimas. Celebro sobremanera que uno de esos motivos sea que lo que urde este algasiano aprendiz de ruiseñor te guste. Lo mismo ocurre viceversa.
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
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