El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Por recordar un verso muy querido

POR RECORDAR UN VERSO MUY QUERIDO

Dilecta Pilar:

Vuelvo a contestarte desde un ordenador de la biblioteca, porque, cuando he llegado al C. C. “Lourdes”, Pilar, una de las responsables, me ha comentado que había un examen de oposición (a alguna de las plazas ofertadas por el Ayuntamiento, propietario y titular de dicho centro, supongo) y estaba ocupada el aula o sala donde se hallan los ordenadores. Y me he ido por donde había venido (o me he venido por donde había ido).

En Tudela, claro, localidad donde vivo.

Distanciarte y acercarte un poco más (no olvides ese otro punto de vista, que también lo tiene el mentado y doble asunto; y me apuesto contigo doble contra sencillo a que no consigues objetarlo: haz memoria; más de un buen rato hemos pasado en nuestra más que mediada existencia fundiendo en apenas unas horas el amor con el humor, el amor en el humor (o viceversa).

Pronto vi que la vida iba en serio (por recordar un verso muy querido de un poeta leído, Jaime Gil de Biedma).

A mí me ayudó a ser escritor fungir de cronista en algunos números de la revistilla de Navarrete y colaborar con Los jóvenes hablan (que era el título de la de los camilos en Zaragoza) y echar de menos a José Javier, mi hermano muerto, mi muso, a quien le escribí tres o cuatro decenas de poemas (por ahí, en alguna caja, debe estar el poemario en el que los agrupé y titulé “Camino del tú”).

Hace veinte años me quejaba de que no disponía de tiempo material para escribir todas las ideas que me brotaban. Desde que me jubilaron, muchas de ellas las culmino (y algunas, tras firmarlas y verlas publicadas en mi bitácora, me dejan un extraordinario, e inigualable, por impar, sabor de boca).

Plurales han sido las veces que me he planteado la tesitura de comprarme un portátil, pero, por ahora, en los diversos listados de pros y contras que he llevado a cabo siempre han salido airosos, ganando, vencedores, los últimos. Me gustan tanto la “tecla”, donde María Ángeles y tu tocaya Pilar me tratan estupendamente, como el C. C. “Lourdes”, porque queda cerca, a menos de ciento cincuenta metros de mi casa, y donde Eva, Merce, Laura, Pilar y Natxo hacen tres cuartos de lo propio.

La vida es una estupenda maestra (si estás atento a sus lecciones y pones estas en práctica) y, como consecuencia de sus enseñanzas, fautora.

¿Recuerdas que yo también asistí a ese seminario, a esas clases (no sé si a todas) sobre poesía que nos impartió Rosendo Tello (por cierto, aprovecho la ocasión para sumarme a tus ¡gracias!) en la Universidad? Sí; ahí te he pillado (todos tenemos algún agujero negro), pero (no me hagas mucho caso) acaso esté equivocado y fue donde tú también propones, en la calle Baltasar Gracián, o, tal vez, en ambos sitios. Creo que, entre otras cosas, a Rosendo Tello le debo que me aclarara entonces, al final de alguna sesión, el significado del concepto métrico de esticomitia. Si estás con él, lo saludas (y das gracias también a su esposa por cuidar de él) en mi nombre (el de un aprendiz de ruiseñor, que aún lo recuerda) y le animas a que siga urdiendo, lo haga en prosa o en verso.

Cuando te jubiles, ojalá lo hagas con júbilo y disfrutes mucho de tu pensión.

Con las mismas, antes de mi firma, acabaré también esta epístola.

Otro (de tu amigo Otramotro).

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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