El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

A mi sosia/s, Schnitzler, ya no envidio

A MI SOSIA/S, SCHNITZLER, YA NO ENVIDIO

Amada Pilar:

Aunque esta es la primera epístola que te dirijo (es mi deseo y mi esperanza que sean cientos y aun miles las misivas que te urda y mande), juzgo que puede ser pertinente y pintiparado (además de favorable para mis intereses) que te hable de que si, hasta que te conocí, envidiaba a mi sosia/s vienés, Arthur Schnitzler (con quien salvo que coincido con él en su idea de que “estar preparado es importante, saber esperar lo es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida”, que ambos nacimos en el mismo año, 62, de distinto siglo, y otra afinidad o concomitancia que acaso reconozca más adelante, no tengo más parecido con él que las iniciales de nuestra gracia de pila y primer apellido, A. S.), hoy admito que a ese pecado capital, la envidia, ya no le doy amparo o cobijo en mis poros, porque he logrado cepillármelo o desterrarlo de mi piel.

Como sabe quien ha(ya) leído los “Diarios” de Schnitzler, que la editorial chilena Universidad Diego Portales ha publicado este año con selección, traducción y prólogo de Adan Kovacsics, el dramaturgo y novelista austríaco recorrió las calles de Viena con el mismo empeño con el que un experto espeleólogo exploraría las galerías de la laberíntica y promiscua cueva de Eros. Arthur, que no se hartó nunca de alentar su vicio redomado o empedernido de enamorarse y encamarse con cuanta fémina conoció (hoy en día se diría del espécimen que cultivara hábitos semejantes a los que fue adicto el autor de “Relato soñado” —por cierto, con un guion basado en la citada obra de Schnitzler, Stanley Kubrick filmó su canto del cisne, “Eyes Wide Shut”— que era miembro de la cofradía del “culo veo, culo quiero”), mantuvo en dos años y dejó anotados en su diario, por ejemplo, 563 encuentros amorosos con su amante favorita o predilecta.

Como mi vida sexual, por padecer durante tanto tiempo un miedo insuperable a contraer una ETS (enfermedad de transmisión sexual) o ITS (infección), era tan escasa, envidiaba la capacidad amatoria del don Juan, mi sosia/s, Schnitzler.

Como el vienés, yo también acepto que la mujer es superior al hombre; en lo concerniente a inteligencia emocional, verbigracia, lo deja a la altura del barro o betún, en cueros, in albis. Ahora bien, a diferencia de Schnitzler, yo no soy como esa abeja que contribuye a coronar la polinización involuntariamente, al ir libando el néctar de una a otra flor. A mi condición de varón leal siempre le ha acompañado esta otra, la de ser (cuando tuve pareja) novio fiel.

Aunque, en sentido estricto, solo ha habido dos ósculos, besos castos, entre nosotros, por si, tras haber hecho averiguaciones entre mis textos, has encontrado algún indicio que te ha llevado a torcer el morro, ansío que sepas la verdad, que, cuando he escrito antes sobre Chelo (solo conozco con ese hipocorístico a mi prima Consuelo), he llamado así a la mujer que deseaba amar, porque ese instrumento musical, el (violon)chelo, tiene una silueta parecida a la figura de una fémina, la que me consolará, ¿tú?

Te ama tanto que incluso se asusta al comprobar la calidad y la cantidad del amor que te profesa

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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