El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Cuando una/o se enamora se enamora

CUANDO UNA/O SE ENAMORA SE ENAMORA

(Aunque como se lee en “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry —sigo la traducción de Bonifacio del Carril—, libro que vio la luz tanto en francés como en inglés en abril de 1943, “la palabra es fuente de malentendidos”, concédeme, “Chelo” —más tarde entenderás por qué no he podido resistirme a la tentación, a las ineludibles, necesarias y urgentes ganas que me han brotado de llamarte con dicho hipocorístico—, la gracia de que pueda seguir arrancando las epístolas que te trence y remita de la misma guisa —ergo, hazte a la idea de que estas palabras que lees no las estás leyendo en sentido estricto— que he hecho con las precedentes —esta sigue el mismo ceremonial o rito; que “¿qué es un rito?”; si has leído la novela arriba citada, te acordarás de la respuesta que le dio el zorro a la misma pregunta que le formuló el principito: “Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas”—. Por eso las encierro entre los signos ortográficos de apertura y clausura de este paréntesis)

Amada Pilar:

Permíteme que empiece esta misiva citando a Perogrullo: “Cuando una/o se enamora se enamora”. Con el enamoramiento, no te miento, ocurre como con el embarazo, que o se está encinta, preñada, o no se está; una/o no se enamora un poco ni dos pocos ni tres pocos; se enamora o no se enamora; aquí no hay medias tintas posibles; se está enamorado o no se está.

Transcribo a continuación el final del capítulo XXI de “El principito”, donde vierte su autor qué era o qué significaba para él su “rosa”, o sea, su esposa Consuelo (ahora entenderás por qué te he llamado arriba “Chelo”) Suncín:

“—Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.

“El principito se fue a ver nuevamente a las rosas:

“—No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún —les dijo—. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

“Y las rosas se sintieron bien molestas.

“—Sois bellas, pero estáis vacías —les dijo todavía—. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa.

“Y volvió hacia el zorro:

“—Adiós —dijo.
“—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
“—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.
“—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
“—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.
“—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…
“—Soy responsable de mi rosa… —repitió el principito, a fin de acordarse”.

Por si no has leído aún la novela corta, Pilar, se impone que eche mano de la primera parte del diálogo que sostienen el principito y el zorro (un zorro de marca mayor; o sea, astuto —hábil para lograr cualquier fin o reto— y taimado —pronto en advertirlo todo—), donde el zorro responde a la pregunta insistente del principito de qué significa “domesticar”:

“—Es una cosa demasiado olvidada —dijo el zorro—. Significa “crear lazos”.
“—¿Crear lazos?
“—Sí —dijo el zorro—. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…”.

Así como Antoine habla de su esposa Consuelo en su obra (es su encarecida “rosa”), yo hablo de ti, mi “Chelo”, en esta carta. Tú, Pilar, eres para mí la señera señora, la única y sin par (eso significa, precisamente señera) del mundo.

De las mentadas palabras de Saint-Exupéry las únicas que me chirrían son los verbos “perdiste” y “perdí”, que yo hubiera mudado por “invertiste” e “invertí”.

Cuando releí la novela, siendo adulto, el secreto, simple, simplísimo, del taimado zorro me recordó el principio de economía o parsimonia de Guillermo de Ockham, su famosa “navaja” (que formuló de varias maneras, entre ellas esta: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”): “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Con otras palabras, la belleza está, además de en el interior y en las obras de la persona amada, en los ojos de quien pondera esos frutos y la ama.

Te ama tanto que hasta se asusta al comprobar la calidad, la calidez y la cantidad del amor que te profesa

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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