El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Si no salva a Pilar, él se condena

SI NO SALVA A PILAR, ÉL SE CONDENA

Del grueso de las historias de amor que arrancaron o echaron a andar en la calle Cupido del Puerto de la Cruz (Tenerife), durante el mes de julio del año pasado, la mejor documentada acaso sea la que inauguraron, inopinadamente, al alimón, Pilar y Ángel, si a los textos que ha escrito (aunque algunos de ellos no hayan visto todavía la luz) el mencionado en último lugar, “Otramotro”, le sumamos los que llevan la firma de su amigo íntimo, confidente y heterónimo, Emilio González, “Metomentodo”.

Aunque a Ángel (que se había cansado de repetir, hasta hartarse, que, para seguir peregrinando por este valle de lágrimas, dos ingredientes eran fundamentales, dos, el amor y el humor; el primero, para comprender; el segundo, para perdonar; o ¿era al revés?), desde que necesitaba portar, adherida a su pared abdominal, una bolsa de ileostomía, le faltaba el amor de pareja, había logrado suplir esta evidente carencia con una ración doble de humor, con su capacidad para reírse de todo y de todos, sobre todo, de sí mismo. Su vertiente hilarante, capaz de hacer carcajear al ser más serio, era solidaria de su circunstancia personal (que, desde que había leído la famosa frase de José Ortega y Gasset, se había empeñado en salvar), la de un silente y solitario amanuense que no soportaba un gramo o segundo más de soledad.

He llegado a pensar (considero que, de forma acertada, mientras no haya ni halle una objeción en contra con dalle, que decapite o derribe mi creencia) que Pilar, fémina intuitiva, vino a poner en práctica con Ángel la célebre razón orteguiana —“yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella no la salvo yo”—, sin tener conocimiento tal vez de ella. Ese pensamiento lo he enriquecido o apoyado con este otro. “Otramotro”, que otrora, durante una quincena de estíos, aprendió a buscarse en una docena de lugares un sustituto para su familia lejana detrás las barras de los bares donde trabajaba, mientras en esas poblaciones duraban sus fiestas patronales, ahora intentaba (o no ponía obstáculos para) hallarla, muchos veranos después, delante de las susodichas barras. Lo urdo porque, tras hacer Ángel un breve comentario irónico, Pilar le siguió el juego y/o el hilo lúdico de la conversación.

Se pueden proponer infinitos símiles válidos para definir el término “conversación”. Este menda hoy, aquí y ahora, la compara, verbigracia, con una lección de anatomía, donde el profesor de dicha disciplina o materia, por ejemplo, Aristocles, Platón, intercambia ideas con sus alumnos, a fin de desentrañar la verdad de las tales. Así que, cuando señala un músculo, una arteria o una vena, los discentes se esfuerzan por observarlo/as desde sus perspectivas para compartir luego sus puntos de vista y/o conocimiento.

La charla inesperada entre Pilar y Ángel, dos pilares y/o dos ángeles extraños, en una mesa interior del bar del hotel donde ambos estaban hospedados, se pareció a la que en otro lugar del orbe mantenían dos pacientes en la sala de espera de un recinto hospitalario antes de ser llamados para entrar en la consulta del especialista, pues pudo devenir, amén de agradable, benéfica y desestresante para ambos.

Pilar, por arte de birlibirloque, se mostró a los ojos de Ángel como un pilar afable y desconcertante, por representar, seguramente, el tipo de mujer que él había ignorado o al que apenas había prestado atención hasta entonces.

Al final de la primera jornada de vacación, Cupido, con la primera flecha, hizo pleno, al atravesar o ensartar con la misma sus corazones.

Hoy, 28 de junio, viernes, a las diez de la mañana, he logrado interpretar el sueño que ayer me refirió Ángel; en concreto, he conseguido descifrar el mensaje que el dios del amor, Cupido, había escrito, a lo largo del proyectil, con letras diminutas, en estos tres renglones: “Esta flecha os insta a que hagáis algo grande juntos. Aprovechad y aprended a compartir como lo que es, un don divino, el par de lustros de amor pleno que tenéis por delante. Llenad de contenido inolvidable lo que nadie os podrá quitar nunca, esta década inmarchitable, prodigiosa”.

Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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