TEIDÉPOLIS, UN PUZLE EN “EL MOSAICO”
Iris Gili Gómez fue y es (confirmo que sigue siendo, a pesar de los peros y pesares que gravitan y circundan nuestra especial circunstancia central, la repanocha) mi fémina favorita. Un bendito día de estío la escogí (entenderé a quien/es me objete/n, siempre que aduzca/n este motivo, que no fui tan libre a la hora de elegirla, porque, en sentido estricto, esta se me impuso), como mi amada musa tinerfeña, por diversas razones de peso (el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, ella o él, tendrá que conformarse con las dos que voy a referir aquí, acaso por ser las precipuas o principales): porque leí (me sentí un privilegiado al poder pasar mi vista por varias de las teselas que encabezan “El mosaico”, novela entonces inédita) las páginas iniciales de la obra del año siguiente, acaparadora, coleccionista o imán de premios; y porque advertí tantas capas en ella que barrunté que, por mucho que la explorara, no llegaría a desentrañar nunca del todo su personalidad poliédrica, versátil, aunque fueran muchísimos los años que viviera.
Como cada quien, Iris también tiene sus manías y/o matices. Accede a quitarse velos paulatinamente, a dejarse descubrir solo cuando a ella, caprichosa y seductora, le apetece o viene en gana. Si no todo, mucho de lo que se ha dicho o escrito sobre ella, verbigracia, que es camaleónica y contradictoria (pero, alguien puede decirme ¿qué genio no lo fue?), es cierto; y, asimismo, que tiene un sentido del humor muy personal o suyo; y también, que se reinventa cada día y que no dejará de reinventarse mientras viva, porque ese es uno de sus, como ella reconoce, oxímoros, libres sinos.
Iris podría ser (fingir y fungir de) una femme fatale, o la protagonista femenina de una novela negra y otra y otra… con su mismo nombre de pila o con otro, pero interpretando un papel distinto en cada una de ellas.
¿Miente Iris? Por supuesto; cada vez que empuña una péñola o bolígrafo o le da a las teclas, aunque narre hechos ciertos, lo hace; y sin parar. Lo fantástico o ficticio echó raíces en su ser nada más nacer (aunque tardó años en darse cuenta de ello). La mentira la mamó cada vez que su progenitora le ofrecía generosa su apetente pezón.
Teidépolis, la ciudad donde ocurre todo o de todo (lo bueno y lo malo, el cielo y el infierno, lo grato y lo detestable, el sueño y la pesadilla), la única que aparece o sale en “El mosaico”, la ideó Iris con partes de los distintos municipios de la mayor de las Islas Canarias donde vivió. En “El mosaico” Iris cuenta la patraña de que Teidépolis se erigió, como se edificaron otras antes en el mundo, después de lanzar publicitariamente agresivas campañas de propaganda mendaz en los mass media, a fin de animar a los posibles, ora crédulos, ora incautos, compradores, a que dieran el último paso, el definitivo, y, así, terminar de persuadirlos de que fueran sus futuros residentes. Cuando estos, convencidos de haber adquirido un trozo del edén, comprobaron, de manera fehaciente, el rosario de bretes e inconvenientes, entonces, solo entonces, se dieron cuenta de que habían sido engañados como chinos por pillos profesionales y que debían apechugar con las incómodas consecuencias, porque ya era demasiado tarde para desandar tanto horroroso y errado camino.
Ángel Sáez García