LAS CUATRO LUMBRES DE UNA ALHAJA HUMANA
A IRIS LE ESTARÉ SIEMPRE AGRADECIDO
Aunque Iris tuvo la gentileza (por la que quedé endeudado con ella y le estaré eviternamente agradecido) de mandarme una gruesa manta de cuatro colores (los primordiales; hay quien, más que ver, imagina que los contiene todos y, por eso, goza un montón y le peta otro airear, a voz en cuello, que acarrea la gama entera, el arcoíris), que es lo mismo que proferir que me envió un correo con cuatro estupendas fotos suyas adjuntadas, en las que quedó retratada tal y como ella estaba en esos cuatro momentos distintos, y como es, natural, sencilla y bellamente ataviada, sin maquillar, guapa, preciosa, qué inmenso e intenso frío he tenido, cuánto frío he sentido desde entonces. Habiendo transcurrido más de dos meses de aquella bendita mañana del día de Nochebuena del año pasado, el doble veinte, fatídico, por letal, en la que ella, mi musa, me hizo tan dichoso, insisto en iterarlo de nuevo, cuánto frío he sentido desde aquella fecha en la que quedé, por su inmejorable proceder (Iris me hizo un inesperado regalo), tan satisfecho.
No sé si Iris intuyó lo que iba a pasar (y a mí tanto me iba a pesar), que el frío invierno iba a ser tan crudo, pero menos mal que tuvo conmigo el delicado gesto (vocablo que, cuando tiene que ver con ella, suelo mudar en femenino en un pispás y convertir en algo aún más grande, una gesta) de mandarme esos cuatro fuegos de sendas hogueras, donde logro atenuar mi frío y mitigar mis escalofríos.
Desde que (por culpa de los sucesivos pólipos cancerígenos, que en cada nueva colonoscopia que me hacían tenían que eliminarme) tuvieron que extirparme, primero, parte (cincuenta centímetros) y, luego, todo el colon (asimismo, siempre le estaré agradecido al doctor “agua” —y a sus colegas, con los que había logrado cohesionar un competente equipo de cirujanos coloproctólogos—, llamado por el abajo firmante así por haber llegado a conformar con las letras iniciales de su nombre y dos primeros apellidos, Héctor Ortiz Hurtado, la fórmula química o representación molecular del agua, H2O, o sea, el hidróxido de hidrógeno, el líquido elemento, tan importante e imprescindible para la vida), siempre tengo frío.
Como, antes de apagar la luz y de tratar de conciliar el sueño, suelo leer unas páginas del libro que tenga entre manos en la cama, como acto previo a acostarme, procuro atemperar la frialdad de las sábanas con una bolsa de agua caliente (sensu stricto, recién hervida); si no, los pies no me entran en calor durante toda la noche (reconozco que exagero, sí, y que la hipérbole es una herramienta que, como uso con relativa frecuencia, no falta en mi caja de las tales).
Cada una de esas fotos, repito, es un fuego. A veces, me muestro lúdico con las llamas, que se llaman sin parar unas a otras y a grito pelado, en medio de esas hogueras, y juego: a ver qué instantánea es capaz de calentarme hoy más y mejor. Esas cuatro lumbres, además de, si no quitarme, al menos, suavizar mi sensación de frío, me alumbran; pero no tanto como los rayos solares, que si a Iris le obligan a ponerse sus proverbiales gafas negras, para no ser cegada por Lorenzo, a mí me ponen y mantienen en alerta, para no perderme ninguno de los destellos de esa joya que es o representa a la perfección ella, una alhaja humana, en cada brinco de chispa que apadrina o amadrina cada una de esas cuatro lumbres, que atesoran la triple virtud de alumbrar, deslumbrar y encumbrar.
Como en todos los corros formados alrededor de todas las lumbres de todos los inviernos habidos y por haber puede colarse de rondón, sin ser vista ni oída, Átropos, la más anciana y flaca de las moiras (en Grecia; llamadas parcas, en Roma), a quien se le conoce más por su mote “La que falla (ojo, con dos aes) que no hay posibilidad de cambio o vuelta de hoja”, confío, deseo y espero que, a pesar de la inherente ironía, se entienda el homenaje, y Dios escuche y atienda esta, mi plegaria/súplica, y el presente texto, que me dispongo a rematar, no acabe como lo hace “El huerto de Emerson”, de Luis Landero, que (¡qué pena!, he terminado de leer, pero pronto volveré a pasar mi vista por él) corona el pacense, de Alburquerque, de esta bella guisa: “Solo la vieja a la que nadie conoce y por la que nadie pregunta tiene en el rostro la sombra dorada de una sonrisa imperceptible. Así fue siempre, durante siglos, cuando en las casas la gente se reunía toda junto al fuego”.
Ángel Sáez García