El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Nos hemos despedido ósculos dándonos

NOS HEMOS DESPEDIDO ÓSCULOS DÁNDONOS

Ayer soñé que, de camino a la biblioteca pública de Tudela, adonde, desde que estoy jubilado, acudo de ordinario, de lunes a viernes, salvo que esté enfermo o una jornada festiva haya caído dentro de dicho tramo, claro, a escribir, sensu stricto, a pasar a ordenador lo previamente escrito a bolígrafo (me canso de aducir que no dispongo de computadora en casa ni de acceso a Internet, lo que es la pura y dura verdad, pero en más de un caso mi confidencia ha resultado poco convincente o persuasiva; allá vaya cada quien con sus incredulidades) me encontraba en la calle, en concreto, en la acera de los pares de la Avenida de Santa Ana, a la altura de la tienda de fotografía que regentan Alfredo, el dueño, y sus hijas, con Rosa, una de las profesoras/alumnas (y es que juzgo que un docente decente y bien preparado nunca podrá llegar a óptimo si no aprende cada día algo nuevo de sus discentes, hasta de los menos capaces, sí) que tuve en un taller de creación literaria que impartí otrora, hace muchos años, más de dos décadas, en el Centro Cívico La Rúa de la capital de la Ribera Navarra.

Me ha comentado que había empezado a escribir sus memorias, pero que se había atascado en el primer folio; que ponía todo de su parte, ganas, empeño, perseverancia, pero que no trenzaba una sola línea (y, cuando la urdía, se veía empujada a borrarla o tacharla); que había leído y releído varias veces las seis libretas de notas que había acopiado, incluidas las que tomó con la grata ocasión de aquel provechoso (al menos, para ella y para mí) taller de marras, pero que no avanzaba; que se había encallado en el primer folio y allí seguía, sin saber cómo salir del aprieto, atolladero o brete. Y que se le había abierto el cielo al verme, ya que, al instante, ha pensado esto, “por fin, un ángel, mensajero de dicha”, pero no lo ha llegado a proferir. Le he aconsejado encarecidamente que no se hiciera ilusiones, pero, a bote pronto, me ha dado por preguntarle lo obvio, si ya había resuelto la cuestión, precipua y previa, de si había decidido contarlo absolutamente todo o solo la mayor parte, el grueso de lo que le convenía a ella que se supiera, porque tenía esposo e hijos. Este apunte le ha hecho el efecto apetecido, porque se ha quedado ensimismada, cavilando.

A renglón seguido, le he comentado que las memorias no dejan de ser una relación de hechos rememorados y, a veces, la memoria nos falla o falta a la verdad, pues sumamos en una sola jornada, un hito, sucesos diversos ocurridos en días distantes y distintos; que son una versión aproximada, subjetiva, de la verdad vivida e interpretada; que, aunque unas muestran más y otras menos, todas son incompletas y que son variopintas por la complejidad y contradicciones que es capaz de acarrear una mente y amparar un corazón humano. Hay memorialistas que dicen que lo cuentan todo, sin tapujos, pero solo desde su personal e intransferible punto de vista o perspectiva y hay quienes dejan en el tintero aquello que puede dañar innecesariamente a sus seres más allegados. Hay quienes vierten en ellas hasta sus secretos más oscuros, que llevan ocultando en su caja fuerte, bajo llave, desde la niñez.

Me ha manifestado que deseaba arrancarlas con la confesión de un episodio injusto, negro, triste, este, que había sido violada (necesitaba contarlo para dar al resto la misma apariencia de credibilidad y verosimilitud) en su adolescencia por un primo suyo, pero que se daba asco, que sentía náuseas cada vez que intentaba volver a recordar aquel infierno, las renuentes sensaciones dolorosas de antaño que, velis nolis, tuvieron que padecer inicuamente sus tiernas e inocentes carnes.

Le he propuesto que probara a hacerlo de un modo literario, como si hubiera sido un sueño que hubiera tenido recientemente o uno repetitivo y que le urgía narrar sin falta, de una vez para siempre, para, así, con un solo tiro, poder conseguir el doble propósito de pasar página y facilitar cuanto antes su olvido. Ni siquiera había terminado de formalizar mi propuesta cuando he  atisbado que ella iniciaba el esbozo de una sonrisa.

Nos hemos despedido dándonos sendos ósculos (¡llevamos tanto tiempo echando de menos abrazos y besos! que es normal que soñemos que no fingimos ni simulamos que nos los damos, porque la realidad nos lo impide por culpa de la dichosa pandemia del bicho).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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