CUANDO EL ÚLTIMO AMOR PICA EN MI PUERTA
PROPICIO PUEDE SER UN CLAVO ARDIENDO
Cuando el amor llegó a mi puerta y picó con el nudillo de su dedo índice o pulsó el timbre anejo a ella, no siempre hice lo correcto, lo que debía. Como conviene ser honesto y asumir los yerros propios para poder extraerles luego el máximo provecho, hice lo oportuno, aceptar lo sucedido. Las primeras veces, por ser servidor un inexperto, un pipiolo en las lides amatorias, me limité a mirar por la mirilla, comprobar y gozar al contemplar, a través de ella, que la causa de que yo sintiera mariposas en el estómago y el origen de mi bienestar, el sujeto de mi amor y su rostro bello, se hallaban allí, a escasos centímetros, pero cual tímido, temeroso de no saber sacarle todo el jugo o zumo a la feliz ocasión de experimentar ese placer tantas veces anhelado, desconocido, o disfrutar antes de tiempo del soñado apogeo que ese misterioso proceso comportaba, me hice el ausente y dejé que la fémina, una joven preciosa e inteligente, un bombón, un pibón, se marchara por donde había venido.
Recién llegado al campus universitario de Zaragoza, iniciada la carrera de Medicina, tras reconocer sin ambages que había cometido un craso error, al constatar que carecía de los rudimentos necesarios para salir airoso de ese brete mayúsculo (si, años antes, había atinado al optar por lo apropiado y coherente, estudiar el BUP y el curso preuniversitario por letras, la satisfactoria labor social matutina que, mientras estudiaba COU, llevaba a cabo los sábados en el asilo que había entonces en la zaragozana calle Cartagena, me empujó humanitaria y románticamente a marrar, al inclinarme, sin atesorar la formación pertinente y requerida, por ser galeno), igualmente, me vi abocado, por el retraso conceptual evidente que, comparado con mis compañeros de aula, acarreaba, más bien arrastraba, a renunciar de nuevo al amor, por querer subsanar cuanto antes, a base de horas y más horas de estudio, dicha rémora.
Aprendí (saqué lecciones oportunas) de los desastres antedichos, pero la libertad, en el grueso de los casos, depende de circunstancias que uno no controla. Intenté salvarlas salvándome o salvándolas salvarme, es decir, retomar el camino o la senda que no debí dejar y, acudiendo de ordinario a la Facultad de Filosofía y Letras, finalicé Filología Hispánica. Como para poder estudiar tenía que cumplir la conditio sine qua non o el requisito inexcusable de trabajar muchos fines de semana de camarero (el dinero de la beca, mi contribución a la economía familiar, lo solía cobrar mi padre, mediante el oportuno talón, en el mes de abril o mayo), en bares de Alfaro y Rincón de Soto, localidades riojanas, sobre todo, y fungir (que no fingir) de tal durante los veranos (comenzaba mi itinerario estival, a finales del mes de junio, en las fiestas patronales de Castejón de Ebro y lo terminaba, mediado el mes de octubre, en las de Villava), en las ocasiones en las que se me presentaba la disyuntiva de optar entre el amor y el trabajo, me decantaba asiduamente por el último (sobrevivir era prioritario). Y es que la realidad pura y dura, mi incontrovertible condición de notorio insolvente económico, casi siempre se imponía.
La realidad es una, pero cada quien ve la suya. Si tu punto de vista coincide con el primer sumatorio llevado a cabo con un porcentaje considerable de visiones singulares, particulares, al menos, con una pequeña parte de ese todo consensuado, no te verás socialmente desplazado; ahora bien, si no cuadra o encaja con nada, o sea, si tu perspectiva disiente abiertamente de él, aunque, a la postre, se (de)muestre, de manera fehaciente, que tú estabas en lo cierto, que tenías razón (compárese con el caso proverbial de Galileo Galilei), prepárate para lo que te vendrá encima de inmediato, lo malo, sentirte una isla o que te hacen el vacío por doquier, porque constatarás, indefectiblemente, que eres orillado, arrumbado, o aún peor, te sentirás un don nadie, porque comprobarás indignado cómo se confabulan para ningunearte.
La primera vez que vi y hablé con Iris, conforme ella me narraba, a grandes rasgos, su odisea existencial y la iba conociendo paulatinamente, tuve una epifanía o revelación, porque advertí y deduje que, como ella había sufrido también lo suyo, entendería fácilmente las decisiones que otrora adopté, los padecimientos que había ido acopiando y mis vicisitudes; y me dejó la impresión refractaria (aunque yo no creo en la metempsicosis o la transmigración de las almas) de haberla conocido antes (¿en otro “cronotopo”?, ¿en una vida anterior?) y aun de toda la vida; y llegué a la conclusión (¿precipitada?; pues sí y no, porque en la vida hay momentos en los que las certezas que se presentan se imponen de una manera definitiva, sin vuelta de hoja) de que, a pesar de nuestra clara diferencia de edad, podríamos formar una pareja ubérrima (ejerciendo, al principio, ella de musa y el abajo firmante de amanuense y, más tarde, a la inversa o viceversa). Si eso es lo que asidua y últimamente acaece, estando alejados, casi casi incomunicados, a miles de kilómetros de distancia, cabe preguntarse qué ocurrirá cuando el vello de nuestras respectivas pieles se erice, debido a la tantas veces deseada y deseante cercanía o proximidad.
No puedo dejar que el tren del amor (porque acaso no tenga otra oportunidad) reanude la marcha sin que yo me haya subido antes con Iris en él.
Ángel Sáez García