El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Epístola sin título ni firma

EPÍSTOLA SIN TÍTULO NI FIRMA

“Vivimos sometidos a las habladurías ajenas. Apenas un puñado de personas en el mundo controlan cada palabra que se dice de ellas. Qué envidia, ser el novelista de tu vida y escoger tú mismo los silencios”.

Sergio del Molino, en su columna “Poder”, publicada el domingo 21 de marzo de 2021 en la página 51, penúltima, del diario EL PAÍS.

Hoy, pocos minutos después de las catorce horas, tras abrir la puerta del buzón, he hallado, dentro de él, un sobre verde cerrado, sin sello que obliterar o cancelar, en cuyo interior había un folio escrito con pluma por las dos caras, una carta manuscrita, sin título ni firma, cuyo contenido no tardaré en transcribir. No obstante, antes de coronar dicho menester, dejaré constancia expresa de lo que he conjeturado e intuido, aunque reconozco que carezco de las pruebas que demuestren, de manera fehaciente, que es apodíctico cuanto he considerado e inferido verosímil y más que probable. Quien introdujo el sobre de marras en mi buzón o mandó y pagó para que alguien lo hiciera no me solicita en la carta que servidor la publique en la bitácora que gestiona en Periodista Digital, el blog de Otramotro; si he optado por llevar a cabo tal cosa, por mi cuenta, ha sido por este concreto motivo: juzgo que su contenido es mera ficción.

Dice así la sin rótulo ni rúbrica, que dos títulos previos, provisionales, ha tenido (“La felación me hacía sin ir ebria”, “Me hacía la mamada no mamada”; si te repele, atento y desocupado lector, ya seas ella o él, por obsceno, mi uso del lenguaje, ve en Netflix “Sky Rojo” y luego opinarás con más conocimiento de causa y criterio:

“El lunes de la pasada semana se cumplió un mes cabal desde que dimití del cargo/puesto institucional que ostentaba/ocupaba. Como, desde aquella infausta jornada, la fantasía de unos (hembras y/o varones) y la imaginación de otros (ídem) no ha dejado de idear o pergeñar cientos de teorías sobre la verdadera razón que me llevó o empujó a delinquir, a suplantar varias veces la personalidad de quien me odia y a quien detesto, pues no se puede esconder u ocultar lo obvio, que nos aborrecemos mutua o recíprocamente, he decidido empuñar la pluma y escribir las líneas que siguen:

“Ahíto de escuchar y leer un sinfín de tesis sin pies ni cabeza, sin base o fundamento, sin pase, aunque, en un principio, había pensado solo reconfesar los porqués de mi comportamiento durante el juicio, como puede que haya alguna filtración interesada, ya que los autos del proceso se siguen en el Juzgado de Instrucción número 6, he decidido no procrastinar más la verdad pura y dura.

“Está claro que nadie, ninguno de nosotros, estamos libres de poder meter la pata hasta el mismísimo corvejón. Los doctores (en el ámbito del conocimiento que sea) también. A fin de dar mejor el pego, me dejé barba, me rapé la cabeza al cero y acomodé mi aspecto físico al del demonio que debía suplantar. Hablé con un prestidigitador, que no era taumaturgo o mago, no, sino un carterista semiprofesional, para que le sustrajera al íncubo su billetera, que suele llevar en el bolsillo interior izquierdo de sus americanas. Pactamos que le daría, como le adelanté, 200 euros, de anticipo, y 300 más, al entregarme, sin la pasta que portara el diablo en ella, claro, la susodicha cartera. Con su DNI en mi poder, probé y ensayé hasta que firmé como él. Abrí a nombre del suplantado una cuenta de correo electrónico en Gmail y contraté una línea de teléfono móvil en Amena. Todo esto ya lo sabe el magistrado, porque, poco más o menos, se lo conté, cuando comparecí ante él, así, tal y como lo acabo de contar aquí.

“No tragaba a José Luis Iriarte Jiménez desde que me dejó en feo en una conferencia que di en nuestra Facultad, porque, en el turno de preguntas, me enmendó dos errores que había cometido durante la misma, una fecha y el título de un opúsculo. Pero lo aborrezco, sobre todo, desde que me levantó, me birló vilmente, una amante o querida, una alumna despampanante que me hacía todo lo que le asqueaba realizar a mi esposa (salvo cuando iba borracha, me refiero, por supuesto, a mi mujer) y me llevaba a la gloria. Así que todo lo que culminé, los delitos de mi impostura, tuvieron un único fin u objeto, obtener información con la que perjudicarle luego profesionalmente (ante los colegas) y personalmente (ante su cónyuge e hijos) para que padeciera lo mismo que sufrí, por culpa de él, un bocazas, la aversión u ojeriza de sus seres más allegados”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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