El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

El talismán cayó en la alcantarilla

EL TALISMÁN CAYÓ EN LA ALCANTARILLA

   Un objeto, sea del jaez que sea, no deja de ser un objeto. Ahora bien, está claro, cristalino, que si, por la razón que sea, verbigracia, porque otras/os le concedieron a dicho adminículo una capacidad o habilidad sobrenatural, o porque, a pesar de que nosotros nos cansamos de aseverar otrora que éramos unos escépticos redomados, acabamos por asumir el hecho o terminamos por creérnoslo a pies juntillas, es lógico y normal afirmar hoy que, desde entonces, ejerce de amuleto o, en su defecto, al ser nosotros mismos quienes le otorgamos un poder mágico o una virtud portentosa, que este haya devenido talismán.

   Eso me pasó a mí, precisamente, con una figurita, con el rey mago, que me tocó en suerte en el reparto equitativo, en porciones, de un roscón de reyes, al que yo, por mi cuenta y riesgo, juzgué oportuno atribuirle, a pesar de mi defensa a ultranza y la devoción que siento por el método científico, semejante capacidad curativa a la que otras/os confieren al ensalmo.

   Como el suceso ocurrió a mediodía en la calle más céntrica y transitada de Algaso, cada uno de los numerosos testigos presenciales del mismo lo contará a su manera. A mí no me extrañaría nada (de nada), eso es lo que ya cató mi pituitaria entonces, que unas/os añadieran información y otras/os la suprimieran, porque acaso consideraran que esos datos eran innecesarios y, además, pudieran contribuir a dificultar la correcta intelección de lo acaecido, a fin de que todas las piezas del puzle encajaran, o que no le sobraran ni faltaran al mosaico resultante teselas.

   Esto fue, grosso modo, lo que aconteció. Acababa de salir por la puerta de la clínica dental que regenta mi amigo íntimo Luis Quirico Calvo Iriarte, médico odontólogo y estomatólogo, que me había realizado una rutinaria limpieza bucal; y, despreocupado, deambulaba por la calle principal de la villa, cuando un mendigo que estaba en la acera de los pares de la rúa peatonal, de rodillas, me pidió una limosna. Metí la diestra en el bolsillo derecho del pantalón que a la sazón vestía, donde suelo llevar, además de calderilla, mi figurita de marras, que funge y no finge de mi talismán. Y saqué en la palma, junto con varias monedas a mi “clavo ardiendo”, pero lo hice con ocasión de un casual e inoportuno empujón, o sea, con tan mala fortuna que, con el euro que me disponía a entregarle al mendigo, se me cayó y coló, por alguna de las rendijas de una infausta alcantarilla que había a ras del suelo, el rey mago. Eché un vistazo concienzudo (si dicha combinación, estructura sintáctica o hermanamiento, mera traducción del vocablo francés “jumelage”, es posible, porque contiene un oxímoron notorio) en su interior con la inestimable ayuda de una linterna que pedí y me cedió o dejó prestada el encargado de la zapatería que quedaba a esa altura de los pares, pero no advertí rastro del uno ni del otro, pues se los había tragado el sumidero. Hubiera preferido que se me hubiera caído allí todo el dinero, la calderilla que portaba en el bolsillo diestro del pantalón, a perder para siempre y no poder acariciar más a mi rey mago, mágico, de verdad.

   No recuerdo, de veras, si, tras el disgusto, le di algo al mendigo o no.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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