El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¡Qué chopera de mástiles y jarcias!

¡QUÉ CHOPERA DE MÁSTILES Y JARCIAS!

Hoy he vuelto a soñar, cosa rara, que mi padre había venido solo, sin la asidua compañía de mi madre (al menos, ella no ha aparecido, mientras ha durado el sueño, por ninguno de los lugares que hemos recorrido juntos), a mi casa de la playa para ayudarme a pasar a limpio con el ordenador lo que había escrito este menda durante la semana a mano, exactamente, 33 folios, o sea, más de la tarea que me había autoimpuesto, 3 folios, (eso sí, por las dos caras) al día.

Llevábamos más de dos tercios del trabajo hecho, pues me hallaba dictándole el folio 24, cuando, en el momento preciso que hacía referencia, por segunda vez, a “la dársena de Marisol”, que cabía divisar desde la ventana de mi escritorio, con tanta embarcación amarrada, áptera, sin sus amplias, bellas y coloridas velas, que gozaban sobremanera cuando se exhibían henchidas, pletóricas, hallándose en mar abierto, semejaban ahora una chopera de mástiles y jarcias, en concreto, la chopera (aún no extinta) invernal del (todavía no extinguido) colegio navarretano de los religiosos camilos, donde estudié los tres últimos cursos de la caduca Educación General Básica (EGB) y donde insistiré, una vez más, viví los mejores años de mi vida, mi Cielo en el planeta La Tierra, cuando, ¡qué cometa ha pasado, que yo no me he enterado!, mi padre me ha hecho el comentario de que esa metáfora no le gustaba.

“¿¡Cómo!?” he exclamado y preguntado al alimón. Le he argumentado que respetaba su opinión; que aceptada y asumía que no le agradara el tropo escogido, pero que ese era, precisa y preciosamente, según mi criterio, el título que, tras muchas probaturas y, tras hacer un listado de pros y contras, había determinado que iba a llevar la novela; así que le he recordado un dicho suyo, “¡a lo que estamos, Ramos!”, y le he recomendado que siguiéramos a lo nuestro, a lo que nos había juntado en mi despacho, sin persistir en lo que discrepábamos abiertamente. Me ha preguntado si me había sentido ofendido por su comentario, tal vez, impertinente, y le he contestado que no; y le he razonado de esta manera: “Ya sabes cuál es mi parecer, al respecto; que quien menos piensas, cualquier persona, ora perita en un campo del saber, el que sea, ora principiante o pipiola, puede darte, de manera insospechada, la clave o la solución para que arribes indemne, sano y salvo, a tu, llámalo como lo llames, Ítaca o Éxito, anhelado puerto”.

Me ha replicado de esta guisa: “Como te conozco, hijo mío, sabía que te iba a extrañar y hasta importunar o incomodar mi juicio, pero lo he hecho por una razón de peso, porque he rememorado qué te escuché referir, en cierta ocasión, a propósito de tu querido ‘Don Quijote’, de Cervantes, de quien sostuviste entonces que dicho autor, como había hecho asimismo su inmortal personaje literario, se inventaba o imaginaba pasiones, presiones, esto es, situaciones irreales, pero verosímiles, para probarse y ver cómo salía, si airoso o escaldado, de esos aprietos o bretes”.

Y ha seguido reflexionando, de modo coherente y oportuno, así: “Carezco de los conocimientos y de la formación filológica y filosófica que tú has adquirido no sin denodado esfuerzo, hijo, así que supongo que has deducido y entendido por qué he hecho el comentario, para ver si estabas seguro y tenías bajo tu control los folios de tu novela, en resumen, las cosas claras. Siempre me has dicho que podía leer, eso, sí, sin doblar ninguna página, como era mi mala costumbre, cualquier novela de las que había en tu pequeña biblioteca, en lugar de las que yo elegía llevarme habitualmente a los ojos, las del oeste, de Marcial Lafuente Estefanía, pero yo me conformaba entonces con pasar un buen rato, sin pensar, no como tú, que, a veces, te escuchaba despotricar a través de la puerta de tu cuarto, lamentándote y llamar, verbigracia, al autor (ella o él) que estabas leyendo, patán o zafia, por no satisfacerte o, peor aún, disgustarte sobremanera aquella parte concreta del libro que el hacedor (hembra o varón) habían escrito”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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