PRETEXTO QUE IDEÉ COMO DISCULPA
In illo tempore, hace la tira de años, yo acostumbraba a llevar encima una pequeña libreta de anillas en la que solía apuntar las ideas que me brotaban, nacían o surgían, y sobre las que luego intentaría coronar en la paz de mi cuarto, acompañado de la soledad y el silencio, estupendos y habituales compañeros de obra, paseo, peregrinaje o viaje, sus correspondientes textos. En uno anotaba esto: “chistera, prosa”, y esas dos palabras bastaban para recordármela; en otro “Recha, Pula, Benita”, y esos dos nombres de cabra y el de oveja eran suficientes para narrar la anécdota que le ocurrió a un rebaño de cabras y ovejas que cuidaba cierto aprendiz de pastor y poeta. Hubo más de una vez, de dos, de tres y de diez que aquellos breves apuntes quedaron en agua de borrajas o cerrajas, en nada (de nada), porque, cuando dispuse de las condiciones propicias para redactarlas y procedí a aprovecharlas a fin de culminar dicho propósito, yo ya no recordaba ni sabía qué ideas encerraban o concentraban esas escuetas anotaciones.
Escribir, como suele hacer este menda, con bastante antelación, en muchos casos, sobre la fecha de su publicación, tiene un inconcuso inconveniente, pues, cuando le toque a un texto ver la luz y vuelva a leerlo unos días antes de alumbrarlo, si es que me da tiempo a hacer tal cosa, releerlo, acaso me lleve un alegrón o una decepción, al llamarme la atención lo bien o mal que está escrito, o sea, lo estupendamente que me quedó o, al contrario, lo opuesto, pues las dos experiencias las he vivido, según mi opinión o parecer actual; y aquí no advierto grieta o rendija por donde pueda colarse la objeción.
Tengo para mí que es un desafío vano, inútil, baldío, meramente imposible de conseguir, intentar recordar en todos los casos la razón concreta, precisa, por la que este menda urdió este escrito, ese y/o aquel. Acaso pueda hacer tal cosa quien escribe poco, pero para quien trenza a diario, y no uno, sino varios textos, ora en prosa, ora en verso, eso resulta poco probable o, insisto, imposible. Yo, por lo general, si tengo clara la tesis que voy a defender o sostener en él, suelo tardar, de ordinario, una hora en redactar a mano un escrito en prosa, de folio y medio, mi distancia asidua (me refiero a la primera versión o borrador, al sucio, me gusta manifestar a mí), y como tengo la costumbre de hacer tres versiones, al menos, la final está lista en tres horas, aproximadamente (mutatis mutandis, como suelen comprobar la partera y el odontólogo, unos salen sin aparente esfuerzo; otros precisan usar inexcusablemente el fórceps). Al día siguiente, por supuesto, acudo a la biblioteca “Yanguas y Miranda”, sita en la tudelana calle Herrerías, donde me atienden de lujo Pilar, Teresa y Luis, y lo paso a ordenador, pues yo debo ser uno de los pocos escritores del orbe que no tienen computadora.
Los tres párrafos precedentes tienen que ver con lo que sigue (así que, al atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, le recomiendo, con especial encarecimiento, que no deje entreabierta la puerta de su casa, para que no pueda entrar, de rondón, el pánico). El sábado pasado, en el “Viticas”, nuestro preferido bar tudelano, mientras Diana tomaba una infusión (de lo que fuera, no lo recuerdo, porque ella fue la que le pidió al camarero la susodicha) y Pío y servidor cerveceábamos, Fraguas me preguntó qué quería decir en una de las cuatro décimas que le había enviado en la última remesa (las habituales cuatro espinelas, que vieron la luz, de viernes a lunes, en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro), que rotulé así, “¡Qué bien finge el que aparenta!” y subtitulé “¡No funge y dos sueldos renta!”. Leí los versos del poema, pero no conseguí ni supe darle una explicación convincente, satisfactoria, porque no tenía allí, en el citado local de hostelería, la herramienta que sí dispongo en casa, en concreto, el “Nuevo diccionario esencial de la lengua española”, editado por Santillana en el año 2000. Volví a consultar en él la palabra “pipón” y leer sus significados y a entender por qué escribí lo que quedó escrito: “1. Amér. Barrigudo. 2. Amér. Lleno, harto de comida. 3. Ec. Se aplica al que figura en nómina y cobra un sueldo sin trabajar. 4. P. Ric. Niño”. Si lo hubiera tenido a mano, hubiera solventado en un santiamén la duda de Pío.
Si es verdad incontrovertible e/o irrefutable que, “excusatio non petita, accusatio manifesta”, o sea, que “excusa no pedida, acusación manifiesta”, asumo (y no me duelen prendas reconocer) el hecho, pues he hallado en una respuesta que otrora dio Antonio Ros de Olano (1808-1886), general al que le debemos el nombre de ese gorro militar, ros, que solía aparecer con frecuencia en los autodefinidos de antaño (ignoro si eso sigue sucediendo en los crucigramas de hogaño), la explicación al caso concreto que nos acaeció el sábado pasado. Un día le preguntaron al citado militar, amigo íntimo de José de Espronceda, qué tesis quería mantener en su obra “El doctor Lañuela” (1863), novela de carácter esotérico, esto es, complejo, confuso, enredado, y el susodicho general respondió: “Cuando la escribí, Dios y yo la sabíamos; hoy solo la sabe Dios”.
Ángel Sáez García