¿CAERÁ EN PLAYA JARDÍN UN MISIL?
Durante mis últimas vacaciones estivales en el Puerto de la Cruz (patria chica del fabulista Tomás de Iriarte, en cuya biblioteca, por cierto, si no recuerdo mal su nombre de pila, mi coetáneo o quinto Antonio, uno de los responsables de la misma, me atendió con exquisitas diligencia y amabilidad, o viceversa), Tenerife, la mayor de las Islas Canarias, donde se yergue imponente y majestuoso el Teide, salvo los dos días escasos que estuve ingresado en sendos recintos hospitalarios canarios, el Hospiten/Bellevue (tumbado decúbito supino en dos camillas de uno de sus boxes), del Puerto, y en el Universitario de Canarias (HUC, encamado en la sección 3), de Santa Cruz, los once días restantes de merecido descanso, tras desayunar en el comedor del hotel donde estaba hospedado, sito en la portuense calle Cupido, me desplacé andando hasta Playa Jardín, y allí me solazaba y relajaba viendo cómo las olas, semejando caballos de espuma, piafaban sus patas delanteras, que se fundían y confundían con sus crines blancas, al barruntar que estaba cerca la raya (ora creciente, ora menguante) de la playa.
Acostumbraba a quedarme de pie, a una prudente distancia (el mar siempre me plugo, pero su innegable atractivo, ¿mero imán?, me daba esta vez miedo, ¿por qué?; lo desconocía y mentiría como un bellaco si urdiera aquí lo opuesto; acaso lo explique el sueño que la pasada noche tuve, mientras me hallaba plácidamente dormido en los mullidos brazos de Hipnos), sin atreverme a hacer lo que en otras numerosas ocasiones coroné sin miramientos o prevenciones, ya que juzgaba entonces que estaban fuera de lugar y tiempo.
A esa hora, las nueve de la mañana, aproximadamente, había gente en los alrededores haciendo ejercicios de taichí; corriendo a un ritmo más rápido o más lento, alternativamente; paseando, como hacía servidor, hasta que decidía pararme (no siempre en el mismo sitio) y quedarme un rato inmóvil, de pie, contemplando, escuchando y olfateando la realidad circundante; disparando fotos, etc.; pocos, muy pocos, eran los valientes (para otras/os temerarios), ellas y ellos, que se bañaban.
Insisto; durante los once días mencionados arriba, no ocurrió en aquel entorno nada fuera de la dinámica o mecánica habitual de las olas (varias mañanas, no todas, recordé aquel poema breve que escribí en mis inicios de aprendiz de ruiseñor, en los que quizá siga enredado, y que titulé así “Fluye la luna”: “Selene con sus tareas, / pues la mujer sus periodos, / porque la mar sus mareas”; eran solo tres versos octosílabos, pero habían nacido con la clara vocación de devenir un día en haiku inmarcesible), sin embargo, tuve la repetitiva (y acaso, por eso, inalterable o refractaria) sensación de que algo fatal e inesperado iba a suceder allí de un momento a otro, una catástrofe (¿de qué tipo?; lo ignoraba) tal vez, que aquella paz imperante estaba a punto de estallar, saltar por los aires y quebrarse en mil pedazos, de romperse, como le sucede a un vaso duralex al caer al suelo y hacerse añicos.
He aquí, a continuación, grosso modo, a grandes rasgos o trazos, el sueño que ideé la pasada noche (seguramente, habré tenido otros, más, pero solo recuerdo este). Me hallaba en Navarrete, en hora de asueto o recreo, durante el último de los tres años que pasé allí, mi edén en el planeta azul, la Tierra. De repente, de estar riéndome, a carcajada tendida, de alguna anécdota hilarante que me acababa de contar José Luis Álvarez Santaolalla, mi mejor amigo en aquellos lares, mientras estudiábamos juntos octavo curso de la extinta Educación General Básica, EGB, en alguna de las estancias del espacio que ocupaba, a la sazón, el seminario menor que regentaban otrora los religiosos camilos, y hoy es el hotel “San Camilo”, donde mi amigo y también expostulante allí Pío Fraguas, su esposa Diana y servidor hemos estado varias veces, he mudado (no sé cómo ha acaecido tal mutación o permuta) de cronotopo, de espacio y de tiempo, y me he hallado en Playa Jardín, en el Puerto de la Cruz, donde, posiblemente, acaba de producirse una estruendosa explosión ¿nuclear? Intuyo que al calvo ruso se le ha ido la testa al traste y ha ordenado que un misil viaje hasta la mayor de las Islas Canarias y restalle donde suelo eliminar las toxinas que he ido acumulando durante el año en Tudela y recargar mis pilas de nuevos sueños e ilusiones.
Ángel Sáez García