ESTA ES LA CONCLUSIÓN QUE SAQUÉ EN CLARO
TRAS JUNTARME DE NUEVO CON “LOS LUISES”
El pasado domingo 27 de noviembre de 2022, invitado, en primer lugar, por mi hermano Eusebio y, después, por mi cuñada María José, que cumplía años en dicha jornada dominical, comí en su grata compañía y en la de sus hijas, mis sobrinas Raquel y Lucía, y Carlos, el novio o la pareja de la mentada en primer lugar y mayor, mi ahijada, en el restaurante “Topero” (cuyo propietario es el chef José Aguado, miembro de la peña “La Teba”, acrónimo de Tudelanos En Buena Armonía), de la capital de la Ribera Navarra. Degustamos un menú de verduras, de ocho platos, y el postre, que resultaron dignos de recuerdo para nuestra vista, nuestras pupilas, que también se come con ellas, y para nuestra boca, nuestras papilas gustativas, mera paronomasia de las susodichas. Aquí lograron fundirse (maridarse, sería el verbo que le cuadraría más o encajaría mejor, por ser más apropiado para la ocasión, culinaria), a la perfección, las viandas y el caldo, de un pago (¿de los Capellanes?) de Ribera del Duero, con la compañía, el paisaje con el paisanaje, todo ello exquisito.
A la certeza o fetén, que fue expresada por el ciego Jorge Luis Borges, de “he cometido el peor de los pecados. No he sido feliz”, a menos que el genial hacedor argentino fingiera (y, por ende, fungiera, cual cínico o hipócrita, de mero impostor, como acostumbra a hacer, por cierto, nuestro presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; supongo, al menos, que, de cuando en vez o de vez en cuando, se dará cuenta del asiduo desajuste que cabe constatar entre lo que le dijo otrora, verbigracia, a Jordi Évole, en la entrevista televisiva que, como otros muchos españoles, no he olvidado, y lo que ha terminado haciendo, nombrar a Juan Carlos Campo, exministro de Justicia de uno de sus Gobiernos, y a Laura Díez, ex alto cargo de Moncloa, para el Tribunal Constitucional, esto es, sensu stricto, lo contrario u opuesto de lo que dijo; confío, deseo y espero que entienda que es pertinente, distintiva y relevante la censura, o sea, que no le siente mal que le critique por ello), bella, mas bellacamente, cuando la refirió y/o dejó escrita en letras de molde; abundando con él, haciendo la suya mía, me gustaría expresar o formular a continuación una apostilla (que acarrea, a su vez, una objeción), esta, salvo cuando he estado con mis amigos del alma (como hice el martes 29 de esta semana), “los Luises”, (Calvo Iriarte y De Pablo Jiménez) conversando de esto, eso o aquello, divino o humano, verbigracia, sin censuras previas, riéndome, a carcajada tendida, de sus boutades y tonterías tanto como de las mías, pues lo importante de habernos juntado de nuevo fue, inconcusa y precisamente, eso, habernos reunido de nuevo (poco me importó si sobre la mesa donde nos disponíamos a comer había mantel o las servilletas, amén de blancas, impolutas, eran de tela; ayudaron a ponderar el encuentro, sin duda, las viandas y las bebidas, que fueron opíparas y ajustadas, y la decoración del restaurante calagurritano de Casa Mateo, pues, a la postre, lo que verdaderamente contó fue la compañía, los comensales o las sales o saleros de los que comían contigo, tus dos amigos del alma, el inmejorable paisanaje); no las conclusiones a las que llegamos, mientras despachábamos el menú o los argumentos, si es que arribamos a alguna, a algún puerto o punto, excepto que esta/e tuviera enjundia y estuviera entreverada/o por diversas vetas de poesía, como la/el que he procedido a dejar constancia aquí, en las líneas iniciales del segundo y más extenso o largo párrafo de este escrito.
Así pues, cabe airear e iterar por doquier (siempre que el aserto borgiano fuera apodíctico y no apócrifo, en todo o en una buena parte del mismo) el yerro que adujo y reconoció Borges y obra arriba, aunque, como servidor acostumbra a agarrarse a un clavo ardiendo para no caer en el pozo negro de la depresión, o la desgracia, o la desdicha, y, asimismo, lleva más de cuatro lustros sin conocer mujer, sin meter su dedo sin uña en grieta o rendija lubricada y ardiente, se ha especializado en otros menesteres, por ejemplo, en hallar la dicha, que no le llega por el derrotero habitual, por donde suelen fluir o correr los deleites de la carne, por el sendero por el que transitan los placeres del papel, ora leyendo (releyendo), ora urdiendo prosas o versos (en sus versiones primera, segunda, tercera y aun posteriores).
Como colofón distintivo y epítome relevante de todo lo escrito hasta aquí, por tanto, no por tonto, cabe afirmar que la felicidad genital, sensual, sexual, inexistentemente compartida, por faltarme la fémina con la que formar tándem, a la que poder estudiar a conciencia su espíritu y aprenderme de memoria todos los recovecos de su lasciva anatomía, acaso pueda ser suplida, si no completamente, en una buena porción, por dos sucedáneos o sustitutos, la felicidad emocional, que procuran, a manos llenas, los dos citados amigos, a saber, “los Luises”, o Pío y Diana, etcétera; y la felicidad intelectual, creativa, que me proporcionan, amén de los mencionados amigos del alma, cada uno de los autores de los textos, amigos también, a quienes leo con suma atención, o firmo (y que no suelo releer más de tres veces, por una de estas dos razones de peso, que, a veces, tiendo a ver como una sola, para no defraudarme, y/o para no juzgar que he fracasado o naufragado más de la cuenta).
Ángel Sáez García