SI UN SOLO DIOS HAY, PERO TRES PERSONAS,
TANTAS LECTURAS HAY COMO LECTORES,
TANTAS VERSIONES/VISIONES HAY COMO MIRADAS
Como regla general, cabe aseverar, sin un ápice o pizca de miedo a errar, que hay varios modos de llegar a Roma (por tierra, mar o aire). Se dice, con razón de peso, que todos los caminos llevan y llegan a Roma, hayas iniciado la andadura o singladura del tuyo donde sea, tu patria chica, verbigracia. Dicha frase admite, asimismo, la que resulta de darle la vuelta o mientras esta se mira en un espejo, pues puede formularse, usando el mismo argumento, a la inversa: desde Roma, puedes llegar a cualquier parte o punto del mundo, de la Tierra. ¿Qué diferencia el viaje que ha culminado uno del que ha hecho otro viajero o del resto de los viajeros? Las circunstancias especiales, las particulares experiencias vividas por cada uno de ellos, sus personales puntos de vista sobre el mismo.
Bueno, pues, mutatis mutandis, lo propio cabe afirmar de los lectores, ellas o ellos, de un libro. Imaginemos que cien lectores han leído la última novela publicada por Fulana/o de Tal. Todos ellos (hembras y varones) han llegado a la meta, a la palabra que corona, sea FIN u otra, el texto. Todos han leído las mismas dicciones que contiene dicha obra, pero sus lecturas han sido diferentes, por mil y una causas, motivos, factores o aspectos. Habrá quien la haya leído en dos tardes, durante un fin de semana; y habrá quien la haya acabado con pena, tras pasar su vista por ella, cuando podía, transcurridos dos meses, desde que la comenzó. O sea, la misma esencia, llevarse a los ojos la misma novela, ha tenido cien experiencias, cien lecturas distintas.
Un día, hace muchos años, me dio por preguntar a diez conductores que habían llegado a Tudela desde la capital (el foro, se le llamaba entonces), Madrid, cuánto tiempo, si lo habían medido o podían calcularlo aproximadamente, les había costado cubrir dicho trayecto. Me dieron diez respuestas diferentes. Solo un conductor, que viajaba solo, había hecho el trayecto de un tirón. Dos habían parado dos o más veces; o por tener que evacuar la vejiga o el vientre, o por tener que vomitar alguno de sus pasajeros. Seis habían hecho una sola parada, pero en distintos lugares del trayecto. Una no me quiso contestar, porque sus hijastras, dos malcriadas, la habían atolondrado o confundido, “vuelto tarumba” dijo ella, casi tanto como la madrastra me sacó de quicio a mí, cuando no paró de urgirme que terminara de limpiarle los cristales, tras haberle llenado el depósito del coche de gasolina, pues sí, porque, a la sazón, servidor trabajaba los meses de verano de aquel año en una gasolinera, que a mí me gustaba llamar, eufemísticamente, estación de servicio, a fin de elevar algún peldaño la tarea que realizaba. Aquel estío del que hablo, del año 1977, la gasolina normal estaba a 25,5 pesetas el litro y la súper a 31. Ya han pasado años, sí, muchos, pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer, con pasmosa fidelidad. El litro de gasoil agrícola estaba a 5 pesetas.
Entiendo que haya lectores (de todo hay en la viña del señor) a los que mis argumentos o razones no les convenzan. No pretendo persuadirlos de que estoy en lo cierto y ellos equivocados, no, pero lamento tener que insistir e iterar mi criterio, opinión o parecer, al respecto, el que tengo, mientras nadie me demuestre que es errado (si alguien lo logra, adoptaré el suyo como verdadero, sin duda): tantas lecturas hay como lectoras/es.
Hace muchos años, en compañía de José Carlos, José Luis y Álvarez, durante el verano (primeros días del mes de septiembre de 1981), tras finalizar el COU y superar la Selectividad, hicimos un viaje relámpago a Italia. Volví a juntarme con mis compañeros de viaje, una o dos semanas después del regreso, en Zaragoza. José Luis Álvarez Santaolalla, una buena persona, prematura y tristemente finado, había revelado las fotos que hicimos en dicho periplo y nos las regaló. Hablamos aquella tarde de cuánto nos había gustado, a pesar de los inconvenientes (señalaré, como botón de muestra, uno: nos olvidamos de meter la tienda de campaña en el maletero del coche), de cuánto habíamos disfrutado, insisto, a pesar de que los hados no nos fueron en todo momento y lugar propicios. Atento a sus discursos, comprobé que lo que más valoraba y recordaba José Luis no era lo que priorizaba y ponderaba José Carlos, ni Álvarez, ni yo. La disparidad era un hecho. Sobre gustos no diré más que esto, que discrepamos abiertamente. O sea, que cuatro personas habíamos hecho el mismo viaje en el mismo coche, un 127, plateado, recién estrenado, que le habían regalado a Bermejo sus padres, y tenían recuerdos más firmes y más endebles. A eso lo llamó José Ortega y Gasset, el mejor filósofo español (acepto disidentes) del siglo XX, perspectivismo. El atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él) de estos renglones torcidos lo recordará por la anécdota, el caso o el ejemplo de la manzana, que exhibió en una de las muchas conferencias que impartió a lo largo de su vida. Todos los asistentes a la misma veían una parte de la manzana (o verdad), pero nadie (salvo el ubicuo Dios) la veía completa.
Algunos años después, una pareja de amigos íntimos del abajo firmante fue de viaje de recién casados (por cierto, no sé por qué se sigue llamando a dicho viaje “de novios”, pues lo hacen cuando ya han dejado de serlo, tras matrimoniar o pasar por el altar, y ser marido y mujer; a no ser que sea porque lo proyectaron y contrataron cuando aún eran novios; ni tampoco por qué en los banquetes de las bodas se les grita a los recién casados “¡vivan los novios!”, por idéntico motivo, a no ser que sea por los invitados que han acudido a dicho banquete y gozan de dicha condición todavía). Les pregunté a ambos por el viaje por separado, en dos días diferentes, estando con ella/él a solas. Saqué la conclusión de que habían hecho viajes distintos, distintos viajes. O esa es la sensación refractaria que me dejó o quedó grabada en mi memoria, tras haberles escuchado referir sus respectivos relatos.
Si el Dios cristiano es uno, pero Trino; tantas versiones/visiones hay como miradas.
Ángel Sáez García