El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Una navarretana peripecia

UNA NAVARRETANA PERIPECIA

Me dispongo a escribir a mano hoy, aquí, en casa, ahora, pasadas las cuatro de la tarde, azul sobre gualdo (que mañana, en la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”, de Tudela, devendrá, cuando lo pase a ordenador, en negro sobre blanco), un incidente navarretano, un lance veraz que me acaeció estando estudiando Octavo de la extinta Educación General Básica, EGB, mi último curso allí, en el seminario menor que los religiosos Camilos regentaban entonces en la inmarcesible localidad riojana, donde tantas cosas y casos me acontecieron, el grueso de las/os tales de una dicha sin igual, difícil de olvidar. Así que a nadie le debería extrañar que catalogue los tres años que pasé interno en dicho colegio, anejo a la chopera, mi edén en el planeta azul, la Tierra.

He recordado dicho percance varias veces a lo largo de mi vida, pero, si no marro, que puedo estar equivocado (reconozco que no tengo la memoria extraordinaria de la que hacía gala Ireneo Funes, el memorioso y memorable personaje literario que se sacó de la manga o de la chistera de su magín el genial Jorge Luis Borges), no he trenzado aún, hasta la fecha, una sola línea sobre el rememorado episodio.

En Navarrete dormíamos todos los postulantes en una nave extensa del segundo piso, en dos filas de literas. Yo compartía la mía con A. (llamo así a mi compañero, porque es mi pretensión no molestarlo, esté donde esté; callo, asimismo, si esa inicial hace referencia a su nombre de pila o a su primer o segundo apellido, a fin de dejarlo prácticamente en el anonimato).

Durante aquel trienio celestial, cerrábamos los ojos (y conciliábamos el sueño) oyendo música y los abríamos (estupenda manera de despertarnos) de la misma guisa. Nada más vestirme, antes de realizar cualquier otro menester (deshacer la cama, para que se ventilara, verbigracia), sacando jugo al tráfico humano que se generaba, con colegas yendo y viniendo sin parar, yo aprovechaba la ocasión pintiparada para escabullirme. Abría la puerta del dormitorio, bajaba los tres tramos de escaleras y llegaba al primer piso, echaba un vistazo rápido para cerciorarme de que ningún religioso andaba por dicho entorno y, como las puertas estaban abiertas, accedía a la sala de profesores, donde siempre solía haber algún paquete de pastas (a mí me privaban las de barquillo de nata) abierto, empezado. Tras culminar el hurto de las diez, doce o quince galletas, que luego compartía con A., procedía, sin hacer ruido, a llevar a cabo el viaje de vuelta. Entraba con sumo sigilo en el dormitorio y, antes de coronar mis abluciones matutinas y demás hábitos de aseo personal, dejaba el botín a buen recaudo en mi taquilla.

Aquella mañana, con las manos vacías, sin obrar en ellas el beneficio habitual de las pastas, subí las escaleras de tres en tres, pues, antes de llegar a pisar el suelo de la primera planta, alarmado por los gritos que dio (ni entonces ni ahora sé, a ciencia cierta, quién los emitió) quien encontró en el baño (¿común?) el cuerpo sin vida del hermano José de las Heras. A A. le adelanté, sin decirle una palabra de cuanto sabía, que había tenido la corazonada o el pálpito de que nos iban a dar en el desayuno una triste nueva. Nos la dio nuestro educador, Ezequiel, antes de ponernos a hacer los oficios. Como era adicto y/o me placía un montón lo lúdico, disfrutaba de lo lindo jugando con A. al ratón y al gato. Como le ocultaba cosas o sucesos que me constaban, él creía, a pies juntillas, que yo tenía habilidades proféticas, predictivas, adivinatorias, pero estas eran parecidas a las que Cervantes narra en el capítulo XXVII de la segunda parte de su inmortal “Don Quijote”, donde cuenta cómo Ginés de Pasamonte (¿se trataba de un alter ego de Jerónimo de Pasamonte, compañero de armas de Cervantes, que escribió su propia “Vida”, y, además, del hacedor que se ocultó tras el supuesto autor de esa trapacería que es el “Quijote” de Alonso Fernández de Avellaneda?), ayudado por su mono amaestrado, gramático, a cambio de dos reales, acertaban a propósito de lo referente a los preguntadores, pasado o actual, dejando epatados a estos y al resto de los presentes en la taberna.

Nota bene

Los religiosos Camilos eran unos benditos. Yo, en su lugar, si hubiera sospechado del continuo y habitual hurto del presunto ratón, les hubiera añadido a las pastas un producto laxante, para descubrirlo o desenmascararlo.

Creo que el primer cadáver que vi en mi vida, que, dentro del féretro, permaneció unas horas expuesto en el recibidor, fue el del pacífico hermano José de las Heras, amigo de las flores. RIP. DEP.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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