AUGURO QUE EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ
POR SI ACASO O, TAL VEZ, POR SI LAS MOSCAS
Como cualquier palabra que de más trence en esta urdidura o “urdiblanda” podrá usarse en mi contra como daga, lanza, piolet u otra arma arrojadiza, las cuento, mido y peso por si acaso, vocablo que otros mudan por dos, las moscas.
Por si aún no te has enterado, atento y desocupado lector (ora seas o te sientas ella, ora seas o te sientas él, ora seas o te sientas no binario) de estos renglones torcidos, vamos camino de vivir (si es que no estamos inmersos ya) en una sociedad donde brill(e-a)n por su presencia, más nauseabunda que resplandeciente, tanto la saciedad, el hartazgo, como la suciedad (a algunos dueños de canes, tengan el sexo que tengan, aunque me consta que lo que propongo es una exageración o hipérbole irrealizable, con sumo gusto les haría comerse las heces que deponen en cualquier lugar de las calles sus mascotas, y que los susodichos, no sus chuchos, dejan sin recoger, embolsar y arrojar a los numerosos cubos de la basura, como multa pertinente, distintiva y relevante); y en la que, lograda la ansiada polarización (por un lado, nosotros, los buenos, sin hesitación, y por otro, ellos, los malos), compuesta de individuos dualistas (si, hace años, se argumentaba que, entre el blanco y el negro, había una inmensa gama de grises, estos hoy son vistos perniciosos, como en los últimos años del franquismo eran advertidos los policías nacionales, ataviados con uniforme o vestimenta de dicho color), duelistas, creyentes del mazdeísmo, como aquellos miembros heréticos de la secta de los cátaros, que otrora, durante los siglos XI-XIII de nuestra era, en Europa, sostenían la existencia de los dos principios irreconciliables del citado mazdeísmo o zoroastrismo, uno bueno y creador, Ormuz, y otro malo y destructor, Ahrimán.
En la futura (tan cercana que parece presente) sociedad predicha, intuida, serán denostados los equidistantes, las medias tintas (que serán adjudicadas por mero prejuicio, sin tener que reflexionar al respecto, a los que sean reputados medio tontos). Si tú confiesas en sociedad ser de izquierdas, tienes que defender a ultranza cuanto hagan los dirigentes de los partidos adscritos a ese bando o lado, al que llaman progresista, sin chistar ni mistar (aunque lo que propugnen o la iniciativa que vayan a llevar a cabo no sirva para que progrese la nación, sino para lo contrario, su retroceso), sin paular ni maular. Y, si eres de derechas, tres cuartos de lo mismo, pero al revés. Aunque los conservadores puedan ser buenos conversadores, su anagrama, si eres de izquierdas, tendrás que (te verás obligado a) abroncarlos, denigrarlos, porque tú, como buen progresista, solo puedes ovacionar y aplaudir, al ser de piñón fijo, a los tuyos, aunque lo que estos hayan hecho o se dispongan a realizar sea un desmán, una tropelía. No puedes olvidar qué dejó escrito en letras de molde Jean-Paul Sartre en su pieza teatral “A puerta cerrada”, que “el infierno son los otros”, pues nosotros (se le olvidó agregar al que premiaron con el Nobel de Literatura en 1964, pero lo rechazó) no podemos equivocarnos, ya que, velis nolis, estamos en posesión de la verdad. Ahora bien, sé que puedes (es más, debes) borrar de tu mente todo lo concerniente al procés, pues no existió, todos los hechos ocurridos, bajo ese marbete o paraguas, convéncete, no tuvieron lugar, como la guerra de Troya tampoco, según la pergeñó y llevó a las tablas Jean Giraudoux.
Impuesto el maniqueísmo, aquí solo podrá haber dos principios rectores, el mal y el bien (e, insisto, si eres de izquierdas, el primero te pertenece, así que aprópiatelo, sin atender a objeciones); y dos reinos, el de la luz y el de las tinieblas. Dependiendo de en qué lugar o posición te sitúes o ubiques, izquierda o derecha (siguen usándose esos términos trasnochados y cada día, pronostico, se usarán más), verás al otro, al adversario, me temo, no como oponente, sino como enemigo acérrimo.
En la sociedad maniquea rige el falso dilema de Messala (también se suele ver y leer escrito dicho nombre con una sola ese): “¿Estás conmigo o estás contra mí?”. Messala es el amigo de Judá Ben-Hur, en la famosa película de igual título, dirigida por William Wyler en 1959. Por cierto, cabe advertir un claro precedente de dicho falso dilema en el filme “Horizontes de grandeza”, que el mismo director rodó el año anterior con Charlton Heston, también como protagonista, en el final de un diálogo que mantiene Buck Hannassey (papel interpretado por Chuck Connors) con Julia Maragón (Jean Simmons), a quien ha ido a visitar a su casa:
—Pero no lo olvides: los Terrill no son amigos nuestros.
—Yo elijo a mis amigos —le replica Julia.
—No, eso no —le objeta Buck—; tienes que ponerte de un lado o de otro. No se puede jugar a dos paños. Se ha acabado la clase, pero volveré.
Y, asimismo, una formulación parecida puede leerse en el Evangelio de Lucas 11, 23 (“El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo desparrama”) y en el Evangelio de Mateo 12, 30 (ídem). Ergo, no cabe la posibilidad de estar a dos bandas o bandos. O eres mi amigo o mi enemigo a muerte. ¡Qué barbaridad!
En la sociedad prevista, futura (si la presente no lo es ya), no se permiten las equidistancias, que son tachadas de tibias (no me refiero a los huesos, así llamados también, de las piernas, que, si se presentan cruzadas, forman la mitad de la bandera de los piratas) y mediocres, como así son tratados los tales en el libro del Apocalipsis, que serán vomitados por las bocas de todos, de los “hunos” y de los “hotros”, como gustaba escribir don Miguel de Unamuno, padre espiritual de Otramotro.
Ángel Sáez García